La carrera política de Fernando Grande-Marlaska podría contarse a través de todas las veces que estuvo a punto de terminar. Cada polémica ha traído consigo una despedida anticipada, cada crisis ha parecido la última y cada remodelación del Gobierno ha abierto la misma incógnita sobre su futuro. Su nombre ha entrado una y otra vez en las quinielas de salida, mientras desde la oposición se acumulaban las peticiones de dimisión y dentro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad crecían en distintos momentos las críticas a su gestión. Ocho años después, sin embargo, sigue siendo ministro del Interior.
No es una supervivencia menor. Interior es uno de esos ministerios donde casi cualquier incendio termina alcanzando a quien ocupa el despacho principal. Fronteras, inmigración, Guardia Civil, Policía Nacional, terrorismo, narcotráfico, protestas o seguridad ciudadana forman parte de una cartera en la que rara vez existe la tranquilidad. Marlaska lo sabe bien. Desde que Pedro Sánchez lo incorporó a su primer Gobierno, en junio de 2018, ha tenido que atravesar prácticamente todas esas tormentas.
Y ha permanecido. Lo ha hecho después de enfrentamientos con la cúpula de la Guardia Civil, de reveses judiciales, de tragedias en las fronteras y de episodios que parecían colocarle políticamente contra las cuerdas. Marlaska ha terminado convirtiendo la resistencia en uno de los rasgos más reconocibles de su paso por el Gobierno. Allí donde otros ministros encontraron una crisis que precipitó su salida, él ha encontrado una siguiente mañana al frente de Interior.
De juez a ministro de Sánchez
Cuando Pedro Sánchez anunció en junio de 2018 el Gobierno surgido de la moción de censura contra Mariano Rajoy, Grande-Marlaska era uno de sus fichajes más llamativos. No llegaba desde el aparato socialista ni había construido su carrera en parlamentos, agrupaciones o ejecutivas de partido. Llegaba desde los tribunales.
Nacido en Bilbao en 1962, ingresó en la carrera judicial a finales de los años ochenta y terminó desarrollando buena parte de su trayectoria en la Audiencia Nacional. Allí adquirió notoriedad como magistrado en causas relacionadas con el terrorismo de ETA y otros asuntos de enorme exposición pública. Más tarde presidió la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y fue vocal del Consejo General del Poder Judicial.
Su perfil tenía poco que ver con el de un político profesional. Era un juez conocido, con una trayectoria institucional consolidada y una imagen que trascendía los límites ideológicos tradicionales. Precisamente por eso su incorporación al Ejecutivo permitió a Sánchez presentar Interior como una cartera en manos de alguien con experiencia en seguridad, terrorismo y funcionamiento del Estado.
Lo que probablemente resultaba más difícil de anticipar entonces era cuánto iba a durar. Porque aquel Gobierno de 2018 queda ya muy lejos. Con los años han ido desapareciendo del Consejo de Ministros numerosos integrantes de aquel primer equipo de Sánchez. Han cambiado vicepresidentes, portavoces y titulares de algunos de los departamentos de mayor peso político. Marlaska, en cambio, continúa formando parte del reducido grupo que puede mirar hacia atrás y encontrar su nombre en aquella primera fotografía. Pero su permanencia no ha sido precisamente tranquila.
Pérez de los Cobos, la primera gran cicatriz
Uno de los episodios que más ha marcado su etapa en Interior llegó en mayo de 2020 con el cese del coronel Diego Pérez de los Cobos como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid.
La decisión, justificada inicialmente por una pérdida de confianza, desencadenó una profunda crisis en el instituto armado. Pérez de los Cobos estaba al frente de la comandancia cuyos agentes elaboraban informes para una investigación judicial relacionada con las manifestaciones del 8 de marzo y la expansión de la pandemia. La controversia creció rápidamente y alcanzó a la dirección de la Guardia Civil.
El conflicto abandonó pronto el terreno estrictamente político y terminó recorriendo los tribunales. Años más tarde, el Tribunal Supremo anuló el cese del coronel y obligó a Interior a restituirlo. Para la oposición, aquella resolución debía tener una consecuencia inmediata: la dimisión de Marlaska. No la tuvo.
El episodio se convirtió en una de las primeras grandes pruebas de su capacidad de supervivencia. El ministro asumió el desgaste, defendió las decisiones de su departamento y siguió al frente de Interior. La escena volvería a repetirse, aunque con protagonistas y circunstancias muy diferentes.
Las fronteras y el desgaste
Pocas materias han desgastado tanto al ministro como la política migratoria. Ceuta y Melilla han colocado periódicamente a Interior ante una ecuación difícil de resolver: controlar una de las fronteras exteriores de la Unión Europea y hacerlo, al mismo tiempo, bajo el escrutinio permanente de tribunales, organizaciones de derechos humanos, instituciones independientes y partidos políticos.
La tragedia ocurrida en la frontera de Melilla el 24 de junio de 2022 marcó uno de los momentos más duros de su mandato. Decenas de migrantes murieron durante un intento de entrada por el paso de Barrio Chino y las imágenes de aquella jornada desataron una fuerte polémica sobre la actuación de las autoridades españolas y marroquíes.
