Alemania se asoma al abismo en medio de una combinación cada vez más inquietante de desgaste político, desorientación estratégica y ascenso de la ultraderecha. La primera potencia europea, durante años presentada como sinónimo de estabilidad, atraviesa una crisis de rumbo que ya no afecta sólo a su política interna. También golpea su papel en una Unión Europea más débil, más fragmentada y menos capaz de ordenar sus propias tensiones.

La última encuesta dominical de YouGov retrata esa deriva con claridad. La AfD alcanza el 27% de intención de voto y se sitúa por delante de la CDU/CSU, que cae al 23%. Los Verdes quedan en el 14%, el SPD en el 13% y La Izquierda en el 10%. BSW y FDP, ambos con un 4%, ni siquiera entrarían en el Bundestag. El dato no señala sólo el crecimiento de la extrema derecha. Señala también la pérdida de peso del viejo centro político alemán, la erosión de sus partidos de gobierno y la incapacidad del sistema para ofrecer una salida reconocible al malestar acumulado.

El golpe alcanza de lleno a Friedrich Merz. Apenas un 18% del electorado alemán se declara satisfecho con su labor. La cifra resume en buena medida el momento del canciller. Llegó al poder con un discurso de autoridad, firmeza y reconstrucción del liderazgo conservador. Quería proyectar una Alemania menos vacilante, más nítida en sus prioridades y más sólida en la gestión. Lo que ha dejado, al menos por ahora, es otra imagen: un Gobierno sin dirección clara, una CDU que no consigue recuperar terreno y una ultraderecha que sigue creciendo justo en el espacio que Merz decía querer cerrar.

No es un fracaso menor. La estrategia conservadora consistía en disputar a la AfD parte de sus banderas sin cruzar formalmente ciertas líneas. Endurecer el lenguaje sobre inmigración, orden y seguridad. Reforzar el perfil nacional. Mostrar dureza cultural. Era una maniobra clásica: absorber al electorado descontento antes de que se fugara del todo. No ha funcionado. La AfD no se ha encogido cuando la derecha tradicional se ha desplazado. Ha salido reforzada. Cada vez que la CDU adopta un marco más duro, la extrema derecha gana centralidad. Cada vez que Merz sugiere que puede recuperar el control ocupando ese terreno, legitima una agenda que acaba beneficiando a su adversario.

La estrategia de Merz refuerza el terreno de la AfD

La responsabilidad, en todo caso, no termina en la derecha. La izquierda alemana tampoco ha logrado leer el momento. El SPD sigue atrapado en una caída larga, sin pulso político y sin vínculo claro con amplios sectores sociales. Su 13% no es sólo una mala cifra. Es el síntoma de una pérdida de función. Ya no aparece como una fuerza capaz de ordenar una mayoría, proteger a los sectores golpeados por la inflación o dar una salida al malestar cotidiano. Los Verdes conservan presencia, pero no construyen hegemonía. La Izquierda mejora, aunque todavía no logra traducir su recuperación en capacidad de disputa real. El balance general es el de un campo progresista que no consigue convertir la inseguridad material en proyecto político.

Ese vacío ha resultado decisivo. La AfD no crece únicamente por su propia agresividad discursiva o por su capacidad para explotar miedos. Crece también porque encuentra enfrente rivales sin tracción, partidos desgastados y una parte del electorado convencida de que nadie está respondiendo a lo esencial. El deterioro material pesa. La vivienda se encarece. La energía se ha vuelto más inestable. La industria alemana lleva tiempo bajo presión. El miedo al declive ya no es una intuición marginal. Forma parte del paisaje. En ese contexto, la extrema derecha ofrece un relato simple, brutal y eficaz. Identifica enemigos, promete protección y explota la sensación de pérdida. No resuelve nada, pero fija el clima.

El daño acumulado no se explica sólo por la economía. También cuenta el comportamiento del sistema político alemán ante Gaza. Ahí se ha abierto otra grieta, menos visible en algunos análisis tradicionales, pero cada vez más importante para entender el desgaste de la derecha y de una parte de la izquierda. El respaldo cerrado del Gobierno alemán a Israel, la incapacidad de buena parte del arco parlamentario para romper con ese alineamiento y la represión o estigmatización de voces críticas dentro del país han ampliado la distancia entre las élites políticas y sectores sociales que leen la devastación de Gaza como lo que es: una matanza masiva de civiles y una destrucción sistemática que Alemania ha preferido cubrir con razón de Estado, disciplina atlántica y silencio moral.

