La épica de las películas bélicas, sus heroicas bandas sonoras, las imponentes imágenes de los batallones avanzando con sus vehículos y las escenas de combate que llaman a tomar partido convirtiéndose en un miembro del ejército que es orgullo de la nación han dejado de provocar en la población estadounidense el efecto que un día tuvo de admiración y motivación a querer formar de las tropas. Las campañas militares impulsadas por Estados Unidos en los últimos años han pasado a convertirse en uno de los motivos de mayor indignación social entre la ciudadanía del país norteamericano, tanto por la cantidad de vidas que se han perdido, sobre todo, en Oriente Medio en guerras que se han eternizado como por el daño que estos conflictos han hecho a su economía. Una serie de conflictos que han vivido una línea temporal prácticamente idéntica, comenzando por un respaldo social mayoritario pero poco a poco perdiendo fuerza entre la ciudadanía y dejando serias dudas sobre si había un motivo justificado real para impulsarlos o cuestionando qué se ha obtenido verdaderamente de ellos.
El siglo XXI comenzaba para los estadounidenses viviendo uno de los episodios más trágicos que el terrorismo islámico ha dejado, cuando los neoyorquinos comenzaban su día atemorizados por la imagen que dejaba ver a dos aviones de pasajeros que impactaban contra las Torres Gemelas. Aquel 11 de septiembre cambió por completo a un país que estaba consiguiendo superar el daño que Vietnam había causado a muchas de sus familias. La respuesta de EEUU no tardó en llegar y, con la intención de acabar con Al-Qaeda, las tropas norteamericanas llegaban a Afganistán tal día como hoy, un 7 de octubre de 2001.
Aquel fue el inicio del discurso del miedo, de la conocida como "Guerra contra el Terror". La entrada en Afganistán tuvo un apoyo mayoritario en EEUU en un primer momento, al fin y al cabo era la respuesta al enorme daño que los terroristas islámicos de Bin Laden habían causado, cobrándose multitud de vidas con las acciones del 11 de septiembre. No obstante, poco a poco este conflicto se fue enquistando, volviéndose cada vez más complejo y la superioridad norteamericana fue perdiendo una fuerza que comenzó a derivar en una guerra en la que las tropas de Estados Unidos registraban cada vez más bajas. La campaña militar en Afganistán se empezaba a extender cada vez más en el tiempo y la ciudadanía fue dejando de mostrarse favorable a ella, comenzando a pedir cada vez más el retorno de las tropas.
El cambio fue progresivo, pero cruzó de un extremo al otro. Al principio, eran cerca del 90% de los estadounidenses los que respaldaban el despliegue de los batallones en el país de Oriente Medio. Sin embargo, la guerra se prolongó dos décadas, costó miles de vidas y enormes recursos económicos. La retirada de los militares en el 2021, con el rápido regreso de los talibanes al poder, reforzó la percepción de fracaso. Una amplia mayoría de estadounidenses considera hoy que no se alcanzaron los objetivos previstos.
Durante años se ha defendido que Estados Unidos ejercía en el mundo como un agente pacificador encargado de velar por los derechos humanos, los valores occidentales y extender la democracia por el mundo. Al menos así se vendía en el país norteamericano. Sin embargo, esta perspectiva ha venido cambiando notablemente y, hoy, 25 años después de la entrada en Afganistán, una más que polémica guerra de Irak y un conflicto en Irán iniciado de la mano de Netanyahu e Israel, EEUU sigue condicionado por su decisión de impulsar una guerras que se han eternizado, las miles de vidas que se han perdido en estas campañas militares y el daño que han hecho a su economía estas decisiones tomadas desde el despacho oval de la Casa Blanca. Un descontento que viene cobrando especial fuerza en los últimos meses, después de que Trump empezara en Venezuela una especie de política expansionista y que, tras numerosas amenazas vertidas sobre Cuba y Groenlandia, terminara por poner el foco en Teherán e iniciar una guerra que está desestabilizando la economía mundial.
Oriente Medio viene siendo uno de los principales dolores de cabeza para Estados Unidos a lo largo del siglo XXI y uno de los asuntos que mayor debate político y social vienen provocando. Como se mencionaba, el daño que causaron los atentados del 11 de septiembre y el discurso del miedo impulsado por la Administración Bush llevó a que, en un primer momento, algunas de las campañas militares impulsadas por EEUU fueran apoyadas por la ciudadanía. Sin embargo, estas empezarían a ser motivo de discusión.
