Este inicio del año judicial, la ceremonia de apertura no ha sido como siempre. Y no me refiero a la crispación existente por la mezcla, cada vez más insoportable, entre justicia y política, ni tampoco por las críticas y la defensa a ultranza de la independencia judicial. Me refiero a otra circunstancia que, a mi juicio, ha pasado mucho más desapercibida de lo que debiera. Este año, por primera vez en nuestra historia, dos mujeres presidían el acto como máxima representación de las cúpulas de la carrera judicial y fiscal. Una foto que esperábamos desde hace mucho tiempo, y que nunca acababa de llegar.

Isabel Perelló, como presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, y Teresa Peramato, Fiscal General del Estado a la vez que presidenta del Consejo Fiscal, cambiaban la imagen tantas veces repetida de solo hombres en unas carreras que, paradójicamente, cada vez son más de mujeres. Y es que, mientras ya es absolutamente normal -y habitual, que no es lo mismo- encontrarnos en salas de vistas en que jueza y fiscal sean mujeres, o con comisiones judiciales con féminas en los roles de jueza, fiscal, letrada de la administración de justicia y forense, lo que ocurría en los puestos más relevantes no era lo mismo. Y eso era, precisamente, lo que se reflejaba cada año en el acto de apertura del año judicial.

Y es que, aunque ahora parezca lo normal, no lo hemos tenido fácil. En nuestro país las mujeres no tuvimos la oportunidad legal de pertenecer a la carrera judicial o fiscal -igual que ocurría con otras, como las Fuerzas Armadas o la Policía- hasta diciembre de 1966, y no se materializa hasta mediaos de los años 70 del pasado siglo, en que las primeras fiscales y juezas tomaron posesión y pasaron a formar parte de la historia. Aun tuvimos que esperar hasta 2015 para que una mujer, Consuelo Madrigal, ostentara la jefatura de la carrera fiscal, un puesto que luego han ocupado dos mujeres más, Dolores Delgado en 2020 y Teresa Peramato, la actual titular del puesto, en diciembre de 2025. Y la espera fue aún más larga en el caso de la magistratura, puesto que Isabel Perelló, la actual cabeza de la carrera, tomó posesión como primera mujer en dicho puesto en 2024. Pero no ha sido hasta ahora, dos años más tarde, cuando ha llegado el momento de que coincidan en el puesto dos mujeres. Como venían coincidiendo, indefectiblemente, dos hombres a lo largo de los siglos.

A este respecto, cabe hacer hincapié en una cuestión. Mientras a las mujeres siempre se nos ha discutido cualquier medida que fomente la igualdad, como el caso de las cuotas, a los hombres jamás se les discutió algo que traían desde siempre de serie: una cuota del 100 por 100 con la que ha costado años acabar.

No obstante, todavía no echemos las campanas al vuelo. Ya tenemos, por fin, la foto con la que tanto habíamos soñado, pero aún queda camino por recorrer. Aunque en los últimos tiempos la cifra de mujeres en el Tribunal Supremo ha pasado de 10 a 23, y que el número de presidentas de Tribunales Superiores de Justicia ha pasado de 2 -1 sola durante bastante tiempo- a 4, la desproporción es todavía más que evidente. En la Fiscalía, la evolución ha sido un poco mayor, pero todavía el número de fiscales de sala -máxima categoría en la carrera fiscal- es de un 38 por ciento. Esto es especialmente llamativo si tenemos en cuenta que las últimas promociones de ambas carreras son de composición mayoritariamente femenina, llegando incluso a un 70 por ciento. Y es que ya hace tiempo que ganamos por goleada, aunque no se refleje en las cúpulas.

Así que la foto está muy bien, pero aún queda camino. Un camino en el que la perspectiva de género debe ser una herramienta fundamental, una herramienta que no se aplica necesariamente por ser mujer ni se deja de aplicar por ser hombre. Pero eso da para otro texto, que seguro llega pronto. Prometido.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)

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