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La contundente victoria del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato de Estados Unidos deja algo más que una fotografía favorable para la oposición a Donald Trump. La recuperación del control de ambas cámaras del Congreso, los avances en territorios tradicionalmente republicanos y las victorias en distintas elecciones estatales dibujan un escenario político que merece la atención de la izquierda internacional. No tanto porque los demócratas hayan encontrado una fórmula milagrosa para derrotar a la derecha populista, ni porque su modelo sea necesariamente exportable, sino porque los resultados ofrecen algunas pistas sobre cómo reconstruir mayorías sociales en un momento de desafección, incertidumbre económica y creciente polarización en todo el globo.
El alcance de la victoria ha superado buena parte de las previsiones. Los demócratas han conseguido recuperar la Cámara de Representantes y el Senado, con avances especialmente significativos en estados como Texas, Carolina del Sur, Iowa o Kansas, donde han logrado romper inercias electorales históricas que parecían difíciles de alterar. También han conquistado gobiernos estatales y ampliado su presencia en las instituciones territoriales. Una derrota de semejante magnitud para el partido del presidente no puede explicarse únicamente por el desgaste habitual que sufren los gobiernos en las elecciones de medio mandato, sino que existen varias lecciones claras.
La primera de ellas, sin embargo, no es que la izquierda deba limitarse a esperar los errores de la derecha. Es que tiene que estar preparada para cristalizar ese descontento. Y, sobre todo, entender que la política vuelve a pasar, en buena medida, por cuestiones tan elementales como llegar a fin de mes, pagar la vivienda, llenar la cesta de la compra o afrontar los gastos sanitarios. En Estados Unidos, el Partido Demócrata ha leído con acierto cómo el aumento generalizado de los precios era un filón a explotar discursivamente.
Durante demasiado tiempo, una parte de la izquierda internacional ha parecido debatirse entre dos tentaciones: refugiarse en discusiones culturales que no siempre conectan con las preocupaciones cotidianas de las mayorías o asumir que la batalla electoral se gana exclusivamente ocupando posiciones más contundentes en el terreno identitario. Las elecciones estadounidenses dejan un recordatorio bastante más sencillo: las condiciones materiales de vida siguen siendo determinantes y la economía ha sido uno de los grandes motores del resultado. La inflación persistente, el encarecimiento de los productos básicos, la incertidumbre laboral y el deterioro de las expectativas han castigado a la Administración Trump. Los aranceles, que debían representar una demostración de fortaleza económica, tampoco han convencido a una parte importante del electorado. Según los sondeos a pie de urna, quienes consideraban que su situación económica había empeorado se inclinaron mayoritariamente por los candidatos demócratas. Además, la formación consiguió revertir parte de la ventaja republicana en la percepción de quién estaba mejor preparado para gestionar la economía.
Clase y servicios públicos
Hay otro espacio significativo en la victoria demócrata: la sanidad. Los demócratas consiguieron convertir el aumento de los costes sanitarios y los recortes asociados a las políticas republicanas en uno de los ejes de su campaña. Según una encuesta analizada por KFF, obtuvieron una ventaja de 19 puntos sobre los republicanos cuando se preguntó a los votantes qué partido estaba mejor preparado para gestionar la sanidad.
La segunda enseñanza tiene que ver precisamente con la cuestión de clase. La victoria demócrata demuestra que todavía es posible construir espacios electorales amplios entre trabajadores, clases medias urbanas, sectores populares, jóvenes y minorías, incluso en territorios donde la derecha ha conseguido consolidar durante años una identidad política muy fuerte. Los resultados, a su vez, reflejan movimiento entre grupos sociales que habían contribuido al éxito republicano de 2024. Los votantes latinos y los jóvenes han regresado con fuerza hacia el lado demócrata, mientras que también han registrado avances en el mismo sentido entre los hombres y determinados segmentos del electorado blanco.
Para la izquierda internacional, esto debería servir para cuestionar algunas certezas. No hay sectores sociales condenados a votar eternamente a una determinada opción política, ni identidades electorales inamovibles. El voto se disputa. Y se disputa también entre personas que pueden compartir preocupaciones materiales, pero tener posiciones muy diferentes sobre cuestiones culturales, migratorias o territoriales. Recuperar una política de clase no significa regresar a discursos manidos, sino articular un proyecto que explique quién gana y quién pierde con el funcionamiento de la economía, con una izquierda capaz de hablar de diversidad y derechos civiles, pero también de salarios, alquileres y poder adquisitivo, sin presentar ambas dimensiones como si fueran incompatibles.
La importancia de las formas: firmeza sin estridencias
Hay una tercera cuestión que merece atención: las formas. La política también es una cuestión de tono. Parte del éxito demócrata se explica por haber conseguido presentarse como una alternativa institucional y relativamente serena frente a una Administración marcada por la confrontación permanente y las salidas de tono cada vez más habituales del presidente Trump. La ciudadanía también busca estabilidad, y la oposición necesita ser capaz de denunciar los abusos del poder sin quedar atrapada en una dinámica de reacción permanente.
La cuarta lección es probablemente la más incómoda para determinados sectores de la izquierda: el pragmatismo importa. Los resultados demuestran que es posible obtener avances electorales combinando propuestas progresistas con candidaturas de perfiles distintos, adaptadas a las particularidades de cada territorio y capaces de conectar con electorados que no necesariamente comparten todo el programa del partido. La capacidad de adaptación en todos los sentidos es fundamental. Para las fuerzas progresistas europeas, acostumbradas en ocasiones a debates interminables sobre la pureza ideológica, esto supone una invitación a distinguir entre principios y estrategias.
No caer en la autocomplacencia
Conviene, no obstante, evitar una lectura excesivamente complaciente. El Partido Demócrata no ha resuelto sus problemas estructurales ni ha recuperado automáticamente la confianza de la sociedad estadounidense. De hecho, los sondeos reflejan que una parte importante del electorado mantiene una opinión desfavorable sobre la formación. Su victoria ha estado impulsada, en buena medida, por el rechazo a Trump, el desgaste republicano y la movilización de ciudadanos descontentos. Tampoco conviene olvidar que las elecciones de medio mandato suelen castigar al partido que ocupa la Casa Blanca. Solo Franklin Roosevelt y George Bush hijo han conseguido ganar escaños en estos comicios siendo presidentes.
En definitiva, las midterms dejan tres grandes mensajes: volver a poner el bolsillo en el centro del debate, recuperar una política de clase capaz de sumar mayorías diversas y reivindicar un pragmatismo que no implique renunciar a los principios. A ellos se añade la importancia de las formas, de hacer política para adultos y de ofrecer una alternativa que no se limite a señalar los defectos del adversario. La izquierda global no tiene que convertirse en una réplica del Partido Demócrata, pero sí se puede aprender de las cosas que éste ha hecho bien para conseguir tal resultado.




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