Alberto Núñez Feijóo vuelve a equivocarse en su estrategia política. El adelanto de elecciones autonómicas, lejos de reforzar su liderazgo y proyectar una alternativa sólida de gobierno, ha tenido el efecto contrario: ha debilitado al Partido Popular, ha impulsado a Vox y ha reducido sus propias opciones de llegar a La Moncloa.

Extremadura y Aragón no han sido el trampolín hacia el poder que Feijóo imaginaba. Han sido un aviso muy serio. En Extremadura el PP no logró crecer y en Aragón perdió dos diputados. Dos elecciones adelantadas, dos resultados decepcionantes. Y una conclusión clara: cada movimiento táctico del líder popular acaba beneficiando a la ultraderecha y erosionando a su propio partido.

La obsesión de Feijóo por adelantar elecciones autonómicas tenía un objetivo claro: provocar una supuesta ola política que empujara al PP en unas futuras generales. Pero la realidad electoral española nunca ha funcionado así. Los ciudadanos no suelen concentrar todo el poder en un solo partido, y menos aún cuando ese partido ya gobierna buena parte de las comunidades autónomas. El llamado “efecto llamada” que el líder del PP esperaba se ha transformado en un efecto boomerang que refuerza a Vox y deja al PP en una posición más frágil.

Mientras el PP se estanca o retrocede, Vox continúa creciendo. Y no es casualidad. El partido de Abascal lleva años recibiendo regalos constantes por parte de los populares: la copia de su discurso, el blanqueamiento de su agenda, la normalización de sus planteamientos y su entrada en gobiernos autonómicos y municipales. Feijóo cree que no pasa nada, que llegado el momento Vox le dará sus votos y él alcanzará la presidencia. Se equivoca otra vez.

Santiago Abascal no quiere ser el socio subordinado de Feijóo. Su objetivo no es apuntalar al PP, sino sustituirlo como fuerza hegemónica de la derecha. Para ello necesita debilitarlo, no fortalecerlo. Cada pacto, cada negociación y cada exigencia de Vox en los gobiernos autonómicos es una operación calculada para desgastar a los populares. Abascal sabe que cuanto más humille al PP, más crecerá él y más evidente será quién manda realmente.

Ese escenario no se limitaría a las comunidades autónomas. Sería exactamente el mismo a escala nacional si los números permitieran un gobierno conjunto. Vox imponiendo condiciones, fijando prioridades políticas y obligando al PP a asumir postulados ultraderechistas que niegan el cambio climático, cuestionan la violencia machista y recortan derechos y libertades conquistados durante décadas. Un modelo de país basado en el miedo, la regresión y el enfrentamiento permanente.

No hablamos de hipótesis abstractas. Es lo que está ocurriendo allí donde Vox gobierna o condiciona gobiernos. Censura cultural, ataques a las políticas de igualdad, retrocesos en los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, exaltación del franquismo y una concepción autoritaria del Estado que desprecia los consensos básicos de la democracia. Este es el programa real de Vox cuando tiene poder, y Feijóo no solo lo tolera, sino que lo legitima pactando con ellos.

A todo esto se suma un factor internacional que refuerza esta deriva. Vox se ha convertido en un satélite político de Donald Trump en España, alineado con un modelo que desprecia la democracia, ataca a las universidades, cuestiona la sanidad pública y convierte el autoritarismo en bandera. En Estados Unidos hay miedo, miedo real, y ese es el modelo que la ultraderecha quiere importar. España no necesita eso. España no quiere eso.

Mientras tanto, Feijóo se debilita día a día y Abascal se fortalece. Cada cesión del PP es una victoria de Vox. Cada acuerdo es una demostración de fuerza de la ultraderecha. Cuando alguien quiere ser presidente a cualquier precio, acaba perdiendo el control del relato, de la agenda y de su propio partido. Eso es exactamente lo que le está ocurriendo al líder del PP.

Hay quienes piensan que todo está hecho y que Feijóo acabará aceptando las condiciones de Vox para llegar a La Moncloa. Esa lectura es profundamente errónea. El reparto histórico del poder en España, que no concentra todo en un solo partido, juega en contra de esa hipótesis. Y hay además una línea roja infranqueable: los partidos nacionalistas no entrarán en ningún gobierno donde Vox mande o condicione. Ni los vascos, ni los catalanes, ni los canarios.

El tercer factor afecta directamente a la izquierda. Las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE están comprobando en las autonómicas que sus resultados son malos, muy malos, y que en unas generales el sistema electoral penaliza duramente a los partidos pequeños. O buscan fórmulas urgentes de unidad o corren el riesgo de quedar reducidas a una representación testimonial. Los electores progresistas deberían tomar buena nota de ello.

En ese contexto, la propuesta de Gabriel Rufián de aparcar diferencias y reforzar lo que une no va de siglas, sino de frenar a una ultraderecha que haría un daño enorme a la mayoría social de este país. A eso se suma un elemento decisivo: Pedro Sánchez es mucho Pedro Sánchez. Ya es el tercer presidente que más tiempo ha durado en democracia, y no es casualidad. Resiste, gana elecciones y sabe leer como nadie los tiempos políticos.

Feijóo, en cambio, no arranca. Cada vez convence a menos votantes y una parte creciente de su electorado se desplaza hacia Vox. Si las elecciones generales se retrasan, como todo indica, el escenario para el líder popular es cada vez más complicado: desgaste, una ultraderecha fuerte y un partido crecientemente nervioso. Dentro del PP ya empiezan a escucharse voces que piden un relevo.

Algunos dirán que todo esto es política ficción, pero hay un ejemplo muy cercano que debería servir de advertencia: Portugal. Allí, la derecha fue más inteligente que en España, estableció una línea roja a la ultraderecha y permitió un gobierno de izquierdas para evitar que los extremos marcaran el rumbo del país. Quizá algunos deberían tomar nota.

Porque a veces equivocarse con Vox no solo no te acerca a la presidencia. Te aleja definitivamente de ella. Y Feijóo parece empeñado en tropezar una y otra vez con la misma piedra, hasta quedar sepultado por ella.

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