Entre A Scanner Darkly y Antes del anochecer, Richard Linklater dirigió dos películas que han permanecido inéditas hasta el momento. Una, Bernie, ha llegado con cuatro años de retraso, Me and Orson Welles, sigue sin tener fecha de estreno. Resulta llamativo teniendo en cuenta el reciente éxito de Boyhood y, sobre todo, que de las dos, Bernie es una espléndida película, no una obra menor en la obra de Linklater sino una película muy personal del director.


A partir de la historia real de Bernie Tiede (interpretado por un excelente Jack Black), Linklater realiza una película que desde la ficción, desde la reconstrucción, juega con el formato documental. Pero no mediante el llamado “falso documental”, sino integrando a la perfección las entrevistas a personas reales, residentes en Carthage, el pueblo tejano en el que sucedieron los acontecimientos narrados, con la recreación con actores. De este modo, las declaraciones de aquellos que conocieron a Bernie y que fueron testigos, directos o indirectos de los sucesos, acompañan a la ficcionalización de éstos mediante un trabajo formal y narrativo que se acerca a lo experimental. En cada película, Linklater, de modo más o menos profuso, juega siempre con la forma, pero nunca deja de lado el componente narrativo. Es su trabajo excelente a este respecto: entregar películas abiertas hacia varios sentidos, disfrutables en distintos niveles. Porque en Bernie, además de esas entrevistas, también introduce otras, como al fiscal protagonizado por Matthew McConaughey, quien aparece casi mediada la película como un habitante más –real- de la comunidad, jugando con lo real y lo ficticio hasta hacer desaparecer la línea que divide ambos aspectos.



Linklater nos introduce en una historia que evidencia su construcción híbrida sin intentar jugar al falso documental. Simplemente nos hace partícipes de unas opiniones que van dando sentido a la reconstrucción, aportando datos. Pero que también sirven para retratar a una comunidad y a sus habitantes. Y a partir de ahí, fluye una narración con varias capas de sentido bajo la aparente sencillez de aquello que está narrando. La historia de un hombre, Bernie, subdirector de una funeraria que se desvive por sus conciudadanos y que acaba convirtiéndose casi en el esclavo de Majorite (Shirley MacLaine), una de las mujeres más odiadas del pueblo y a la que acabará asesinando. En tono de comedia negra, Linklater, sin grandes discursos, pero con suficiente profundidad, nos enfrenta a diferentes dilemas, pretende que recapacitemos sobre los sucesos, sobre los personajes. Su gran virtud reside en que esa posición por parte del espectador venga a partir de la narración, la cual fluye con energía, con un excelente ritmo, mezclando drama y comedia de tal manera que acaban fundiéndose en un tono conjunto.



Con Bernie, aunque sea cuatro años después de su realización, volvemos a encontrarnos con un Linklater que evidencia que es uno de los mejores realizadores norteamericanos del cine contemporáneo, capaz de hacer personal cualquier tipo de proyecto, indagando en el lenguaje cinematográfico y en sus diferentes caminos para seguir experimentado, eso sí, sin olvidar en todo momento que lo que tiene, ante todo, es que narrar una historia. Y en el caso de Bernie, estamos ante una película magnífica.