En aquel momento, me invadía la triste decepción de que, tras aquel último furgón que escapaba, se marchaban también muchas otras cosas. Desde las cuatro gotas que había llovido por la tarde, hasta una sensación de embriaguez que me otorgaba la falta manifiesta de horas de sueño. Incluso un miedo pequeño que me había acompañado a lo largo del día y que me hacía más valiente de lo que no soy.

En pocos segundos, sentía que todo se había desvanecido. "¡Teléfonos! ¡Fuera teléfonos! ¡Calla! ¡Aparta! ¡Calla!" Y un convoy institucional a una velocidad imprudente por Campanar. Todo ello daba la impresión de una fuga (planificada cuidadosamente y con calma, ejecutada como un relámpago, apoteósica).

Pero, ¿por qué necesita huir una consellera de la Generalitat Valenciana? Es más: ¿de qué? Tal vez huía de una negociación que había alargado deliberadamente durante más de tres semanas, con acuerdos rechazados por el conjunto de los trabajadores (por insuficientes y por incompletos), con ultimátums que se esfuerzan en negar, con propaganda falaz en redes contra los docentes, declaraciones incendiarias e impropias de una magnitud institucional como la suya. Tal vez huía de las dilaciones que se han empleado para extenuarnos, del ahora sí y ahora no. De una mesa más, esta en domingo, en la cual no se negocia, sino que se impone un calendario que responde a estas dilaciones todavía.

Tal vez huía de haberse citado a las seis de la tarde para tardar poco más de una hora en despachar al personal. Tal vez huía de las horas que había desperdiciado antes de volver a llamar a los sindicatos, que permanecían sentados para negociar, y decirles que se fuesen. Tal vez, de las intervenciones policiales abusivas de aquel atardecer, que ya todos conocemos. Tal vez, del requerimiento de medianoche, con consecuencias penales, para que los sindicatos abandonasen el edificio de inmediato. ¿O es que huía de nosotros, del profesorado?

Momentos antes de contemplar aquel último furgón que escapaba, secretamente, me sabía haciendo mi primera imaginaria. Guardábamos el edificio de Conselleria por dignidad, toda la noche, tanto tiempo como hiciese falta. Mejor dicho: tanto tiempo como hiciese falta al equipo experimentado de antidisturbios que, sobre las dos de la madrugada, consiguieron burlar una imaginaria inexperta, más que tempranal. Y evacuaron a Ortí y a los suyos (entre los cuales, CSIF, que no pudieron expulsar con un requerimiento de medianoche).

¿Y por qué el profesorado nos tenemos que sentir en un servicio militar, haciendo imaginaria? ¿Por qué se ha instalado en el ambiente un tono bélico? Tal vez contribuyen las actuaciones violentas de algunos miembros de la policía, la amenaza constante al ponerse el casco de los antidisturbios. Tal vez la deshumanización de los y las docentes, escondidos tras una retransmisión taurina —¿a quién le suena?—; así como la deshumanización de las demandas, reducidas al titular del "solo quieren más dinero". Olvidar la parte humana de toda esta reivindicación (inclusión, lengua, tejido social, infraestructuras sanas).

Tal vez, un esfuerzo excesivo de la consellera por declararse de la parte del alumnado y las familias (en ningún caso, de parte del contingente educativo que lidera). El mismo esfuerzo en hacer ver que el profesorado está sometido al criterio político de los sindicatos —vaya, qué capacidad ilustrísima y qué desaprovechada—; que lo que pide la pública no es para la pública. Tal vez, un esfuerzo todavía superior en hacer creer que ellos encarnan el diálogo (valga la paradoja: el di-álogo personificado solamente por uno de los interlocutores). Unos esfuerzos nada nuevos por invisibilizar todo aquello que los contraponga.

Al fin y al cabo, se esfuerzan en crear un "enemigo". Crear un "conflicto". Crear una "batalla". Y así, parece que la mejor explicación la dé el lenguaje bélico. Cabe destacar, pero, que hay, en toda esta maniobra lingüística, un olvido para nada fortuito. La única palabra de todo este arsenal guerrero que no han podido usar en beneficio propio ha sido "ataque". Tal vez porque han encontrado siempre eslóganes sencillos, nada violentos. Tal vez porque en la gran cantidad de movilizaciones que caben a lo largo de tres semanas (que ahora ya sabemos cuántas son), no ha habido ni un incidente. No ha habido siquiera desechos por el suelo. Tal vez porque han encontrado siempre una banda que suavizaba tensiones, colles de chirimías, muixerangues.

Tal vez porque se ha logrado una representación demográfica transversal, a lo ancho y a lo largo (mayores y pequeños; azules y rojos; gruesos y peludos). Tal vez porque se ha actuado absolutamente siempre con la calma de quien se sabe en una reivindicación que no crea distinciones, que no crea enemigos, ni conflictos, ni ataques, porque la pública es de todas y todos. Tal vez porque "sabem que guanyarem".

La noche era definitivamente blanca y seguía divagando en mi símil militar y me reconocía en un pasaje de la novela 'Unitats de xoc', de Pere Calders (vaya ironía, que también nos defendíamos del currículum sesgado que se propone para el bachillerato): "i em fa l'efecte que si no fes precisament el que estic fent, mai més no podria fer escoltar la meva opinió, ni tindria dret a abraçar la meva dona, ni seria lícit que eduqués el meu fill".

Y, cuando acabó de aterrizar el polvo que levantaba aquel último furgón que escapaba, percibí una amarga impresión de pérdida. De haber quedado olvidados justo en el momento en el que aquello que hacíamos era tan memorable.

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