Oxígeno es lo que le faltó a la autora aquel fatídico día en que sufrió una intoxicación por monóxido de carbono en un piso en el centro de Madrid al que se acababa de mudar con su pareja en plena pandemia. Oxígeno (Alfaguara) es el título con el que ha bautizado su nuevo libro, de corte autobiográfico, cargado de investigación periodística e introspección personal. Oxígeno se ha convertido en a penas un mes en un éxito literario, consagrado como una de las novedades más importantes del inicio de este 2026 y del que la autora desgrana algunos entresijos en esta entrevista. 

PREGUNTA (P): Dices que este es un libro que no querías escribir. ¿En qué momento decidiste darle forma a través de las palabras?

RESPUESTA (R): No lo viví tanto como una decisión, es un libro ante el que me rendí. Como no me lo podía quitar de la cabeza, seguía dándole vueltas, seguía pensando cosas al respecto, hubo un momento en que claudicó y dije bueno, este es el libro que tengo entre manos, aceptémoslo y vayamos a por él.

P: ¿Crees que fue una forma de vomitar todo lo que tenías dentro o una manera de liberarte de este episodio?

R: La verdad que no lo vivo nada como un vómito, porque en la escritura, cuando parte de algo personal, soy muy fría. Pienso la estructura, pienso muy bien el tono, hago pruebas de narrador. Entonces, no se parece en nada a un vómito. Es verdad que poner en palabras algo que te ha ocurrido sí tiene algo de terapéutico, pero cuando escribo un libro no lo asocio nada con el vómito o con el desahogo. Hay algo muy medido y muy pensado.

Soy la protagonista, la narradora, pero no sé qué pasó en el momento principal

 

P: Escribir sobre la muerte en la ficción debe ser más fácil. Pero, ¿cómo es en primera persona?

R: Fue uno de los retos del libro, entre otras cosas porque al estar al borde de morir suponía estar inconsciente. De repente me encuentro con un libro en el que yo soy la protagonista, soy la narradora, pero no sé qué pasó en el momento principal. Fue un reto interesante, y luego sí, hice el esfuerzo muy deliberado y me concentré mucho en intentar recordar cómo fue ese segundo antes, ese umbral en el que no había perdido del todo la consciencia, pero tampoco estaba completamente lúcida, e intentar narrarlo de la manera más fiel posible a cómo lo viví.

P: Tu experiencia con la muerte, según narras, no se remite solamente a la intoxicación por monóxido de carbono, sino que también sufriste episodios similares en tu entorno cuando eras pequeña. ¿Cómo lo recuerdas?

R: Hay una serie de flashbacks en el libro que hablan de momentos de la infancia, todos tenemos una relación con la muerte, con la enfermedad, con el amor que viene configurada de las cosas que hemos visto de pequeños. Cuando me puse a escribir el libro y a pensar sobre la muerte y la vida, y sobre el sentido de la vida, necesariamente, aparecen esos primeros contactos que tuve con con la muerte, con la enfermedad, con la ausencia de mamá a la que se llevan un día al hospital y no sé si va a volver. Esas fueron las primeras veces que pasó por mi cabeza la idea de que esto se podía acabar. No es lo mismo que pase con siete años y con pocas herramientas a que pase con 30.

P: Justo e aquel momento en el que te viste al borde de la muerte dices que no viste a Dios ni viste pasar tu vida ante tus ojos. ¿Cómo lo viviste entonces y cómo reflexionas ahora sobre aquel instante?

R: Cuando digo eso es porque he intentado alejarme del cliché porque todos tenemos una serie de clichés en la cabeza de que ves una luz, un fundido a negro, ves pasar tu vida por delante y he hecho un gran esfuerzo para alejarme del cliché e intentar contar exactamente como fue.

Los daños psicológicos cuesta más reconocerlos y acompañarlos

 

P: También reflexionas mucho sobre la salud mental y todo lo que provocó esta experiencia. Como no es una percepción física que sea visible, igual muchos no lo asumían como un problema real. ¿Crees que todavía persiste este tabú sobre la ansiedad y sobre estas realidades?

R: No sé si lo llamaría tabú, porque es verdad que ya está puesto sobre la mesa y estamos hablando de salud mental. No creo que sea tanto un tabú, pero sí creo que nos cuesta todavía muchísimo más aceptar los dolores psicológicos que los que los físicos. Si yo hubiera tenido un brazo en cabestrillo y hubiera tenido que ir a rehabilitación durante varios meses, todo el mundo me habría ido preguntando: 'Bueno, ¿cómo va la rehabilitación? ¿Ya puedes mover el brazo perfectamente?'. Sin embargo, los dolores psicológicos nos cuesta más reconocerlos y acompañarlos, ahí todavía creo que tenemos mucho trabajo pendiente.

