Hay momentos en política en los que el ruido no surge de la fortaleza, sino del miedo. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en España desde hace días. La derecha política, mediática, económica y judicial lleva una semana completamente desatada. No paran de atacar por tierra, mar y aire. Cada mañana aparece una nueva ofensiva, una nueva declaración incendiaria, una nueva presión para intentar derribar al Gobierno de Pedro Sánchez cuanto antes. La pregunta ya no es si quieren echarlo. Eso lo sabemos desde hace años. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué están tan nerviosos ahora?
Porque la derecha empieza a asumir algo que le produce auténtico terror: Pedro Sánchez puede volver a gobernar en 2027. Y no solo eso. Puede hacerlo después de consolidar una legislatura que, pese al desgaste, pese al ruido y pese al bombardeo constante, sigue ofreciendo datos económicos, laborales y sociales que desmontan buena parte del discurso catastrofista de la oposición. Ahí está el verdadero motivo del nerviosismo. No estamos viendo una ofensiva nacida de la confianza. Estamos viendo una reacción desesperada de quienes sienten que el tiempo empieza a jugar en su contra.
m,El lunes fue especialmente revelador. Alberto Núñez Feijóo presionaba públicamente a PNV y Junts para que prácticamente le pusieran en bandeja una moción de censura contra Pedro Sánchez. El problema para Feijóo es que ni siquiera se atreve a presentarla él mismo. Y no lo hace por una razón muy sencilla: sabe que la perdería.
Ese es el gran drama político del líder del PP. Quiere gobernar sin asumir riesgos. Aspira a que otros le hagan el trabajo sucio mientras él posa como alternativa institucional. Pero la realidad es tozuda. Ningún partido nacionalista va a entregarle el Gobierno a una derecha que ha decidido abrazarse políticamente a la ultraderecha.
Porque Vox ya no es un socio incómodo para el PP. Es parte de su proyecto político. Han firmado un auténtico pacto de sangre ideológico en comunidades autónomas y ayuntamientos. Y eso tiene consecuencias. El PNV y Junts podrán mantener enormes diferencias con Sánchez, pero saben perfectamente lo que significaría abrirle la puerta a un Gobierno condicionado por la extrema derecha española.
El mismo lunes aparecía también Felipe González reclamando un adelanto electoral. Lo hacía durante un encuentro organizado por la Asociación Valenciana de Empresarios. Y ahí surge otra reflexión importante. En política no solo importa cómo gobiernas. También importa cómo abandonas la primera línea política. Y, sobre todo, cómo respetas al partido que te llevó al poder y a la militancia que te sostuvo durante décadas.
Felipe González hizo una enorme contribución a España durante sus años de Gobierno. Eso forma parte de la historia democrática del país. Pero resulta difícil entender que alguien que fue símbolo del PSOE termine convertido en uno de los referentes favoritos de la derecha mediática para golpear al actual secretario general socialista.
Al día siguiente entró en escena José María Aznar. Y lo hizo fiel a su estilo. El expresidente recuperó aquel inquietante “el que pueda hacer, que haga” que ya lanzó antes de la investidura de Sánchez en 2023. Entonces hablaba de una situación “extraordinariamente grave”. Ahora directamente asegura que el momento es “insostenible”.
Aznar representa probablemente la etapa más dañina de la derecha española en democracia. No solo por la guerra de Irak o por la crispación permanente que inoculó en la política española. También por haber consolidado una forma de entender el poder basada en la confrontación total y en la idea de que la izquierda carece de legitimidad moral para gobernar España.
Y eso explica muchas cosas de lo que ocurre hoy. Porque el problema de fondo para una parte de la derecha española nunca ha sido únicamente Pedro Sánchez. El problema es que Sánchez gobierna defendiendo políticas que desmontan algunos de los dogmas históricos del conservadurismo español.
Más empleo y de mejor calidad. Subidas del salario mínimo. Refuerzo de las becas. Defensa de la sanidad pública. Impulso de la dependencia. Revalorización de las pensiones. Protección de las universidades públicas. Medidas para bajar los alquileres. O incluso una política internacional en la que España ha sido capaz de defender posiciones propias frente a gigantes internacionales, incluido Estados Unidos.
Nada de eso encaja con el modelo de país que históricamente ha defendido la derecha española. Y ahí está el auténtico conflicto.
Pero hay otro elemento todavía más importante. Lo verdaderamente novedoso no es que la derecha odie políticamente a Pedro Sánchez. Eso no ha cambiado nunca. Lo verdaderamente nuevo es que ahora le tienen miedo.
Porque Sánchez ha conseguido algo que parecía imposible hace unos años: convertirse en un referente internacional en ámbitos que tradicionalmente parecían reservados al prestigio conservador. Europa observa a España con atención. La economía española crece por encima de nuestros socios europeos. El empleo bate récords. Y, pese al discurso apocalíptico permanente del PP, España no se hunde. Más bien ocurre lo contrario.
Por eso la ofensiva es ahora tan agresiva. Porque la derecha empieza a ver un escenario que hace apenas unos meses parecía improbable: que Sánchez aguante la legislatura y llegue con opciones reales a las elecciones de 2027.
Y ahí aparece otro problema enorme para el PP. Feijóo no termina de funcionar. Nunca ha conseguido conectar emocionalmente con el electorado más allá del voto de castigo al Gobierno. Carece de liderazgo sólido y transmite una permanente sensación de provisionalidad. Incluso dentro de su partido hay quien sabe que difícilmente podrá derrotar a Sánchez en igualdad de condiciones.
Mientras tanto, Ayuso llega cada vez más desgastada por las polémicas que la rodean. Y Moreno Bonilla, tras años construyendo una imagen moderada, empieza también a sufrir un evidente deterioro político.
La derecha española tiene un problema de liderazgo. Y lo sabe.
Por eso van con todo. Por eso el clima político se ha convertido en una especie de ofensiva total donde algunos parecen dispuestos a cargárselo absolutamente todo. Instituciones, convivencia, medios de comunicación o incluso la propia credibilidad democrática del país.
Y en medio de todo ello llama especialmente llamativo el giro adoptado por determinados sectores mediáticos. La salida de la SER de Angels Barceló o el caso de El País son ejemplos especialmente reveladores. Durante años, este periódico fue considerado un referente progresista o, al menos, próximo a posiciones moderadas de centroizquierda. Sin embargo, leyendo algunas de sus posiciones actuales, en ocasiones resulta difícil diferenciar ciertos enfoques de los que tradicionalmente han caracterizado a medios como OkDiario.
El objetivo parece claro: construir un clima político irrespirable. Generar la sensación permanente de colapso institucional. Alimentar la idea de que España vive una situación límite.
Montoro habló en su día de “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Pero la derecha actual ha ido un paso más allá de Montoro: ya no espera que el país caiga; están dispuestos a destrozar el prestigio de las instituciones, la convivencia territorial y la paz social con tal de desalojar a Sánchez. Sorprende por cierto el clamoroso silencio de la derecha actual sobre Montoro, ¿por qué será?
En el fondo la derecha sabe algo que les aterra profundamente: otros cuatro años más de Pedro Sánchez podrían provocar una crisis histórica dentro del PP. Una crisis de liderazgo, de proyecto y de identidad política de la que quizá tardarían muchísimo tiempo en recuperarse. Y ese miedo, precisamente ese miedo, es el que explica los nervios de estos días.
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