Robe Iniesta nos ha dejado hace pocos días. Todas las imágenes que están circulando en las más variadas redes y medios, nos hablan de su esencia. Pero hay muchas más cosas que descubrir en el Caso Robe, que podemos ver desde el mundo de la comunicación y la cultura.

Sin ser seguidores suyos, millones de personas han sido convocadas por su ausencia, cuando se ha anunciado que ha muerto. Como si cerrar el círculo de la vida fuera una percusión sobre la existencia de muchas más personas de las que eran admiradoras de siempre.

En medios, en las mensajerías, en todas las redes, han vuelto a sonar, resucitadas, todas sus canciones, sus versos, su prosodia poética, su dulce música. Es sorprendente ver sus canciones en redes como TikTok, o a oyentes emocionados, que no llegan a la veintena, y escuchan por primera vez a un desconocido. Resucitadas sus obras, por un impulso que es a la vez una bienvenida y una despedida. Es sabido que la música de este autor tiene un doble carácter, es triste y alegre, es profunda y pegadiza, es desgarrada y tierna.  Y lo que estamos percibiendo, ahora con muchísima intensidad, es que este artista habla tan profundamente al alma humana que dialoga con todas las almas, con cada una, de su manera. Como autor, Robe ha sido capaz de desarrollar un instrumento de claves universal que llega masivamente en todo tiempo, sin edad, por el mero hecho de existir.

Comunicativamente, es sorprendente que el final de una vida sea el principio, para mucha gente, de un reconocimiento, el nacimiento de una conexión musical y cultural. Y esto nos hace pensar si no será siempre así, y necesitamos que se cierre el circulo perfecto de la andadura humana para poder entender el tamaño de su camino, de su dimensión. Hay así, muertes que son nacimientos. Muertes que proyectan enorme una figura en la cultura.

Pero hay más en la figura y el arte en Robe. Lo que estamos presenciando estos días, con una prolongación asombrosa, es un fenómeno auténtico de creación en acto, sin historia, que está revolviendo la conciencia social. Quiero decir que la capacidad de la música y de la poesía de Robe, amalgamadas ambas en un hecho único en la cultura española contemporánea, es la de convertirse en un núcleo atractor que recuerda a la gente valores y actitudes olvidadas

Da lo mismo si se es seguidor suyo de hace treinta años o si lo has conocido ayer. Esta llamada es una alarma revolucionaria, un vuelco de conciencia. Así ha ocurrido y ocurre según sus admiradores relatan. Afirman que cuando oyeron por primera vez un tema del cantante les explotó la cabeza, les cambió la vida, les absorbió a su universo. Un universo creativo que tiene un poder hasta ahora inédito en la cultura española actual, que conecta con la sociedad porque propone una acción íntima, de rebeldía, de dignidad, de resistencia. Cada una de las piezas musicales de Robe es una creación completa de un presente, el presente universal, al que se trasladan todos cuantos pueden oír, y gozar, sus temas, que está despertando una sensibilidad dormida en nuestros días. Esta capacidad sólo puede lograrse cuando la dimensión de un artista es inmensa. Sólo alguien con inmensa capacidad comunicativa puede hacer llorar a quienes ni siquiera habían oído hablar de él, como afirman tantos, en las redes.

La vida de Robe es en sí misma una canción, un hecho hermoso, difícil. Lo que llega como un mensaje musical, es una obra completa en treinta años de carrera que habla sobre todo de coherencia, de resistencia a la comercialización, de limpieza artística. La vida sencilla, coherente, entregada a la perfección musical, discreta, seria, de Robe Iniesta, es la de un obrero. La de un obrero maestro, capaz de cambiar la historia espiritual de varias generaciones. La cultura masiva de la música hoy, y de sus fans, en comparación con el vuelo del Hombre Pájaro, choca como choca con la piedra al trabajar un herrero en su fragua . Es una dimensión de la cultura que por primera vez en muchas décadas sale de su nicho de actividad para invadir con su revulsivo la función hoy perdida de la música y la poesía musical como revolución.

Sorprende que se construya esa inmensa atención que hoy se da, a partir de un silencio. Que sea más profunda la admiración cuanto mayor ha sido el desoír, lo discreto, lo humilde de su figura en términos de masas. Asombra que una vida tan perfectamente medida en vocación de arte y su humildad dedicada se eleve ahora como una ola inmensa en la playa de la percepción de un mundo idiotizado, anestesiado, loco, para hacerlo despertar.

