"Por las buenas o por las malas". Es la premisa por la que se va a regir, según sus propias palabras, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con Groenlandia. El republicano, en otra de las características pulsiones imperialistas de Washington con independencia de cuál sea el inquilino de turno de la Casa Blanca, se ha encaprichado de la isla helada, bajo soberanía danesa, y ha vuelto a amenazar con hacerse con su control, "por las buenas o por las malas". Desde la residencia presidencial, en una reunión con empresarios del petróleo, el dirigente cuestionó que Dinamarca tenga el control del territorio "solo porque uno de sus barcos atracara allí hace 500 años". A su juicio, si Washington no se mueve para anexionarse el territorio ártico bajo sus propias normas, serán Rusia o China quienes lo hagan. Ninguna de las potencias regionales citadas ha expresado, no obstante, su interés en hacer tal cosa.

Desde la operación militar estadounidense el pasado sábado en Caracas para sacar a Nicolás Maduro del poder, las declaraciones de Trump o de miembros de su gabinete sobre el territorio danés y las intenciones de hacerse con su control no han dejado de sucederse, con la advertencia de fondo de que el republicano está dispuesto a usar la fuerza militar estadounidense si es necesario. Especialmente incisivo fue al respecto en la citada reunión con los magnates petrolíferos, mostrándose escéptico acerca de que Dinamarca tenga derecho a ejercer la soberanía sobre el territorio, en el que viven 56.000 habitantes.

La historia de Washington con el territorio helado no es nueva. Además de las amenazas de Trump, que ya se dieron por primera vez el año pasado, hay que remontarse hasta 1941, momento en el que Groenlandia ya era una colonia danesa. El 8 de abril de aquel año, en plena Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ocupó Groenlandia ante una posible invasión alemana, en un despliegue que duró hasta 1945. Se establecieron dos bases aéreas: Bluie West-1 en Narsarsuaq y Bluie West-8 en Søndre Strømfjord, que aún se utilizan como los principales aeropuertos internacionales de Groenlandia.

Por aquel entonces, Eske Brun gobernaba la isla en virtud de una ley de 1925 que permitía a los gobernadores tomar el control en circunstancias extremas como las de la Segunda Guerra, y el gobernador Aksel Svane fue trasladado a Estados Unidos para dirigir la comisión de abastecimiento de Groenlandia. Hasta la década de 1940, el gobierno danés había mantenido el monopolio del comercio groenlandés, permitiendo solo el trueque a pequeña escala con los balleneros británicos. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos quiso seguir manteniendo el control en el territorio, y en 1946 ofreció comprar la isla a Dinamarca por 100 millones de dólares. Copenhague se negó y mantuvo su soberanía.

Cuando los estadounidenses desocuparon la isla, empezaron a darse los primeros pasos hacia un cambio de gobierno, y en 1950 se presentó un informe en el que se recomendaba la introducción de un estado de bienestar moderno con el desarrollo de Dinamarca como patrocinador y modelo. En 1953, Groenlandia pasó a formar parte del Reino de Dinamarca en igualdad de condiciones. En 1979 se le concedió la autonomía y en 2009 el autogobierno. Ahora, en 2026, la mirada imperalista vuelve a situarse sobre sus heladas costas.

"Por las buenas o por las malas"

"Me gustaría llegar a un acuerdo, ya saben, por las buenas, y comprar la isla a Copenhague. Pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas", ha incidido el republicano. "Soy un fan de Dinamarca, han sido muy amables conmigo. Soy un gran admirador. Pero el hecho de que un barco suyo desembarcara allí hace 500 años no significa que sean dueños de la tierra", ha continuado. La colonización de Dinamarca sobre este territorio data de hace aproximadamente 300 años. Trump ya había expresado su voluntad de que Estados Unidos se haga con la isla ártica desde antes de ser reinvestido como presidente, pero bajó el tono al respecto en los últimos meses. El asalto a Caracas le ha servido para volver a abrir la veda de la geopolítica agresiva del más fuerte, y su consejero de política interior y jefe adjunto de Gabinete, Stephen Miller, ha sostenido, a cara descubierta, que Estados Unidos debe controlar Groenlandia porque "somos una superpotencia". Su vicepresidente, J.D. Vance, ha instado a los europeos a "escuchar lo que dice el presidente" y reforzar la seguridad del territorio estratégico, que el Gobierno de Trump considera fundamental para garantizar la seguridad estadounidense, especialmente en cuanto a la defensa antimisiles.

Estados Unidos ya cuenta con una base militar en la isla, la espacial de Pituffik, al norte del gélido territorio. Además, no está exento legalmente de nuevas acciones, ya que también puede levantar y operar otras bases en Groenlandia y desplegar personal gracias a un acuerdo firmado con Copenhague en 1951. Por ello, afloran las dudas sobre si la preocupación por la defensa del territorio es genuina o si se trata, simplemente, de otro tropo imperialista más del republicano, intentando imponer la ley del más fuerte como seña de la nueva diplomacia americana. Desde que Trump comenzó a lanzar sus reclamaciones, Dinamarca, miembro fundador de la OTAN, ha mostrado su disposición a cooperar con el socio principal de la Alianza para reforzar la seguridad del territorio. No obstante, a juicio de Trump, los acuerdos vigentes no son suficientes. "No se defiende igual algo que alquilas que algo que es tuyo. Los países tienen que ser propietarios. Se defiende la propiedad, no un arrendamiento, y nosotros tenemos que defender Groenlandia. Si no lo hacemos, China o Rusia lo harán, y eso no va a suceder. No vamos a permitirlo", continuaba, dejando claras sus intenciones: anexionarse el territorio danés para defenderlo como "suyo". La excusa más vieja del libro.

Miradas preocupadas desde Europa

Europa, lejos de guardar silencio ante las intenciones del magnate, ha salido en defensa de Copenhague. Los principales países del continente emitieron esta semana una declaración de apoyo a Dinamarca, y la primera ministra del país nórdico advirtió que una acción militar de Estados Unidos contra su país, aliado dentro de la OTAN, supondría el fin de la Alianza del Atlántico Norte. "Todo se acabará si eso ocurre", avisaba.

En sus declaraciones de este viernes, Trump, en un intento de apaciguar las aguas, aseguraba que está "totalmente a favor de la OTAN". "Yo salvé a la OTAN. Si no fuera por mí, no tendrían OTAN ahora mismo", señalaba, en referencia a las presiones realizadas el año pasado para que los miembros aumentaran su gasto en defensa. Pero seguía en sus trece: "Pero no vamos a permitir que Rusia ni China ocupen Groenlandia, y eso es lo que va a pasar si no actuamos".

Por su parte, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, charló este viernes sobre el asunto con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y está agendada una reunión para la semana que viene entre Washington y representantes europeos para abordar la cuestión. El lunes se verá con el ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, quien el domingo visitará Nuuk, la capital groenlandesa, y el miércoles el jefe de la diplomacia estadounidense recibirá al ministro de Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen, en el Departamento de Estado, para plantear diferentes salidas a esta encrucijada diplomática y territorial.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio