Esta semana nos llegaba la noticia de la India. No había sido aprobada la ley que proponía una mayor representación femenina en el Parlamento, de modo que las pretensiones de las mujeres de ese país quedaban una vez más en compás de espera. Leía en algunos lugares que se trataba de una estrategia, que nunca había habido voluntad de que esa propuesta saliera adelante y que era poco menos que un brindis al sol. Y, francamente, ni lo sé ni me importa. Me quedo con la idea de que las mujeres hemos perdido. Una vez más.
Cuando vemos lo que ocurre en otros países, hay quien dice que en España deberíamos estar contentas, que nuestra situación es óptima al lado de lo que ocurre en otros países. Y, aunque de algún modo me duela reconocerlo, no les falta razón. Por supuesto, no tiene ni punto de comparación nuestra situación jurídica y social que la de nuestras congéneres de lugares como Afganistán, donde ni siquiera pueden cantar, hablar en voz alta o ser vistas sin no es dentro de una cárcel de tela y en compañía de un varón.
Pero, bien pensado, no podemos estar contentas. Podemos, eso sí, estar más tranquilas que nuestras compañeras de otros lugares, pero contentas, no. No deberíamos estar contentas mientras las mujeres tengan que pelear por cada centímetro que al hombre le viene dado. Y, además, el hecho de que nuestra situación sea mejor nos debería mover a hacer algo por quienes no los están, y no mirar hacia otro lado.
Y es que lo de la India era solo un ejemplo, una excusa para hablar de un tema que solo parece interesar el 8 de marzo, como si la igualdad fuera un eslogan de un solo día.
Porque en nuestro país, donde la igualdad formal, la que se reconoce en las leyes, es casi total, la igualdad real aún tiene deberes por hacer. Y el techo de cristal es uno de ellos. Por más que las mujeres hemos conseguido accede al mundo laboral en plano de igualdad, vamos perdiendo fuelle en cuanto se cumplen años o toca ascender posiciones. Las mujeres seguimos infrarrepresentadas en las cúpulas de carreras como la judicial o la fiscal, en las juntas directivas de las grandes empresas y en muchos de los puestos de poder. Y por eso nunca podemos bajar la guardia.
Así que no creamos que estas cosas ya no nos atañen. Sobre todo, en unos tiempos en que hay quien dice añorar un régimen que nunca conoció, un régimen que confinaba las mujeres a ámbito doméstico y las consideraba sujetos de segunda clase.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)