Escribió el poeta nicaragüense Rubén Darío un magnífico poema llamado Letanía de nuestro señor Don Quijote. En él decía: “de rudos malsines,/ falsos paladines,/ y espíritus finos y blandos y ruines,/ del hampa que sacia/ su canalloracia/ con burlar la gloria, la vida, el honor,/ del puñal con gracia,/ ¡líbranos, señor!”. Es este uno de los poemas emblemáticos del poeta centroamericano, que encierra muchas de las calamidades y dolores personales que tuvo que sobrellevar uno de los genios de la poesía hispanoamericana. Si él se vio expuesto a la mofa y la caricatura de algunos de sus contemporáneos, no se podría imaginar lo que en los tiempos actuales, lleno de ociosos dedicados, profesionalmente, a las RRSS, podía haber vivido. Vivimos tiempos de “canallocracia”, por utilizar el genial neologismo poético de Darío. Son tiempos estos de memes, de “memecracia”, de “memócratas”, de gente con ingenio que utilizan su “puñal con gracia” para clavarlo, no siempre indiscriminadamente, contra quien se ponga bajo su lupa o su disparadero.

Nada tengo, créanme, contra el ingenio y el sentido del humor, signo de inteligencia, absolutamente necesario para subsistir en un mundo muy serio y cada vez más peligroso, pero no se me escapa que no todos son juzgados por el mismo rasero. Hay ahora, en tiempos de verdades emotivas, de posverdad, una tendencia peligrosa a igualar a perfectos analfabetos con personas que han hecho de su trabajo, de su esfuerzo y de su carrera un compromiso de vida. Igualar, en un desliz o un error anecdótico, al tonto del pueblo con alguien que lleva toda su vida trabajando seria y rigurosamente, banaliza y trivializa nuestra propia sociedad.

El semiólogo y escritor Umberto Eco, advertía sobre esto en una conferencia que pronunció en La Stampa en junio de 2015, cuando aseveraba: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Hay mucho ingenio y talento también en la creación de contenidos digitales, una nueva forma de invención y creación, además de sátira y crítica interesante, que yo no rehúyo ni dejo de valorar pero, lo cierto, es que coincido bastante con Eco. Frente a la creación y las nuevas tecnologías como forma de contrapoder, hay una utilización de las mismas como arma de desprestigio, de ataque personal y de descrédito contra profesionales serios e independientes que no debe escapar a nuestro escrutinio.

Hace una semana, la periodista Beatriz Pérez Aranda, que lleva cuarenta años como periodista acreditada, seria, en un medio público como es RTVE, en directo, que lleva con profesionalidad la continuidad y la tensión de un noticiero, a veces desde las cinco y media o seis de la mañana hasta las dos o tres de la tarde, después de entrevistar a expertos, cónsules, periodistas, sobre la campaña electoral francesa, se relajó dando la noticia del chupinazo de los San Fermines y, por metátesis, en vez de decir “chupinazo”, dijo “chuminazo”. En seguida, toda la tribuna de la plebe mediática se tiró encima, se hizo eco, multiplicó la anécdota, convirtiendo en chanza algo que, siendo divertido, no dejaba de ser un chascarrillo insignificante en la trayectoria de una profesional como ella. Me sorprende la trascendencia que algunos medios y supuestos profesionales quisieron darles, en el decurso de un directo informativo de horas y una carrera profesional impecable.

No me malinterpreten. Conozco a la periodista y escritora Pérez Aranda lo suficiente como para saber que, dado el sentido del humor que tiene y el grado de exigencia, es la primera en exigirse más, pero en entenderlo con inteligencia emocional. Sin embargo, me resulta curioso que a otros compañeros, especialmente masculinos, no se les afee las incorreciones, lapsus, o patadas a la gramática, la sintaxis y el léxico castellano. No me parece casualidad que este tipo de “cachondeitos” mediáticos se orquesten, casi siempre, con figuras de mujeres en su centro. El machismo sigue siendo una cuestión cultural latente, incluso entre algunos que dicen no serlo, y no es lo mismo un desliz producido por un hombre que por una mujer, aunque esta lleve 39 años en su profesión.

A excepción del Gran Wyoming, que tiene sección en su espacio para que le afeen sus meteduras de pata, no veo que nadie, por ejemplo, diga nada de los laísmo y leísmos que suelta a cascoporro cada vez que abre la boca el sumo pontífice del periodismo español Antonio García Ferreras-y no es el único-, verdaderas monstruosidades lingüísticas, por no hablar de otras cuestiones éticas profesionales, como ciertos audios filtrados de sus conversaciones con Villarejo. En este país sigue habiendo distintas varas de medir, dependiendo de a quien se mire que, mediáticamente, también es una forma de juzgar, y se sigue sin juzgar igual a un hombre que a una mujer en las mismas profesiones y contextos.

Da igual las cuatro décadas de profesión de una periodista, sus magníficos reportajes, entrevistas, o que hace unas semanas diera en directo la noticia de la muerte de su tío más querido, el actor Ángel Aranda, sin que se le cayera una lágrima, o los años y horas de dedicación seria y amor por su profesión mientras a otros, no se les pone en la picota mediática por incorreciones verbales más graves y cotidianas, por no hablar de intrahistorias éticas incapacitantes. Las mujeres periodistas no tienen vida privada, no tienen sentimientos, no pueden manifestar sus emociones, y tienen que aguantar todas las bromitas que se tercien… ¿no? Porque si no, sus paternales compañeros de profesión, están legitimados para ejercer con las displicencia acostumbrada.

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Afortunadamente para Pérez Aranda, está rodeada de muchas mujeres profesionales, periodistas como ella, como su directora, Cristina Ónega, que saben lo que es estar siempre a examen, por muchos años que lleven en su profesión. Cuidado con esos tribunos “falsos paladines,/ y espíritus finos y blandos y ruines,/ del hampa que sacia/ su canalloracia/ con burlar la gloria, la vida, el honor” porque nunca se sabe donde pueden clavar sus ojos afilados y su cuchillo.

Si lo peor que pueden decir la periodista Beatriz Pérez Aranda es que cambió “el chupinazo de San Fermín”, por el “chuminazo”, como ha dicho su colega la periodista y escritora Yolanda Villaluenga, “ha feminizado el término y el concepto”, así que es un hallazgo lingüístico en sí al que yo me apunto. A lo mejor es que a algunos les molesta que una mujer lleve tantos años demostrando su compromiso y su profesionalidad. En cualquier caso, del puñal con gracia,/ ¡líbranos, señor!” y de los que lo empuñan, que luego no tienen tan buen encaje para aceptar las críticas.

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