P: Viniendo a su vez de un momento tan traumático como la pandemia de coronavirus, ¿cómo fue aquella época de salir al paso tras esta experiencia? 

R: La pandemia es un mal telón de fondo para cualquier cosa, pero aquí lo que me ocurrió es que había un desfase muy extraño entre la alerta sanitaria general y lo que a mí me estaba pasando. De hecho, recuerdo salir del hospital después de incidente del monóxido de carbono y que me diera igual el coronavirus, de repente el contagio me parecía una tontería.

También había algo muy paradójico porque se suponía que la casa era el lugar de seguridad. La consigna era 'Quédate en casa'. Lo peligroso era salir fuera, ¿no? Y fue justo en casa donde pasó esto. Fue muy extraño el desfase entre lo que a mí me estaba pasando a nivel individual y lo que estaba pasando en el mundo.

P: Abordas en toda la novela la problemática de la vivienda. Desde tu punto de vista, ¿cómo hemos llegado a este punto de desconexión en la relación entre casero e inquilino?

R: El mundo cada vez es más grande, vivimos en una sociedad muy despersonalizada, pero eso no nos debería hacer perder de vista que cuando uno le alquila a alguien un piso le está alquilando su hogar. Los problemas que tenemos con la vivienda, con los alquileres o para mantenerte en una misma casa un tiempo mínimamente razonable, afecta a nuestra sensación de pertenencia a nuestra posibilidad de crear un hogar, de vivir una determinada intimidad.

Hay un momento del libro en que digo algo así como que para salir al mundo hay que tener un lugar al que volver. Si la casa no puede ser un lugar de descanso y de refugio, tenemos un problema grande a nivel íntimo. Lo que pasa con la vivienda es que, desgraciadamente, llamamos lujos a cosas que no deberían ser un lujo, a la luz natural o a tener un cuartito extra; cosas que deberían ser un lo básico. Lujos serían una mansión con piscina gigante, pero la luz natural no debería ser un lujo.

Lo que pasa con la vivienda es que llamamos lujos a cosas que no deberían ser un lujo

 

P: ¿Consideras que el problema de la vivienda afecta mucho más a los jóvenes? Entra en este punto lo que comentas, nos prohíben tener una mascota, colgar un cuadro en la pared y se da la escena típica de pedir unas pizzas a domicilio porque mucho más no nos podemos permitir.

R: A las generaciones jóvenes nos ha afectado porque nos hemos comido la crisis de la vivienda en los años en los que teníamos que que salir al mundo. Pero, sinceramente, nos afecta a todos, También hay gente de 50 y de 60 años que vive de alquiler o que tiene que buscar un piso, no es exclusivo de los jóvenes. 

Luego, me estoy encontrando con muchísimas personas que me dicen cosas como que su hijo está intentando alquilar y no puede. Da igual si es de manera directa o indirecta, si nos pilla en un momento de la vida en que lo necesitamos más o en que estamos intentando generar ese proyecto, o en un momento en que la vida ya está más hecha, es que da lo mismo, Todos necesitamos ese suelo

P: ¿Crees que el nivel de ansiedad por ese futuro incierto es parejo a este problema de la vivienda?

R: Tiene que ver con muchísimas cosas, también vivimos en un momento en que el mundo se ha vuelto muy poco sólido. Hay pocos referentes políticos o espirituales. La vida cambia. Creo que todo eso tiene su parte buena y es estimulante, hay más libertad en muchísimos aspectos para que uno pueda tener una vida con la que esté a gusto. También avances como los del feminismo o la aceptación del matrimonio homosexual. Hay muchísimas cosas en las que la vida es mejor y que hay más rango para que un número más amplio de personas puedan estar a gusto, pero eso lleva de la mano mayor liquidez y una pérdida de referentes, que es lo que da un poquito de angustia e incertidumbre.

P: ¿Cómo crees que puede evolucionar este problema tan acuciante para todos que parece no tener un horizonte de solución?

R: Si yo tuviera la solución para el tema de la vivienda, no estaría aquí promocionando un libro, sino que estaría en el Ministerio o en la Comisión Europea. Quizás no se está abordando con la urgencia que necesita o llevamos ya muchos años así y sigue siendo un problema que parece no tener final.  Mi humilde contribución ha sido intentar mostrar cómo eso afecta la intimidad, cómo eso afecta verdaderamente a nuestras vidas, a nuestro sentido del hogar y y a nuestro sentido de pertenecer a un sitio. Pero no tengo la solución, desgraciadamente.

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