Merz ha asumido esa posición con obediencia casi automática. Pero el problema no se limita a la CDU. El SPD y los Verdes también han quedado atrapados en un consenso que empieza a pasar factura. Incluso parte de la izquierda institucional ha mostrado una timidez llamativa a la hora de romper ese marco. El resultado salta a la vista en universidades, espacios culturales, barrios urbanos y comunidades migrantes, donde crece la percepción de que el sistema político alemán aplica una doble vara de medir. Predica derechos humanos, pero los relativiza cuando el aliado es Israel. Invoca memoria histórica, pero la convierte en coartada para tolerar lo intolerable. Reivindica la democracia, pero restringe protestas, criminaliza voces incómodas y sospecha de cualquier crítica frontal al Estado israelí.

Gaza agrava el desgaste del sistema político alemán

Ese coste no se traduce de forma lineal en votos para la AfD. Sería una simplificación. Pero sí alimenta un descrédito más amplio. Refuerza la sensación de que los grandes partidos cierran filas en asuntos decisivos y de que, cuando la realidad desborda su relato, prefieren disciplinar el debate antes que asumir el conflicto. Para una parte del electorado joven, de izquierda o con origen migrante, esa respuesta ha sido devastadora. Para otra parte, incluso ideológicamente lejana de esos sectores, funciona como una prueba adicional de que las élites alemanas actúan con reflejos automáticos, subordinadas a Washington y a Tel Aviv, sin medir el daño político y moral que eso provoca dentro de su propio país.

La crisis alemana se ha ido formando, además, sobre un fondo más largo. Desde la salida de Angela Merkel, Berlín no ha encontrado un nuevo centro de gravedad. La excanciller dejó un modelo discutible, pero operativo: pragmatismo, capacidad de absorción, control de daños y una cierta idea de centralidad europea. Su marcha no abrió una etapa de renovación política. Abrió un vacío. Desde entonces, Alemania encadena gobiernos débiles, decisiones tardías y una impresión creciente de agotamiento estructural. Ya no ordena el tablero europeo como antes. Reacciona. Corrige. Duda. A veces se repliega en su crisis interna. Otras asume como propios marcos ajenos que chocan con una agenda verdaderamente europea.

Ahí se encuentra otra de las claves del deterioro. Alemania se ha alejado de una posición relativamente autónoma para moverse cada vez más bajo el paraguas político de Estados Unidos. Lo ha hecho en seguridad, en energía y en política exterior. También en Oriente Próximo. Ese alineamiento no sólo debilita su pretensión de liderazgo europeo. La vuelve menos creíble ante una parte de su sociedad y menos capaz de actuar como potencia civil. Berlín aparece hoy como un actor más reactivo, más dependiente y más temeroso de desafiar consensos estratégicos impuestos desde fuera. El problema no es sólo diplomático. Tiene traducción doméstica. Cuando un país parece responder con más rapidez a sus alianzas que a sus propios problemas internos, el malestar se acumula.

En Alemania, además, ese proceso adquiere una densidad histórica particular. El ascenso de una extrema derecha fuerte ya sería alarmante en cualquier gran país europeo. En la República Federal lo es más. No porque la historia se repita de forma mecánica ni porque cualquier analogía simple resulte útil, sino porque buena parte del sistema político alemán se legitimó durante décadas sobre una promesa central: ciertos límites no se cruzaban. La extrema derecha podía existir, pero no condicionar la estructura del sistema. Ese principio no ha desaparecido, pero se ha debilitado. Sigue existiendo un cordón sanitario formal. Lo que falta es la seguridad política y cultural que durante años lo sostuvo sin demasiadas dudas.

El problema ya no consiste sólo en medir cuánto puede crecer la AfD. La cuestión es qué harán los demás si ese crecimiento se consolida. Con una ultraderecha en el 27% y la CDU/CSU en el 23%, las hipótesis empiezan a moverse. El bloqueo institucional se vuelve más probable. Aumenta la presión sobre los partidos tradicionales. Se amplía el campo para fórmulas antes descartadas. No hay una participación inevitable de la AfD en el Gobierno. Aún no. Pero sí hay algo más inquietante: el desplazamiento gradual del umbral de lo impensable. Y eso, en Alemania, pesa de otra manera.

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