Comunicativamente, la figura y la música de Robe, que llama a todos, habla íntimamente a todo el mundo, más allá del tiempo, con un mensaje de repulsa de lo artificial y una apelación a vivir una vida auténtica, que rechace las autoridades, las normas, que conecte con el ser de este mundo, con la naturaleza, y se vuelva un espejo de la realidad que devuelve a cada uno su voz.

El mensaje revolucionario de la carrera artística de Robe nos habla también de cómo desaparecer, de cómo llevar a cabo la integración de su final de vida. En los últimos discos de Robe, en los últimos conciertos, hay mensajes clarísimos para su público, para sus hermanos en el arte. Las despedidas de Robe están desde que nos avisó que se lo llevaba el aire, hace dos o tres años, en sus portadas, o en sus despedidas en los auditorios, avisando de que “siempre, siempre, siempre” nos esperaría. 

Como obras maestras, dotadas del mayor simbolismo, las grandes creaciones contienen siempre el contexto en que circulan. Los grandes mensajes simbólicos abarcan el contexto, ruedan con la Historia, cobran un color diferente en un prisma distinto cada vez pero sobre todo se concluyen a sí mismas absorbiéndonos en su universo. Y es lo que hay en este músico: la capacidad de comprender el contexto, y de integrarlo. Así, las letras y la música de Robe reordenan el mundo y la existencia de la gente, porque tiene el poder de trascender el tiempo, viajando con el presente hasta hablar en nombre del todo social. Esto explica que los niños en los coles, o los adolescentes nacidos antes de ayer, estén anclados en su obra también.

Una de las cosas más sorprendentes comunicativamente en la obra de este músico es la armonización de lo sublime con lo carnal, de lo estilizado y refinadísimo con la sencillez y la rusticidad. Esa integración de lo creativo puro y lo demasiado humano es el rasgo de las obras maestras en cualquier campo. Estamos ante una firma que va a traspasar, como sentimos, las centurias en nuestra cultura.

En ese simbolismo, Robe tenía un espíritu para el bien de la existencia. Sus composiciones emanan y resuenan en la naturaleza. En sus obras maestras poético-musicales hay muchísima simbiosis con el mundo humano, también a través de la cólera y de la denuncia. Es posible abarcar, a través de un lenguaje arisco o indeseable, la humanidad en un sentido revolucionario, filosofando a martillazos.

La entrega artística de Robe, conectadas todas las canciones entre ellas, llega encadenándose a su vez con todas las almas que lo escuchan, y no solamente porque es un mensaje consecutivo que atrapa y tienes que agotar hasta su última gota. El lenguaje de Robe incluye jergas y mundos, sociolectos y exabruptos en un universo polifónico de expresión humana. Y este universo está llamando a despertar a una nueva conciencia cultural en nuestro país.

Esta nueva conciencia cultural arraiga en los sentimientos de cada persona, pero va construyendo un pensamiento transgresor de la mentira y de la mediocridad. Con su calidad construida poco a poco, la obra completa musical de Robe es un instrumento revolucionario que comienza por abolir tiempo y convenciones, generaciones y contextos, que establece en sus oyentes un nuevo plan de vida. Ese plan fija para siempre la verdad y su búsqueda en el alma que escucha. Una verdad limpia. Creo que la difusión de esa conciencia puede cambiar muchas cosas en nuestra esfera pública.

Robe ha venido a morirse para completar su obra y para frenar la estúpida rapidez de nuestras vidas, llevándonos al mundo del amor y la muerte, de la verdad y la lucha, donde dejarnos llevar por ellos. Este fenómeno sociocultural marca tan profundamente a la comunidad social, que se ha convertido en cultura viva, revitalizando la comunicación. Es increíble que haya estado trabajando, en el subsuelo de nuestra conciencia, de nuestra ignorancia, tanto tiempo. Por eso no cesan los mensajes, las escuchas nuevas, los recuerdos que son más antiguos que la memoria misma. La cultura no es otra cosa que memoria viva, lo que queda después del paso banal de los años. La cultura es lo que vive. Y por eso, la muerte de Robe es una muerte viva. Esperemos que su fuerza haga que esta sociedad resucite.

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