En pleno corazón de Andalucía, donde los olivares parecen no tener fin y la luz del sur acaricia cada rincón del paisaje, se levanta Baños de la Encina, un pequeño municipio jiennense que esconde uno de los secretos mejor guardados de la península. Pasear por este pueblo es retroceder mil años atrás sin dejar de sentir el pulso vivo de la tradición. Aquí, entre callejuelas empedradas y casas encaladas, se alza el imponente Castillo de Burgalimar, considerado el castillo más antiguo de España y uno de los mejores exponentes de la arquitectura militar islámica de Europa. Pero es que, además de sus vistas arquitectónicas, en este único pueblo no se pierden las tradiciones, el entorno para disfrutar y, por supuesto, su deliciosa gastronomía.             

Un castillo milenario que domina el paisaje

Este castillo, que se recorta sobre el horizonte con un perfil inconfundible, fue levantado en el siglo X por orden del califa cordobés Alhakén II. Desde entonces, sus 14 torres cuadradas y su Torre del Homenaje han contemplado conquistas, batallas, cambios culturales y siglos de historia. Su construcción en tapial, un sistema ancestral que mezcla arcilla, cal y pequeñas piedras, le ha permitido resistir el paso del tiempo con una sorprendente fortaleza. Tras la Reconquista, los cristianos añadieron sus propias modificaciones, lo que hoy nos permite leer en sus muros un auténtico palimpsesto de culturas.

Aunque los lugareños suelen llamarlo simplemente el castillo, su nombre original es Bury Al-Hamman, “torre de los baños”. Su silueta ovalada, semejante a una enorme barca de piedra varada en la colina, es uno de los primeros vestigios que delatan su origen califal. Construido para albergar tropas bereberes, más tarde se convirtió en un punto clave de defensa entre musulmanes y cristianos.

Una reforma realizada en 2007 permitió descubrir bajo sus muros restos romanos e íberos, recordándonos que este cerro fue habitado mucho antes de la llegada de los musulmanes. Así, visitar Burgalimar es recorrer los estratos de la historia de Andalucía concentrados en una sola montaña.

Subir a sus almenas es entender, de un solo vistazo, por qué este lugar fue tan estratégico. Desde lo alto, la vista se abre al valle del Guadalquivir y a Sierra Morena, un mar verde de olivos que se pierde en el horizonte. Son panorámicas que invitan al silencio, al asombro, e incluso a imaginar el trajín de soldados, centinelas y viajeros que, hace siglos, compartían este mismo mirador natural.

Pero Baños de la Encina es mucho más que su castillo. Su nombre refleja parte de su identidad: Baños, por las abundantes aguas subterráneas que históricamente abastecieron a viajeros y pobladores; y de la Encina, por la tradición que cuenta que la Virgen se apareció sobre una encina en la zona. Ese carácter espiritual y natural aún se respira en sus calles.

Qué ver en Baños de la Encina

A pocos minutos del castillo se alza la Iglesia de San Mateo, un templo gótico del siglo XV cuyos muros guardan siglos de fe y arte. Fue mandada construir por Fernando III, y su presencia domina el casco histórico con una elegancia sobria. Su Puerta del Perdón, de estilo manierista, y la Puerta del Sol, con su aire mudéjar, son solo la antesala de lo que espera en su interior.

La iglesia cuenta con una sola nave de proporciones monumentales, y su retablo actual, obra de Francisco de Palma, se creó tras la Guerra Civil debido a la destrucción del original. Uno de sus mayores tesoros es el Sagrario barroco, una joya de la ebanistería andaluza del siglo XVII, elaborado en ébano, marfil, plata y concha de carey: una pieza que demuestra el mimo artesanal que caracterizó al arte sacro de la época.

Si hay un lugar capaz de sorprender incluso a quienes han visto innumerables iglesias, ese es el camarín rococó de la Ermita del Cristo del Llano. Construida a finales del siglo XVII, esta ermita puede parecer sencilla al exterior, pero en su interior guarda una auténtica explosión decorativa difícil de describir sin quedarse corto.

ermita de cristo
La Ermita del Cristo del Llano, un joya única en Baños de la Encina. LAENCINA TURISMO

Dicen que su camarín tiene casi 3.000 motivos ornamentales: ángeles, volutas, hojas, espejos, colores vibrantes y un juego de luces que envuelve la imagen del Cristo de Jesús del Llano, patrón de la localidad. Entrar allí es una experiencia sensorial única que mezcla arte, devoción y asombro, especialmente cuando la luz penetra por el tragaluz, un fenómeno que dio origen a la leyenda del Cristo de la Luz. Según se cuenta, tras ser robada la imagen hace siglos, fue encontrada en un vertedero emitiendo una misteriosa luminosidad. Desde entonces, la devoción popular se mantiene intacta.

Coronando la parte alta del casco urbano encontramos el Molino de Viento del Santo Cristo, de estilo manchego y construido en el siglo XVIII. Su interior alberga la exposición Historias del Viento, que recorre la evolución del trabajo del cereal desde el Neolítico. Es un rincón perfecto para comprender la importancia que tuvo la molienda en estas tierras y para disfrutar de vistas privilegiadas del pueblo.

Un pueblo lleno de tradición y sabor

Baños de la Encina invita a dejar atrás las prisas. Sus calles empedradas, las casas palaciegas y los rincones silenciosos del casco histórico —declarado Conjunto Histórico-Artístico— ofrecen un paseo lleno de autenticidad.

A pocos minutos del casco urbano se encuentra el Embalse del Rumblar, un espacio natural ideal para quienes buscan actividades al aire libre. Senderismo, rutas en bicicleta, avistamiento de aves o paseos en kayak son algunas de las experiencias que pueden disfrutarse en este entorno tranquilo donde el agua y la sierra se abrazan en una postal perfecta.

A todo esto se suma un calendario festivo repleto de tradiciones, como las celebraciones en honor a la Virgen de la Encina, que llenan el pueblo de música, colores y gastronomía popular. Son fiestas que mantienen vivo el espíritu comunitario y que atraen a cada vez más viajeros curiosos por conocer la esencia del lugar.

Aquí, el visitante se encuentra con la esencia del Jaén más profundo: hospitalidad sencilla, tradiciones vivas y una gastronomía marcada por el aceite de oliva virgen extra, auténtico oro líquido de la provincia.

Las propuestas culinarias del pueblo giran en torno a platos contundentes y llenos de sabor: guisos tradicionales, carnes de monte, migas, pimientos asados y, por supuesto, el aceite que impregna cada receta. Sentarse en un restaurante local después de recorrer el castillo es la manera perfecta de completar este viaje al pasado.

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