La política exterior de Donald Trump ya no solo mueve ejércitos, alianzas, diplomacias o mercados energéticos. También mueve apuestas. Y muchas. La imputación de un sargento de las fuerzas especiales de Estados Unidos por presuntamente usar información clasificada sobre una operación para capturar a Nicolás Maduro y ganar más de 400.000 dólares en Polymarket ha puesto nombre judicial a una sospecha cada vez más incómoda en Washington: las decisiones de guerra y paz de la Casa Blanca se han convertido en un negocio para quienes pueden anticiparlas.

El caso, adelantado por Reuters y confirmado por el Departamento de Justicia, afecta a Gannon Ken Van Dyke, sargento mayor del Ejército estadounidense destinado en Fort Bragg. La acusación sostiene que utilizó información confidencial sobre el calendario de una operación para capturar al presidente venezolano y apostó en Polymarket antes de que el desenlace fuera público. Según Reuters, Van Dyke ganó más de 400.000 dólares y se enfrenta a cargos por fraude electrónico, fraude de materias primas, uso ilegal de información gubernamental confidencial y robo de información no pública del Gobierno. La agencia subraya además que podría tratarse del primer caso del Departamento de Justicia por “insider trading” en un mercado de predicción.

La novedad no está solo en la cantidad. Ni siquiera en el protagonista. Lo relevante es el mecanismo. Un militar con acceso a información sensible sobre una operación de seguridad nacional habría podido transformar ese conocimiento en beneficio privado mediante una plataforma donde se apostaba por el destino político de Maduro. Es decir: el secreto de Estado como ventaja de mercado.

Para ser más precisos, Van Dyke habría realizado apuestas entre el 30 de diciembre y el 2 de enero, justo antes de que comenzara la operación de enero de 2026 para capturar a Maduro. Polymarket alertó a las autoridades tras detectar actividad sospechosa y la Comisión de Negociación de Futuros de Productos Básicos, la CFTC, presentó una denuncia civil separada.

El caso Maduro no inaugura la sospecha. Pero sí la cambia de categoría. Hasta ahora, el debate sobre los mercados de predicción se movía entre la fascinación tecnológica, el entusiasmo financiero y la alarma regulatoria. Ahora entra en el terreno penal. Ya no se discute solo si estos mercados son una versión sofisticada de las encuestas o una forma encubierta de juego. La pregunta es más grave: qué ocurre cuando se puede apostar sobre operaciones militares, ataques, altos el fuego o capturas antes de que la opinión pública conozca la información.

El minuto antes de Trump

Los mercados de predicción funcionan con una promesa sencilla: permitir que los usuarios compren y vendan contratos ligados a eventos futuros. Quién ganará unas elecciones. Si habrá recesión. Si un candidato abandonará la carrera. Si un país firmará un alto el fuego. Si Trump ordenará un ataque. Sus defensores aseguran que el dinero agregado de miles de participantes puede ofrecer una señal más precisa que las encuestas o los analistas. La práctica, sin embargo, se complica cuando el objeto de la apuesta no es un resultado público, sino una decisión secreta de Estado.

Ahí reside la gravedad del caso Van Dyke. No todas las apuestas acertadas prueban información privilegiada. Pero el patrón empieza a ser inquietante: decisiones internacionales altamente sensibles, anuncios repentinos de Trump, movimientos de dinero muy oportunos y beneficios extraordinarios para quienes llegan antes que el resto.

La guerra con Irán ha alimentado esa sospecha. AP informó este mes de que un grupo de cuentas recién creadas en Polymarket realizó apuestas muy específicas sobre un posible alto el fuego entre Estados Unidos e Irán pocas horas antes de que Trump hiciera el anuncio. Esas operaciones generaron cientos de miles de dólares en ganancias para esos nuevos usuarios, según la agencia.

No se trata de una acusación judicial como la del soldado imputado por el caso Maduro. Pero sí de una señal de alarma. En la era Trump, una frase en redes, una amenaza televisada, una filtración o un anuncio nocturno pueden alterar en minutos el valor de contratos ligados a guerras, sanciones o negociaciones secretas. Quien conozca el desenlace con unas horas de ventaja no está simplemente mejor informado. Está en condiciones de ganar dinero.

AP también ha descrito el efecto de las amenazas de Trump contra Irán como un impulso para los mercados de predicción. En Polymarket, un contrato sobre si Trump enviaría tropas a Irán registró cerca de 100.000 apuestas en un solo día, el 8 de abril, convirtiéndose en la mayor jornada de negociación del año para la plataforma hasta ese momento.

La lógica es clara. Trump genera volatilidad. Las plataformas la convierten en mercado. Y el dinero acude allí donde hay incertidumbre. La política exterior deja de ser solo una sucesión de decisiones diplomáticas o militares y se transforma en un activo especulativo. Cada amenaza se cotiza. Cada marcha atrás se negocia. Cada alto el fuego se monetiza.

El ecosistema de las apuestas políticas no observa la política desde fuera. También la amplifica. Las probabilidades de Polymarket o Kalshi se citan cada vez más como termómetros de la realidad: qué posibilidades hay de una guerra, de una victoria electoral, de una dimisión o de una decisión presidencial. Esa visibilidad les da influencia. No solo miden expectativas: ayudan a fabricarlas.

