La política no siempre hace ruido. No siempre se expresa a través de declaraciones altisonantes ni de montajes en redes sociales. A veces, la política funciona en silencio. Y cuando lo hace, los resultados acaban imponiéndose. Eso es exactamente lo que ha ocurrido de nuevo con José Luis Rodríguez Zapatero.
Mientras el Partido Popular y sus organizaciones juveniles se dedicaban a insultarlo, caricaturizarlo y desacreditarlo, el expresidente socialista trabajaba con discreción y responsabilidad. Y ese trabajo, una vez más, ha dado frutos muy concretos: la liberación de presos políticos en Venezuela, entre ellos ciudadanos españoles.
Venezuela ha anunciado la liberación de un número significativo de personas encarceladas por motivos políticos, tanto ciudadanos venezolanos como extranjeros. Un paso de enorme importancia humana y política que no se explica sin la mediación internacional desarrollada durante años. Y en ese proceso hay un nombre que vuelve a aparecer con claridad: José Luis Rodríguez Zapatero.
El presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Jorge Rodríguez, agradeció públicamente la labor de quienes han contribuido a este avance. Entre ellos, citó expresamente al expresidente del Gobierno de España, al presidente de Brasil, Lula da Silva, y a las autoridades de Catar. No se trata de una mención menor: es el reconocimiento explícito a un trabajo sostenido, discreto y complejo.
Durante su intervención, Jorge Rodríguez destacó a quienes han estado “defendiendo el derecho a la vida plena, a la autodeterminación y a la paz”, y subrayó que Zapatero lleva más de una década poniendo todas sus capacidades al servicio del entendimiento y la convivencia en Venezuela.
La relevancia de esta operación no es solo simbólica o diplomática. Es profundamente real. El Ministerio de Asuntos Exteriores confirmó que al menos cinco ciudadanos españoles han sido liberados en esta operación. Personas que llevaban tiempo privadas de libertad han podido reencontrarse con sus familias y preparan su regreso a España con el acompañamiento de la Embajada.
El propio ministro José Manuel Albares trasladó públicamente la satisfacción del Gobierno y la alegría compartida con los liberados y sus allegados. No hablamos de declaraciones retóricas ni de gestos propagandísticos. Hablamos de personas concretas que recuperan su libertad. Nada de esto ocurre por casualidad. Tampoco es fruto de la improvisación.
Zapatero empezó a implicarse en la mediación venezolana en 2015, cuando fue invitado por la oposición a facilitar el diálogo con el chavismo. Lo hizo consciente del desgaste personal y político que suponía. Llegaba además con una experiencia clave a sus espaldas: haber participado en uno de los procesos de pacificación más complejos de la historia reciente de España.
Desde entonces, su principal empeño ha sido siempre el mismo: la liberación de presos políticos y evitar que Venezuela derivase hacia un aislamiento total que agravase el conflicto interno. Según su entorno, Zapatero ha pasado incontables horas negociando al más alto nivel, reuniéndose con dirigentes y manteniendo contacto permanente con las familias de los encarcelados.
Muchas de esas familias —de distintos perfiles ideológicos— saben que pueden contar con él. Le escriben, le llaman, le trasladan su angustia. Y él, lejos del foco mediático, ha seguido trabajando.
La derecha española ha sido especialmente beligerante con el papel de Zapatero en Venezuela. Le ha acusado de simpatizar con el régimen, de blanquear al chavismo y de actuar por intereses ideológicos. Una crítica constante, feroz y, en muchos casos, profundamente injusta.
Zapatero siempre ha asumido ese coste. Ha entendido que para poder mediar debe ser percibido como un actor capaz de hablar con todas las partes. Su obsesión ha sido evitar escenarios de ruptura total que pudieran desembocar en un conflicto civil o en un enquistamiento irreversible. Ese trabajo no da titulares diarios. Pero salva vidas.
Frente a esta realidad, la reacción del Partido Popular ha sido reveladora. En lugar de reconocer el valor de una mediación que ha contribuido a liberar presos, ha optado por redoblar el ataque personal. Una vez más, sin propuestas alternativas y sin una estrategia coherente de política exterior.
Especialmente bochornosa ha sido la actuación de Nuevas Generaciones, que difundieron un montaje ofensivo de Zapatero en redes sociales. Una imagen impropia, carente de respeto institucional y que evidencia hasta qué punto el PP ha sustituido el debate político por la burla. Ese es el nivel. Mientras unos trabajan para liberar personas de prisión, otros se limitan a fabricar provocaciones digitales.
Lo ocurrido estos días vuelve a dejar claro que existen dos formas muy distintas de entender la política. Una, basada en el trabajo discreto, la diplomacia y los resultados. Otra, basada en el ruido, el insulto y la confrontación permanente.
Zapatero representa la primera. El PP, lamentablemente, se ha instalado en la segunda. Y cada vez que se produce un avance real, el contraste se hace más evidente. Mientras uno suma hechos y reconocimientos internacionales, los otros acumulan declaraciones vacías y polémicas estériles. No es solo una cuestión de estilos. Es una cuestión de utilidad. ¿Para qué sirve la política? ¿Para resolver problemas reales o para generar titulares fugaces?
A la derecha española le molesta especialmente que el trabajo de Zapatero sea reconocido fuera de España. Que líderes internacionales y actores relevantes valoren su papel desmonta el relato que el PP lleva años intentando imponer.
Zapatero es escuchado porque tiene experiencia, capacidad de trabajo y voluntad de acuerdo. Porque no impone, persuade. Porque entiende que en política internacional los avances son lentos, pero acumulativos. Y porque esa política, aunque no luzca en redes sociales, cambia vidas.
Zapatero siempre ha demostrado un sentido profundo del Estado. En 2007, cuando Hugo Chávez insultó a José María Aznar, fue el primero en salir a defenderlo, sin matices y sin cálculos partidistas. Algo que hoy resulta impensable en el actual liderazgo del PP. Ahí está la diferencia entre un dirigente con altura institucional y quienes han convertido la política en un ejercicio permanente de confrontación.
Mientras el PP insultaba, Zapatero trabajaba. Mientras unos hacían ruido, otros liberaban presos. Mientras la derecha se instalaba en la provocación, la diplomacia silenciosa daba resultados.
No se conoce que los patriotas del PP o Vox hayan hecho nada por contribuir a excarcelar a estos españoles. Más bien su ruido y su rabia han contribuido a todo lo contrario. Zapatero vuelve a estar a la altura. Y el PP, una vez más, queda retratado. Porque al final, la política no va de gritar más fuerte, sino de hacer que las cosas pasen. Y esta vez, han vuelto a pasar.