Ya ha llovido, pero recuerdo muy bien aquella tarde-noche del 28 de octubre de 1982 en la Ciudad Universitaria de Madrid. Yo estaba empezando mi carrera universitaria de Filología. El ambiente estudiantil estaba muy revuelto, y todo el mundo hablaba de Felipe González y del cambio que se vislumbraba en la política española. Yo apenas tenía entonces ideas políticas claras; provenía de una familia de ideas conservadoras, de dos abuelos muy conservadores, aunque mi familia nunca fue fanática en ningún sentido, ni clasista, ni racista, y siempre, sin apenas necesidad de palabras, respiramos mis hermanos y yo un ambiente de respeto hacia el otro, fuera quien fuera el otro; lo cual les agradezco enormemente a mis padres.

Esa tarde se celebraba en la gran explanada de la Universidad Complutense un mitin-fiesta que era el colofón de la campaña que llevó al primer gran triunfo electoral a Felipe González Márquez. Era la víspera de la jornada de reflexión. Acudieron casi medio millón de personas.

Recuerdo que era imposible moverse, porque no cabía ni un alfiler. Y el clamor de todos los presentes resonaba por todo Madrid. González hipermotivaba a los asistentes, muchos de ellos estudiantes, al grito de “cambio”, “contra el miedo, la esperanza”, o “España antes era de ellos, ahora es nuestra, de todos”.

Antes de marcharme escuché a González, en medio de un ambiente sobrecogedor, articular una implacable defensa de la paz, contra la guerra, contra la entrada de España en la OTAN. ¡OTAN no! Ésa fue la idea que me convenció a la hora de escoger mi primera papeleta. Acababa de cumplir 18 años, y era mi primera votación. Fue mi primera votación y también la última a favor de González. Al poco tiempo de ganar las Elecciones, el PSOE de González dio un giro radical desde ese presunto anti belicismo, y en 1986 convencía a los ciudadanos de votar Sí en el referéndum que se hizo por la permanencia de España en la organización atlántica. La pirueta fue impresionante, y el partido de González pasó de decir una cosa en la oposición a decir otra cuando se alzó con el poder.

No le volví a votar. Volví a votar al PSOE cuando el candidato a presidente era Rodríguez Zapatero, un hombre honesto, leal y fiel a sus promesas y a sus principios.

Con el tiempo fui dándome cuenta de que la mentira, las falsas promesas y la hipocresía suelen ser moneda de cambio frecuente en el universo de la política. Muy especialmente, hay que dejarlo muy claro, en los ámbitos de las derechas; porque, como dejó dicho el periodista Emilio Romero, nada sospechoso de progresía, “la derecha gobierna para doscientas familias y eso no da para votos suficientes, por eso, para ganar unas elecciones, la derecha tiene que mentir”. De la ultraderecha mejor no hablar.

De todos es sabido su rechazo al presidente Sánchez. Rechazo cuyos motivos creo entender muy bien. Es perfectamente aceptable y comprensible, dadas las diferencias entre dos visiones bastante diferentes del mundo. Sin embargo, no es ni aceptable ni comprensible que se manifieste en contra de su propio partido y de su actual presidente, incitando a los españoles progresistas a no votar al PSOE. Y más en las actuales circunstancias históricas en las que no votar a los partidos de corte progresista nos va a llevar a todos al precipicio del totalitarismo y de la extrema derecha. Y recordemos que la extrema derecha es la puerta del fascismo, y el fascismo no es una alternativa política, sino un sistema de opresión.

El pasado día 10 se pronunció otra vez contra su propio partido, y afirmó que va a votar en blanco en las próximas generales; y manifestó que es preferible pactar con Vox que con Bildu. Inaudito que siga afiliado a un partido al que no va a votar. Inaudito que, mientras necesitamos la unión de las izquierdas para frenar el auge de los fascismos, ejerza de elemento tan oscuro y tan disonante. Inaudito que un ex presidente supuestamente progresista tenga un discurso tan reaccionario. Justifica su postura y su ataque al PSOE y a Sánchez por los últimos resultados electorales. García-Page, el miércoles pasado arremetía también, en un programa televisivo, que lleva años blanqueando el fascismo, contra Sánchez y su gobierno. Me pregunto qué resultados electorales esperan con un acoso y derribo permanente por las dos extremas derechas y, lo cual es lo peor, por un sector, que parece afín a ellas, del propio partido; sector que cualquiera diría que también es de extremas derechas, y si no lo es, lo parece.

Me consta que medio país está indignado por esos ataques a Sánchez, que son también faltas enormes de respeto a los españoles progresistas. A no ser que el Sr. González, y los del PSOE que le siguen la cuerda, se encuentren actualmente trabajando a favor de las derechas más anti democráticas que hemos tenido desde la transición, o se hayan situado ideológicamente en coordenadas muy lejanas a lo que es el sentido de la democracia y del respeto al bien común; o que, en realidad, de progresistas tengan muy poco.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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