Hay pocos platos tan demonizados —y a la vez tan amados— como la pizza. Asociada casi automáticamente a “comida basura”, dietas rotas y remordimientos posteriores, su fama nutricional dista mucho de su verdadera complejidad. Pero ¿y si el problema no fuera la pizza en sí, sino cómo, cuánto y con qué la comemos?
Esa es precisamente la idea que defiende Alex Sempere Jover, dietista-nutricionista de Knoweats, que propone mirar este popular plato con menos miedo y más criterio.
Ni ángel ni demonio: contexto, no culpa
“Mi trabajo consiste en analizar la alimentación desde un enfoque realista, no desde el miedo o la prohibición”, explica Sempere. Y pone a la pizza como ejemplo perfecto de cómo un alimento puede estar injustamente estigmatizado.
Según señala, se suele etiquetar como una bomba calórica automática, cuando en la práctica “hay comidas cotidianas que pueden ser incluso más desequilibradas si no se analizan bien”. Es decir, un menú aparentemente “casero” con fritos, salsas pesadas y postres azucarados puede tener un perfil nutricional mucho menos interesante que una pizza bien planteada.
La clave, insiste, no está en clasificar alimentos como “buenos” o “malos”, sino en entender el conjunto de la dieta y la frecuencia de consumo.
Entonces… ¿cómo se convierte una pizza en una opción más saludable?
El enfoque de Sempere es práctico. No busca prohibir la pizza, sino enseñar a mejorarla. “No se trata de decir si es ‘buena o mala’, sino de explicar cómo hacerla más saludable, qué ingredientes priorizar, cómo ajustar las raciones y en qué contexto consumirla para que encaje en una dieta equilibrada”, explica.
"Para hacer una pizza más saludable, conviene priorizar ingredientes sencillos y de calidad: verduras como pimiento, cebolla o champiñones aportan fibra y nutrientes, y es mejor reducir los embutidos y carnes procesadas, que concentran más grasa y sal", explica Sempere, que añade que tampoco es conveniente abusar del queso.
"En este sentido, la pizza margarita es un buen ejemplo. Además de ser la más tradicional, puede ser una opción muy interesante si se elabora con una buena masa, tomate natural para la base y mozzarella de calidad. Pocos ingredientes, bien escogidos, suelen dar mejores resultados que pizzas muy cargadas".
"La pizza, bien planteada, puede formar parte perfectamente de una alimentación saludable. Comer bien no va de prohibir alimentos, sino de romper mitos, entender lo que comemos y aprender a elegir mejor".
Cada cuerpo responde de forma distinta
Otro punto que subraya el nutricionista es que no todo depende solo del alimento. “Gracias a la antropometría, puedo valorar cómo influye la composición corporal de cada persona en la forma en la que un alimento impacta en su peso o su salud”, explica.
Esto significa que dos personas pueden comer la misma pizza y que su efecto no sea idéntico, porque influyen factores como la masa muscular, el nivel de actividad física o el contexto general de su dieta. Por eso, las recomendaciones universales y rígidas suelen quedarse cortas.
Disfrutar sin alarmismos (ni excusas)
Para Sempere, hablar de pizza debería ser una oportunidad educativa, no un motivo de alarma. Defiende “desmontar mitos y dar herramientas prácticas para disfrutarla de forma consciente, sin culpa y con criterio nutricional”.
En otras palabras: ni convertirla en el centro de la alimentación ni desterrarla como si fuera un veneno. Integrarla con sentido común dentro de un patrón dietético equilibrado es, probablemente, la estrategia más sostenible a largo plazo.
Porque sí, se puede comer pizza y cuidar la salud. La diferencia no está en prohibir, sino en aprender a elegir —y a disfrutar— mejor.