En la persecución del terrorismo que los estadounidenses quisieron abanderar, en el 2003 se plantearía una de las movilizaciones de tropas que mayor polémica desataría a nivel mundial. La intervención en Irak comenzó el 19 de marzo de aquel año, durante la presidencia de George W. Bush, con una invasión destinada a derrocar al régimen de Sadam Husein y a la que también se sumaron países como España o Reino Unido, generando una importante controversia en estos países, en los que se interpretaba que no había necesidad de participar en esta campaña y que la misma podría suponer un peligro posterior. La Administración estadounidense justificó la operación principalmente por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva y por la amenaza que, según Washington, representaba el Gobierno iraquí. Sin embargo, esas armas nunca fueron encontradas, lo que posteriormente alimentó las críticas sobre los argumentos utilizados para iniciar la guerra.
La caída de Bagdad llegó pocas semanas después, pero el conflicto estaba lejos de terminar. Tras el derrocamiento de Sadam, Irak quedó sumido en una creciente inestabilidad, con una insurgencia contra las fuerzas estadounidenses, atentados y una escalada de la violencia sectaria entre suníes y chiíes. La ocupación se prolongó durante años y obligó a Washington a incrementar su presencia militar en 2007, mientras el coste humano y económico de la intervención continuaba aumentando.
Paralelamente, la opinión pública estadounidense fue cambiando. El respaldo inicial a la guerra, que llegó a situarse alrededor del 70%, fue disminuyendo a medida que se prolongaba el conflicto y se cuestionaban sus objetivos. En 2008, cinco años después de la invasión, el 54% de los estadounidenses consideraba que utilizar la fuerza contra Irak había sido una decisión equivocada. Estados Unidos retiró sus tropas de combate en 2011, pero la intervención no terminó definitivamente. En 2014, el avance del Estado Islámico llevó a Washington a regresar militarmente a Irak como parte de una coalición internacional. Así, la guerra iniciada en 2003 terminó convirtiéndose en una implicación militar de más de dos décadas, marcada por una sucesión de conflictos y por un progresivo desgaste de la sociedad estadounidense.
Entretanto, mientras los estadounidenses reclamaban poner fin a estos conflictos bélicos y el retorno de las tropas, a lo largo de estos años el Gobierno de EEUU ha decidido desarrollar acciones en multitud de lugares, destacándose operaciones como las de Filipinas, Somalia, Siria, Yemen o Libia. Todas ellas con un denominador común, en primer lugar los intereses norteamericanos tras ellas, principalmente económicos, y las consecuencias posteriores para los países sobre los que actuaron, donde quedaron marcos inestables y complejas situaciones para estos países que verían serias dificultades para recuperarse y padeciendo todavía de aquellos días.
Ahora, después de todas estas incursiones que provocaron la muerte de multitud de personas, que muchas de estas acciones hayan dejado serias dudas sobre si había un motivo justificado real para impulsarla o cuestionando qué se ha obtenido de ellas, Estados Unidos sigue permaneciendo en un marco bélico en el que, de manera continuada, el país vive asociado a alguna guerra. Parecía en los últimos años que esa dinámica podía cambiar, pero ha sido Donald Trump el que ha decidido que no era momento de consolidar el periodo de paz y tranquilidad que, al menos en este ámbito vivía el país, al considerar que era hora de llevar a su ejército al territorio iraní y dar lugar a un conflicto que, además de haber dado aire a Netanyahu y desviar la atención sobre el genocidio que Israel está perpetrando sobre Palestina, está haciendo tambalearse a una economía mundial que, desde el mes de febrero, viera cómo todos los mercados padecían enormemente las consecuencias del bloqueo del Estrecho de Ormuz.
La política internacional que Trump viene desarrollando está siendo uno de los principales asuntos que mayor daño está haciendo a su imagen pública en Estados Unidos y a la confianza que transmite al electorado. Incluso entre los miembros del movimiento MAGA comienza a haber un desapego a su líder, pidiéndole volver a centrarse en el territorio estadounidense y abandonar todas estas acciones que están dejando también importantes consecuencias en el país.
Un cuarto de siglo después, Estados Unidos vive inmerso en el mismo bucle por el cual, por duro que sea el primer golpe que asesta, termina por verse amenazado por la resistencia de aquellos a los que decide atacar, siendo el ámbito militar uno de los asuntos que más daño han hecho a los presidentes de este país a lo largo de su historia.
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