Por eso el caso Maduro no puede leerse como una anécdota de codicia individual. Es la primera grieta judicial visible de un sistema que convierte decisiones públicas en oportunidades privadas de beneficio. Y no decisiones cualquiera. Hablamos de operaciones militares, conflictos internacionales y anuncios presidenciales con consecuencias globales.

Donald Trump Jr, el puente entre la Casa Blanca y las apuestas políticas

A ese cóctel se suma una figura políticamente incómoda: Donald Trump Jr.. El hijo del presidente se ha convertido en un actor relevante dentro del sector. Bloomberg informó de que Kalshi nombró a Trump Jr. asesor remunerado en enero de 2025 y que, unos meses después, Polymarket lo incorporó como inversor y asesor. La misma información señalaba que Polymarket, tras años de problemas regulatorios, preparaba su regreso al mercado estadounidense, mientras las plataformas de predicción ganaban protagonismo en el ecosistema político y financiero.

Conviene ser precisos. No hay ninguna prueba de que Donald Trump Jr. participara en las apuestas investigadas ni de que manejara información clasificada sobre Maduro, Irán o cualquier otra operación. Pero su doble presencia en las dos principales plataformas del sector plantea una cuestión ética inevitable: el hijo del presidente asesora o invierte en empresas cuyo negocio se dispara con la incertidumbre que generan las decisiones de su padre.

Ese vínculo no convierte por sí solo a las plataformas en ilegales ni implica una conducta irregular. Pero agrava la percepción de conflicto de intereses. Especialmente cuando los mercados en los que participa Trump Jr. se benefician de preguntas directamente ligadas a la agenda presidencial: si habrá guerra, si habrá alto el fuego, si Washington actuará contra un dirigente extranjero, si una amenaza será real o simple presión negociadora.

Dicho de otro modo: el problema no es solo quién apuesta. También quién está cerca del negocio de que todo sea apostable.

La presencia de Trump Jr. conecta tres planos que, por separado, podrían parecer inconexos: la política exterior imprevisible de Trump, el auge de plataformas como Polymarket y Kalshi, y la entrada de figuras del entorno presidencial en un mercado que se alimenta precisamente de esa imprevisibilidad.

Kalshi, además, libra una batalla regulatoria clave para el futuro del sector. Reuters informó este mes de que un tribunal federal de apelaciones determinó que Nueva Jersey no podía regular los contratos deportivos de Kalshi porque la CFTC tiene jurisdicción exclusiva sobre esos productos. La sentencia fue relevante porque marca una de las primeras decisiones federales sobre el choque entre la regulación estatal del juego y la consideración de estos contratos como instrumentos financieros.

Ese detalle es fundamental. Parte del debate en Estados Unidos gira en torno a si estos mercados son apuestas, derivados financieros o una mezcla difícil de clasificar. Para sus defensores, son herramientas de predicción y cobertura de riesgo. Para sus críticos, son casinos políticos con una pátina tecnológica. La diferencia no es semántica: determina quién regula, qué límites existen y hasta dónde puede expandirse el negocio.

La decisión judicial sobre Kalshi recogía que sus contratos son negociados en un mercado registrado ante la CFTC. Pero la disputa no ha cerrado el debate. Al contrario. Lo ha agrandado. Si un contrato sobre un partido o una elección puede ser tratado como un producto financiero, ¿qué ocurre con un contrato sobre una guerra? ¿Y con un contrato sobre la captura de un dirigente extranjero? ¿Puede una operación militar convertirse en una posición especulativa más?

El caso Van Dyke golpea justo en ese punto. Según diferentes medios americanos, el militar no solo habría usado información sensible para apostar, sino que también habría intentado mover sus ganancias a cuentas de criptomonedas en el extranjero y borrar su cuenta de apuestas. La acusación, de nuevo, va más allá de la apuesta. Habla de ocultación, de ventaja informativa y de un intento de convertir una operación de Estado en beneficio personal. Lo inquietante es que el mercado estaba ahí. Preparado para pagar esa ventaja.

Estados Unidos lleva años conviviendo con una cultura del juego cada vez más integrada en la vida política, deportiva y mediática. Pero los mercados de predicción añaden una vuelta de tuerca: ya no se apuesta únicamente por resultados externos, sino por decisiones que pueden depender de un círculo reducido de poder. Y cuando ese círculo es la Casa Blanca, el Pentágono o una mesa de negociación secreta, la frontera entre predicción e información privilegiada se vuelve peligrosamente fina.

En el fondo, el escándalo plantea una pregunta democrática. ¿Debe permitirse apostar sobre decisiones de seguridad nacional? ¿Qué controles impiden que militares, funcionarios, asesores, contratistas o personas cercanas al poder usen información no pública para ganar dinero? ¿Quién vigila un mercado que se mueve a la velocidad de las redes, las criptomonedas y los anuncios improvisados? Y ahí está el verdadero escándalo: no que alguien apostara con ventaja, sino que la política exterior de una superpotencia se haya convertido en una mesa de juego donde los mejor informados siempre pueden tener las cartas marcadas.

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