Oriente Próximo vuelve a hacer algo que ya hizo otras veces: convertir una guerra regional en un examen global de poder. No solo por los misiles, los bombardeos o el pulso sobre el estrecho de Ormuz. También por lo que la crisis está enseñando sobre el estado real de las grandes potencias. Estados Unidos conserva la capacidad militar decisiva, pero aparece más desgastado y más solo. China evita implicarse de lleno, aunque gana espacio como actor que pide contención y protege su margen. Y la Unión Europea intenta abrirse hueco en mitad del choque con un reflejo que mezcla cautela, miedo energético y voluntad de no quedar relegada otra vez a un papel secundario. Lo que se está moviendo estos días no es solo el frente. También el equilibrio entre Washington, Pekín y Bruselas. 

La posición de Estados Unidos sigue siendo la más visible y, al mismo tiempo, la más incómoda. Donald Trump ha querido presentarse como el único actor capaz de combinar presión militar y salida negociada. El lunes anunció una pausa de cinco días en los ataques contra infraestructuras energéticas iraníes y habló de “conversaciones productivas” con Teherán. Pero la imagen de mando se agrietó enseguida. Irán negó que esas conversaciones existan, los ataques continuaron y el petróleo volvió a repuntar por encima de los 100 dólares. Ese contraste entre el anuncio de Washington y la respuesta iraní ha dejado una impresión difícil de borrar: Estados Unidos sigue marcando el ritmo militar, pero ya no consigue ordenar por sí solo el relato ni la salida política de la crisis. 

Oriente reordena el tablero global: Washington pierde control, Pekín gana margen

Además, Washington llega a esta fase con menos capital político del que suele atribuirse a sí mismo. La petición impulsada por Bahréin en Naciones Unidas, con apoyo estadounidense, para autorizar “todos los medios necesarios” con el fin de proteger la navegación comercial en torno a Ormuz ha chocado de frente con el previsible veto de Rusia y China. Francia, por su parte, ha respondido con un texto alternativo mucho más prudente, centrado en la desescalada y sin avalar el uso de la fuerza. Esa divergencia dice bastante. Estados Unidos sigue teniendo socios, bases y capacidad de despliegue. Pero ya no logra reunir con facilidad un consenso amplio detrás de su lógica de presión. Incluso entre aliados occidentales crece la tendencia a tomar distancia cuando la Casa Blanca empuja demasiado rápido hacia la militarización de la respuesta. 

China ha leído bien ese hueco. No porque haya tomado la iniciativa diplomática de forma rotunda, ni porque esté liderando un proceso de paz real, sino porque sabe que en este tipo de crisis también se gana peso ocupando el lugar del actor que pide calma cuando Washington aparece como parte directa del problema. Pekín ha reclamado el final inmediato de la guerra, ha advertido del daño sobre las rutas comerciales y el suministro energético y ha defendido una mayor coordinación en el Consejo de Seguridad para evitar más escalada y más intervención externa. Lo hace, claro, por interés propio. China necesita estabilidad energética, necesita proteger su comercio y necesita que el desorden en Oriente no golpee todavía más una economía global ya sometida a demasiadas tensiones. Pero ese interés no le resta utilidad política. Le permite presentarse como potencia responsable justo cuando Estados Unidos aparece atrapado entre la exhibición de fuerza y la dificultad para cerrar la crisis

Ese movimiento chino tiene otro valor añadido. Pekín no necesita resolver la guerra para sacar rédito. Le basta con mostrarse como una voz de contención, impedir que Washington convierta el Consejo de Seguridad en un instrumento automático de su estrategia y dejar que el desgaste estadounidense haga parte del trabajo. En un momento en que el liderazgo norteamericano ya venía erosionado por la guerra comercial, por la presión sobre sus aliados y por la volatilidad que genera Trump incluso entre socios tradicionales, la crisis de Oriente ofrece a China una oportunidad bastante clara: ampliar influencia sin asumir el coste directo de intervenir. Ahí está una de las claves de este nuevo reparto. Washington carga con la factura militar y con buena parte del desgaste político. Pekín gana tiempo, mantiene perfil de actor prudente y espera. 

Bruselas busca sitio en el nuevo mapa

Europa se mueve en otro registro. No tiene la capacidad militar de Estados Unidos ni la libertad táctica de China. Pero esta vez tampoco quiere limitarse a mirar. La crisis le golpea donde más le duele: energía, inflación, crecimiento y seguridad marítima. El Consejo Europeo reclamó la semana pasada una moratoria sobre los ataques contra infraestructuras energéticas y de agua, pidió la reapertura del estrecho de Ormuz y dejó clara su preferencia por una salida diplomática. Al mismo tiempo, los Veintisiete han reforzado la idea de proteger la navegación con sus misiones navales ya activas en otras zonas, aunque sin entrar de lleno en una operación militar al estilo que reclama Washington. Bruselas intenta una posición intermedia: condena los ataques iraníes, evita alinearse con una escalada abierta de Trump y trata de defender sus intereses materiales sin quedar atrapada en una guerra que no controla. 

La razón es bastante simple. Europa sabe que esta guerra puede hacerle mucho daño en muy poco tiempo. La eurozona rozó el estancamiento en marzo, con un PMI compuesto de 50,5, y la propia Comisión ha pedido a los Estados miembros que preparen ya la próxima temporada de llenado de gas ante la volatilidad energética causada por el conflicto. El golpe se nota en los precios, en la confianza empresarial y en la presión sobre un Banco Central Europeo que vuelve a mirar el riesgo inflacionario cuando todavía no había terminado de digerir el ciclo anterior. Dicho de otra forma: para Bruselas, Oriente Próximo ya no es solo una crisis de política exterior. Es una amenaza directa sobre su economía. Y esa presión es la que empuja a la UE a querer voz, aunque su margen siga siendo más estrecho de lo que desearía. 

Ese punto importa porque aclara el papel europeo. Bruselas no está entrando en la crisis desde una posición de fuerza, sino desde una posición de vulnerabilidad. El alza del petróleo, el riesgo sobre el gas y la fragilidad del crecimiento obligan a la UE a intentar influir, aunque sea sobre todo en el terreno diplomático y económico. Ursula von der Leyen advirtió estos días de que la situación energética global se ha vuelto “crítica”. No era una frase retórica. Era una manera de reconocer que, si el estrecho de Ormuz sigue bloqueado y la guerra se prolonga, Europa volverá a pagar una factura geopolítica que no ha decidido. Y eso explica también su empeño en reforzar alianzas comerciales y de seguridad con socios como Australia en pleno estallido regional

A estas alturas, la crisis dice tanto sobre Oriente Próximo como sobre el momento de las grandes potencias. Washington no ordena con la facilidad de antes. Pekín no necesita precipitarse para salir reforzado. Bruselas trata de no volver a descubrir demasiado tarde que su dependencia económica también limita su peso político. Y esa mezcla, por ahora, no invita a pensar en un equilibrio estable.

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