La “genial ocurrencia” de Alberto Núñez Feijóo de adelantar elecciones autonómicas en Extremadura y Aragón antes que en Castilla y León no solo ha salido mal, sino que amenaza con volverse en su contra. Lejos de reforzar su liderazgo, la maniobra ha dejado al PP atrapado en un callejón político sin salida clara, evidenciando su debilidad frente a Vox y abriendo la puerta a un escenario de bloqueo institucional.
A medida que pasan los días sin avances, la situación se deteriora: todo apunta a que, una vez más, el PP se queda sin opciones de gobierno y deberá afrontar una repetición electoral que podía haberse evitado. De lo contrario, tendría que gobernar bajo los criterios y la supervisión de Vox. La estrategia de Feijóo, diseñada para allanar su camino hacia el Palacio de la Moncloa, se ha demostrado estéril: difícilmente habrá acuerdo con Vox y el líder del PP sigue sin asumir el alcance del error cometido.
Feijóo desautorizó primero a María Guardiola en Extremadura asegurando que él llevaría personalmente las negociaciones. Cuando no funcionó, cambió de táctica: ahora dice que serán los propios candidatos quienes negocien. Este giro constante no se interpreta como flexibilidad, sino como una muestra de improvisación y falta de control. Pero la realidad es clara: Vox no quiere ceder y las elecciones repetidas se asoman como la consecuencia más probable.
El PP fue el partido más votado, sí, pero para gobernar necesita a Vox, y Vox no quiere apoyarles. Ni las concesiones, ni los cambios de discurso, ni los acercamientos estratégicos de Feijóo han servido. El problema ya no es la falta de acuerdos, sino la ruptura de confianza entre ambos partidos. La ultraderecha ha decidido que el poder autonómico no es su prioridad; su único objetivo es consolidarse de cara a las elecciones generales.
Los votantes de Vox apoyan a su partido en bloque y no aceptan acuerdos con el PP. Incluso políticas básicas, como ayudas al campo tras las borrascas en Extremadura y Andalucía o la subida de las pensiones, han sido votadas en contra por el partido y sus bases lo respaldan sin dudar. Este alineamiento férreo refuerza a la dirección de Vox y estrecha aún más cualquier margen de negociación.
Santiago Abascal tiene tres razones claras para mantener a Vox al margen de los gobiernos autonómicos. Primero, cualquier cargo institucional que no controle personalmente representa para él un posible rival futuro. En un partido sacudido por tensiones internas, el control absoluto se ha convertido en una prioridad. Mejor tener diputados de bajo perfil en la oposición y mantener el poder concentrado en la cúpula del partido. Segundo, los votantes de Vox no quieren acuerdos con el PP. Para ellos, incluso Isabel Díaz Ayuso resulta demasiado moderada. Y tercero, la política autonómica les importa poco. Para Abascal, las comunidades son “regiones” de tercera categoría; su objetivo real son las elecciones nacionales, donde pueda medirse directamente con Feijóo.
El hecho de que Vox no haya cumplido sus expectativas en Castilla y León añade presión a la dirección del partido. Abascal esperaba alcanzar el 20% del voto y no lo logró, pese a su máxima implicación en la campaña. Este resultado ha intensificado las dudas internas y ha acelerado los movimientos dentro del partido. Las encuestas recientes, como la del CIS, muestran además una caída en la intención de voto, algo que inquieta seriamente al líder de la ultraderecha.
Por otro lado, Vox se encuentra en este momento sumido en una crisis sin precedentes. Abascal ha decidido apartar a todo aquel que pueda hacerle sombra. Las luchas internas han dejado de ser discretas y se han convertido en un espectáculo público que erosiona la imagen del partido. Las tensiones internas siguen creciendo, y cuando la gente dentro de un partido se despedaza en público, el desenlace casi siempre es inevitable.
Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith critican abiertamente a la dirección de Abascal y exigen más democracia interna. Se cuestionan las cuentas económicas del partido y el uso del dinero. Y las críticas han ido a más, tanto por parte del expresidente de Vox en Murcia, Antelo, como del exlíder en Castilla y León, García-Gallardo.
La sensación de fractura interna es cada vez más evidente y amenaza con pasarles factura electoral. Y todos ellos, desde Olona hasta Ortega Smith, hablan del problema que tiene Abascal con el ansia de dinero y poder, y de cómo ha quedado reducido a un dirigente condicionado por intereses que le superan.
Todo esto está debilitando al partido y aumenta la presión sobre la estrategia de Abascal, que se mantiene firme: repetir elecciones puede fortalecer su posición antes de las generales.
La estrategia de Abascal es clara: endurecer la negociación, provocar la repetición de las elecciones autonómicas y presentarse como el referente absoluto de la derecha en España. El conflicto con el PP no es un accidente, sino una estrategia elaborada para crecer a su costa.
Sabe que es su única carta. Porque, si los resultados en las generales no son los esperados, la ultraderecha podría incluso terminar en una fuerte caída electoral. Por eso, Abascal seguirá bloqueando al PP en las comunidades autónomas.
Volviendo a Feijóo, su fracaso no es casual. Ha mostrado una constante desconexión con la realidad política y con las dinámicas de su aliado necesario. No ha entendido que Vox compite con él por el mismo espacio y que no tiene incentivos para facilitarle el poder. Cada concesión, cada intento de acercamiento, ha sido ignorado por la ultraderecha, y ahora el PP se enfrenta a la posibilidad de unas elecciones repetidas que él mismo ha contribuido a provocar.
La sociedad está observando este caos con preocupación. Las elecciones repetidas no son solo un fracaso político, sino un desgaste para la democracia. Los ciudadanos pierden tiempo, recursos y confianza en los partidos que deberían liderar con responsabilidad. La sensación de bloqueo permanente empieza a calar en la opinión pública. Vox y Feijóo, cada uno por sus motivos, están jugando con algo que va más allá de sus intereses inmediatos: la estabilidad del país.
El desenlace parece cada vez más cercano: las elecciones pueden repetirse en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Feijóo quedará expuesto ante su electorado y sus rivales internos, mientras Vox se consolida como fuerza de oposición y refuerza su posición de cara a las generales. Al mismo tiempo, la izquierda tendrá una oportunidad para afianzar su influencia y seguir marcando el rumbo del país.
La pregunta que surge de manera inevitable es esta: si Feijóo y Abascal no son capaces de anteponer los intereses de los ciudadanos en las comunidades autónomas, ¿cómo podrían garantizarlo al frente del Gobierno de España?