Converso con Mariano Sánchez Soler, periodista de investigación y uno de los mayores expertos en la Transición española. A lo largo de su carrera ha desentrañado los hilos oscuros que conectan la dictadura con nuestro presente. Sus libros sobre la inmensa fortuna de los Franco y la violencia parapolicial desmontan el mito de un paso pacífico hacia la democracia. Hoy analizamos cómo las élites de la dictadura mantuvieron su poder intacto y de qué manera ese terrible legado sigue alimentando los discursos reaccionarios que amenazan los avances sociales. Un diálogo necesario para comprender las verdaderas raíces de la desigualdad en nuestro país.
Pregunta: Siempre nos han vendido la Transición como un proceso pacífico y ejemplar. Tú llevas décadas demostrando con datos que fue una época bañada en sangre. ¿Por qué sigue costando tanto desmontar ese relato oficial en los medios?
Respuesta: Porque el relato oficial se construyó desde el propio poder para protegerse. Las élites franquistas que pilotaron el cambio hacia la democracia necesitaban una narrativa blanca que borrara su responsabilidad en la represión y miseria de millones de españoles. Hablamos de cientos de muertos por violencia política e institucional. Costó desmontarlo porque los herederos biológicos y políticos de aquel régimen siguen ocupando puestos clave en la judicatura, la economía y los consejos de redacción. Reconocer la sangre vertida implica admitir que nuestra democracia nació pactando con asesinos y garantizando su total impunidad. Esa es una verdad incómoda para el actual sistema político.
P: En tus investigaciones profundizas en la fortuna de los Franco. ¿Cómo fue posible que acumularan semejante patrimonio y lo mantuvieran intacto tras morir el dictador?
R: Porque operaron exactamente igual que una organización mafiosa que toma el control absoluto del Estado. La corrupción no era una anomalía del sistema franquista, sino su propia estructura de funcionamiento. Utilizaron el Boletín Oficial del Estado como su cortijo particular para expropiar, adjudicar monopolios y desviar fondos públicos sin fiscalización. Al llegar la democracia, el pacto tácito incluyó no tocar ni una peseta de esa fortuna. La amnistía no solo borró delitos de sangre, sino crímenes económicos gigantescos. El poder político miró hacia otro lado y permitió que ese capital manchado de sangre se blanqueara en grandes corporaciones inmobiliarias que siguen operando.
P: Entonces, ¿el poder económico de la dictadura no sufrió ninguna transición real hacia un modelo más democrático?
R: Ninguna en absoluto. Fue un simple maquillaje estético para Europa. Los consejos de administración de las grandes corporaciones están repletos de los mismos apellidos que dominaban la economía bajo la bota de Franco. La transición política cambió la forma del Estado y nos otorgó derechos civiles que costó muchísima sangre conseguir. Sin embargo, la transición económica jamás existió. Los dueños de España siguieron siendo los mismos de siempre. Quienes financiaron el golpe de Estado y se lucraron obscenamente con el trabajo esclavo de los presos republicanos consolidaron su poder económico. Hoy siguen marcando la agenda económica nacional y presionando fuertemente a los gobiernos progresistas.
P: Hablemos de la extrema derecha que inunda redes y calles. ¿Ves conexión directa entre aquellos grupos violentos de la Transición y las formaciones reaccionarias que hoy ocupan las instituciones?
R: La conexión es directa y absoluta. No son fenómenos aislados ni generaciones espontáneas. La extrema derecha que hoy se sienta cómodamente en los parlamentos recoge el testigo ideológico directo de Fuerza Nueva y de los grupos parapoliciales que actuaron con total impunidad en los setenta. Lo único que ha cambiado radicalmente es la estrategia. Antes utilizaban la violencia física en las calles contra obreros y líderes vecinales. Hoy utilizan las instituciones públicas, los bulos masivos financiados y el despiadado acoso judicial para aniquilar al adversario político. El objetivo principal sigue siendo frenar cualquier avance social y proteger los privilegios intocables de las élites.
P: Te has topado con enormes muros de silencio al investigar las tramas policiales. ¿Qué papel jugaron exactamente las fuerzas de seguridad en aquellos años oscuros?
R: Jugaron un papel de represión brutal, actuando sistemáticamente al margen de la legalidad que ellos mismos establecieron para aparentar normalidad europea. Los aparatos profundos del Estado estaban repletos de agentes formados en la dictadura que veían la incipiente democracia como una amenaza existencial a aplastar. Se organizaron tramas siniestras con total cobertura oficial para asesinar a disidentes. La impunidad fue la norma generalizada. Muchos comisarios implicados en espantosas torturas no solo no fueron juzgados, sino que recibieron medallas pensionadas, ascensos meteóricos y acabaron sus días cobrando retribuciones millonarias pagadas rigurosamente con dinero público.
P: Frente al negacionismo histórico actual, ¿qué herramientas nos quedan desde el periodismo para combatir esa inmensa máquina de fango reaccionario?
R: La principal defensa es el rigor absoluto y la memoria documentada. No podemos caer en el juego tóxico de sus guerras culturales diseñadas exclusivamente para distraernos. Frente a mentiras fabricadas y financiadas por fondos opacos, el periodismo independiente debe aportar expedientes reales, sentencias firmes y archivos intachables. Es imprescindible exponer mediáticamente quién les financia y qué intereses económicos protegen de verdad cuando atacan derechos fundamentales. La verdad empírica sustentada con pruebas documentales irrefutables es el único antídoto real y efectivo contra este fascismo moderno de corbata.
P: Para terminar esta entrevista, ¿crees que la sociedad española actual es plenamente consciente de las fallas estructurales que arrastramos desde aquel pacto de la Transición?
R: Creo firmemente que hay una nueva generación que ya no compra ese relato idílico de la reconciliación y está exigiendo respuestas reales a sus problemas. Los jóvenes que sufren a diario la precariedad laboral extrema y la terrible crisis de la vivienda empiezan a entender que el diseño económico perverso de nuestro país viene de muy atrás. Ven nítidamente que las reglas del juego están completamente trucadas a favor de unas élites intocables. La memoria histórica no es nostalgia, es una herramienta indispensable para comprender nuestro complejo presente y construir un futuro equitativo. Si no entendemos quiénes robaron este país a sangre y fuego, jamás podremos recuperarlo para la clase trabajadora.
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