El Defensor del Pueblo cuestionó posteriormente aspectos de la actuación española y concluyó que centenares de personas habían sido rechazadas en frontera sin las garantías individualizadas exigibles. Marlaska defendió en todo momento la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
La presión volvió a crecer. También las peticiones de dimisión. Y Marlaska volvió a quedarse. La continuidad empezó entonces a dejar de parecer una circunstancia para convertirse en una característica. Cada crisis recuperaba la conversación sobre su futuro, pero ninguna terminaba alterándolo.
Barbate y la Guardia Civil
En febrero de 2024, el asesinato de dos guardias civiles después de que una narcolancha embistiera su embarcación en el puerto de Barbate volvió a situar al Ministerio del Interior bajo una enorme presión.
La tragedia dio lugar a una oleada de críticas sobre los medios disponibles para luchar contra el narcotráfico en el Campo de Gibraltar. Asociaciones de la Guardia Civil acusaron al Ministerio de no haber proporcionado los recursos suficientes y la oposición elevó nuevamente el tono contra Marlaska.
Aquella vez las críticas desbordaron incluso las fronteras habituales entre Gobierno y oposición. El debate sobre los medios con los que trabajan los agentes llevaba tiempo abierto y la muerte de los dos guardias convirtió ese malestar en una cuestión nacional.
Marlaska viajó a Cádiz, defendió la actuación de Interior y rechazó abandonar el cargo. Otra crisis que parecía definitiva volvió a no serlo.
El superviviente de las remodelaciones
Quizá la mejor medida de la longevidad de Grande-Marlaska no esté, sin embargo, en las polémicas que ha atravesado, sino en las remodelaciones que ha sobrevivido.
Pedro Sánchez ha utilizado los cambios de Gobierno para cerrar etapas, renovar perfiles y sustituir ministros desgastados. Algunos de sus colaboradores más próximos abandonaron el Ejecutivo después de años de enorme peso político. Otros desaparecieron de forma mucho más inesperada.
Cada vez que Moncloa preparaba una remodelación, el nombre de Marlaska reaparecía entre los candidatos a abandonar el Consejo de Ministros. Y cada vez que se anunciaba el nuevo Gobierno, allí seguía.
Su continuidad tras las elecciones generales de 2023 fue quizá la confirmación definitiva. Cinco años después de haber llegado como un juez independiente al primer Ejecutivo de Sánchez, Grande-Marlaska era ya uno de los ministros más veteranos del presidente.
La condición de superviviente político resultaba todavía más llamativa porque no se había construido desde la discreción. Interior es justamente lo contrario: una cartera expuesta, sometida permanentemente al control parlamentario y donde cualquier error operativo puede transformarse en cuestión política en cuestión de horas. Marlaska ha permanecido pese a todo ello.
La confianza que nunca termina de romperse
La explicación última de esa longevidad solo puede encontrarse en una constante: Pedro Sánchez ha seguido confiando en él.
No significa que su gestión haya estado libre de errores ni que su figura genere unanimidad dentro del espacio progresista. Al contrario. Marlaska ha recibido críticas desde la derecha, pero también desde formaciones situadas a la izquierda del PSOE y desde organizaciones defensoras de los derechos humanos. Su relación con determinados sectores de la Guardia Civil ha atravesado momentos especialmente difíciles. Pero cuando ha llegado el momento de decidir sobre su continuidad, Sánchez ha optado siempre por mantenerlo.
Hay también una lógica institucional detrás. Después de tantos años, Grande-Marlaska conoce un ministerio extraordinariamente complejo y dirige estructuras que necesitan continuidad. Ha convivido con diferentes cúpulas policiales, responsables de la Guardia Civil, secretarios de Estado y directores generales. Ha gestionado momentos de enorme sensibilidad política y dispone de una experiencia en el departamento que pocos ministros de Interior han tenido.
Sobrevivir, en política, también genera experiencia. Y la experiencia termina siendo otra forma de poder. Eso no evita el desgaste. De hecho, probablemente lo multiplica. Cada nueva polémica recupera episodios anteriores y cada petición de dimisión se añade a una lista que ya ocupa buena parte de su biografía política.
Pero ocho años después de llegar al Gobierno, la pregunta ha cambiado. Al principio era cuánto tiempo podría durar un juez sin experiencia política al frente de Interior. Después pasó a ser si resistiría la siguiente crisis. Más tarde, si Sánchez aprovecharía una remodelación para sustituirlo. Ahora la incógnita es otra: qué tendría que ocurrir para que Fernando Grande-Marlaska dejara de ser ministro del Interior.
Porque Pérez de los Cobos no acabó con él. Melilla tampoco. Ni Barbate. Ni las sucesivas remodelaciones del Ejecutivo. Ni las innumerables peticiones de dimisión que han acompañado su mandato. La carrera política de Marlaska podía haberse terminado muchas veces. Hasta ahora, todas ellas han terminado igual: con Marlaska todavía en su despacho.
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