La Semana Santa parece haberse hecho esperar, pero después de meses en los que el frío y la lluvia han conquistado las calles, por fin llegan esos días de descanso, de espiritualidad y de disfrute con los más allegados. Y es que hoy os traemos un destino que, sin duda, encaja a la perfección para quienes deciden a última hora: Calanda, un pueblo de Teruel donde hay una tradición única en la que el silencio, lejos de reinar, se rompe de la forma más espectacular.

En Calanda hay un instante en el que el tiempo se suspende. Sucede el Viernes Santo, justo al mediodía, cuando el silencio acumulado durante horas en la plaza de España estalla de pronto en un estruendo que lo invade todo. Miles de tambores y bombos golpean al unísono, y el aire, las paredes, los cristales e incluso el suelo parecen latir al mismo ritmo. Un ritual colectivo que ha atravesado siglos y que, lejos de diluirse, sigue creciendo año tras año.

Y es que la gran pregunta es clara: ¿cómo puede una localidad de apenas 4.000 habitantes convertirse en epicentro de una de las celebraciones más sobrecogedoras del mundo? La respuesta está en la memoria y en la repetición fiel de un gesto que une generaciones. Nadie sabe con certeza cuándo empezó todo, pero el eco de esos tambores ha logrado algo poco común: sobrevivir al paso del tiempo sin perder su esencia. Hoy, esa tradición resuena bajo el reconocimiento de la UNESCO, que la ha incluido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

El origen de un estruendo eterno

El corazón de la fiesta late frente a la Casa Buñuel, donde se sitúa el gran bombo. Su piel, marcada con la inscripción “Semana Santa 1973”, atrae miradas y fotografías. No es un detalle menor: aquel año marcó un punto de inflexión en la historia reciente de la celebración. Pero para entender el origen de este ritual hay que retroceder hasta la primavera de 1160. Según la tradición, los habitantes de Calanda celebraban actos religiosos sin saber que una tropa árabe se aproximaba. Fueron los pastores quienes, golpeando sus tambores, lograron alertar al pueblo. Desde entonces, cada Semana Santa se repite ese gesto como recuerdo de aquel aviso salvador.

La historia, sin embargo, no ha sido lineal. En 1550, fray Pedro Merlo, de la Orden de Calatrava, prohibió la celebración al considerarla inapropiada. El silencio se impuso durante casi un siglo, hasta que, según la leyenda, en 1640 un vecino recuperó milagrosamente su pierna amputada. Aquel hecho se interpretó como una señal divina, y los tambores volvieron a sonar. Desde entonces, la tradición no ha dejado de evolucionar, adaptándose a cada época sin perder su identidad.

Uno de los momentos clave en esa evolución llegó con la creación de la Guardia Romana, conocida como los “putuntunes”. A ellos se sumó la labor del historiador Vicente Allanegui, fundador de la Cofradía de La Dolorosa y autor de la célebre Marcha Palillera. Fue él quien dotó al redoble de un significado más profundo, casi teológico, al describirlo como el duelo de la naturaleza ante la muerte de Cristo.

No todo fueron tiempos de calma. Durante años, algunos sectores de la Iglesia consideraron que el ruido de los tambores distraía del recogimiento religioso. A eso se sumaron los años de la Guerra Civil, cuando las procesiones fueron prohibidas. Aun así, el sonido nunca desapareció del todo. Y en 1973, la historia dio un giro simbólico con el regreso del cineasta Luis Buñuel a su pueblo natal. En sus memorias, Mi último suspiro, describió los tambores como un fenómeno “arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo”.

La explosión del Viernes Santo

La Semana Santa en Calanda no es solo el Viernes Santo, aunque ese sea su momento más icónico. Comienza días antes, con actos cargados de solemnidad. La noche del Calvario, por ejemplo, deja una de las imágenes más impactantes: los tamborileros ascienden en silencio al monte, iluminados únicamente por antorchas, en un vía crucis que estremece por su sobriedad.

Pero todo desemboca en el instante clave. La plaza se llena, los instrumentos se alzan, y justo antes de que suene la campana, el silencio se hace absoluto. Es un silencio denso, casi irreal. Y entonces, el primer golpe. El gran bombo marca el inicio y, en segundos, todo estalla. Es la “Rompida de la Hora”, un estallido colectivo que se prolonga durante más de 24 horas sin interrupción.

Durante ese tiempo, el sonido no cesa. Marca el pulso del pueblo, acompaña procesiones y transforma cada rincón en una caja de resonancia. El Sábado Santo llega con la procesión del Santo Entierro, la más contenida. Y el desenlace, en la plaza, culmina con un último estallido antes de que todo vuelva, de golpe, al silencio.

Dos tambores con el rostro de Jesús durante la Tamborrada de Calanda, Teruel, Aragón. EPDos tambores con el rostro de Jesús durante la Tamborrada de Calanda, Teruel, Aragón. EP

Un pueblo para visitar todo el año

Más allá de su Semana Santa, Calanda guarda otros tesoros. El casco histórico invita a perderse sin prisas, entre edificios que reflejan su pasado. La Casa Museo de Luis Buñuel permite adentrarse en la vida del cineasta, mientras que otros espacios muestran la importancia de tradiciones como la del aceite en la zona.

Y si hay un protagonista indiscutible fuera del ámbito religioso, ese es el Melocotón de Calanda. Cultivado en una fértil huerta y protegido de forma artesanal, destaca por su sabor dulce y su calidad excepcional, convirtiéndose en otro símbolo del municipio.

Calanda no es solo un lugar. Es un sonido, una emoción compartida, una tradición que se transmite de generación en generación. Es el eco de un tambor que, cada año, vuelve a romper el silencio para recordar que hay cosas que el tiempo no puede borrar. Y cuando todo se detiene, lo que queda no es vacío, sino la sensación de haber vivido algo irrepetible

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