El caso del sargento español, casco azul en el Líbano, retenido de forma ilegal durante más de una hora y tratado de forma violenta por el ejército israelí, según su propio testimonio, debería haber provocado una respuesta firme, unánime y sin matices de todos los partidos políticos de España. Hablamos de un militar español en misión internacional. Sin embargo, el Partido Popular ha optado por la burla. Su portavoz, Ester Muñoz, lo despachó diciendo que ella había estado retenida más tiempo en un control de la Guardia Civil. Cabe preguntarse —y no es una cuestión menor— qué debió hacer o en qué circunstancias se encontraba para que la guardia civil la retuviera más de una hora en un simple control de carretera.
Lo que sí queda claro es el fondo del asunto: cuando toca defender a España, algunos prefieren hacer oposición. Y no una oposición responsable, sino una estrategia deliberada de desgaste, aunque el precio sea debilitar la posición de nuestro país.
Mientras el Gobierno de España, con Pedro Sánchez al frente, defiende el fin de la guerra, el respeto al derecho internacional y la retirada de Israel de Líbano, Gaza y Cisjordania —una posición respaldada por buena parte de la comunidad internacional y, según las encuestas, por la mayoría de la ciudadanía española—, el PP y VOX se sitúan en el lado contrario. El PP, en una tibieza calculada; VOX, directamente alineado con la guerra y con los intereses de Estados Unidos.
Y hay otro contraste que resulta aún más revelador. Fuera de nuestras fronteras, Pedro Sánchez es reconocido —no solo por la izquierda, también por amplios sectores conservadores europeos— como un dirigente que defiende con valentía la legalidad internacional, el papel de Europa y una salida política a los conflictos. Dentro, en cambio, la derecha española prefiere alinearse con potencias extranjeras como Estados Unidos o Israel, incluso cuando sus decisiones perjudican directamente a nuestros intereses.
Porque las guerras no son abstractas. Tienen consecuencias concretas. Además del más grave, que es la pérdida de vidas humanas, esta guerra conlleva el encarecimiento de los combustibles, derivado de la inestabilidad internacional, que acaba trasladándose a los precios de productos básicos como los alimentos. Lo pagan las familias, los trabajadores, las empresas. Lo paga España.
Pero lo más grave no es la discrepancia política. Lo verdaderamente preocupante es la actitud de fondo. Quienes se envuelven en la bandera y se proclaman patriotas actúan, en la práctica, como auténticos saboteadores. Su lógica es simple: si perjudicar a España les acerca al Gobierno, la perjudican sin titubear.
Lo vemos en Europa, donde han puesto obstáculos a iniciativas beneficiosas para nuestro país. Lo vemos en España, donde han combatido sistemáticamente medidas que mejoran la vida de la mayoría: la subida del salario mínimo, la revalorización de las pensiones, las ayudas frente a las crisis provocadas por la pandemia o la guerra.
Saben que cada avance de España es un paso atrás para sus intereses electorales. Practican el “cuanto peor, mejor”, aunque ese “peor” suponga dañar la imagen internacional del país, cuestionar a nuestras instituciones o, como en este caso, trivializar un incidente grave que afecta a un militar español.
La única patria que conoce la derecha española es el dinero y el poder. La bandera sólo les sirve para envolverse en ella en los mítines y para que adornen sus pulseritas y los cuellos de los polos en el club ecuestre.
Manel de la Vega. Senador del PSC