8.15. Salgo de casa dispuesto a encontrar gente de izquierdas. La misión, en principio, no parece complicada. Vivo en España y gobierna Pedro Sánchez.
8.22. Entro en un bar. Pido café con leche. El camarero me pregunta si lo quiero con leche normal, sin lactosa, de avena o de soja. Le digo que de izquierdas. Me dice que eso ya no lo tienen.
8.47. Primer intento.
—¿Usted es de izquierdas?
—Sí, pero no de Sánchez.
Anoto: uno de izquierdas.
—¿Y usted?
—Yo voté a Sánchez, pero no soy sanchista.
Anoto: otro.
—¿Y aquel señor?
—Aquel era socialista, pero ahora escribe columnas explicando por qué ya no puede serlo.
Empiezo a comprender la complejidad del ecosistema.
9.30. Decido buscar al propio Pedro Sánchez. Si todo el mundo asegura que representa a la izquierda, debería conocer a alguno. Lo encuentro rodeado de periodistas que le preguntan por qué quiere destruir España. Sánchez responde que esta tarde tiene una reunión en Bruselas. Los periodistas toman nota: «Sánchez huye de España».
10.05. Pregunto a un señor si Pedro Sánchez es de izquierdas. Se indigna.
—¡Sánchez es un comunista!
Me apeno. Parece que no he encontrado lo que buscaba.
—Entonces usted considera que es de izquierdas.
—¡Qué va! Sánchez no tiene ideología. Solo quiere mantenerse en el poder.
Tacho «comunista». La ciencia política española presenta dificultades metodológicas.
11.40. Continúo la búsqueda.
Encuentro a una señora que quiere mejores pensiones, sanidad pública, educación pública, alquileres más bajos y que los bancos paguen más impuestos.
Le pregunto si es de izquierdas.
—Yo no soy ni de izquierdas ni de derechas.
Le pregunto entonces si es socialdemócrata.
—No me insulte.
Pido disculpas.
13.15. Almuerzo con dos antiguos votantes socialistas. El primero dice que Sánchez ha ido demasiado lejos. El segundo dice que no ha ido suficientemente lejos. Pregunto dónde debería situarse exactamente. Me contestan los dos a la vez:
—Donde yo estoy.
Empiezo a sospechar que la izquierda española es un sistema de coordenadas cuyo centro ocupa siempre la persona que habla.
16.30. Enciendo la televisión.
Un tertuliano anuncia que España vive bajo una dictadura. Cambio de canal. Otro tertuliano dice que dentro de poco llegará la ultraderecha y se acabará la democracia. Miro por la ventana para comprobar en qué régimen estoy actualmente. Un repartidor deja un paquete en casa del vecino. Parece constitucional.
18.10. Vuelvo a encontrar a Sánchez.
Le comunico el resultado provisional de mi investigación: todos quieren sanidad pública, vivienda asequible, mejores salarios y jubilaciones dignas, pero encontrar a alguien que admita tranquilamente ser de izquierdas resulta bastante más complicado. Sánchez sonríe. Comprendo por qué irrita tanto a sus adversarios. Incluso yo tengo ganas de que deje de sonreír.
19.45. Último intento. Escribo un post en redes sociales.
«Soy de izquierdas. Busco amigos. No es imprescindible estar de acuerdo conmigo. Se valorará no llamar fascista al discrepante durante los primeros veinte minutos.»
Lo publico. A los cinco minutos recibo 347 respuestas. Ciento doce me acusan de ser demasiado moderado. Noventa y ocho, de ser un radical. Setenta y cuatro quieren saber qué opino de Pedro Sánchez antes de dirigirme la palabra. Sesenta y dos me han bloqueado preventivamente. Una persona pregunta si quiero tomar una cerveza
22.15. Estoy tomando una cerveza con él.
Descubro que vota al PSOE. Me dice que no se lo cuente a nadie.
23.40. Regreso a casa satisfecho. He encontrado a uno. Mañana intentaremos localizar a otro. Si llegamos a tres, fundamos un partido.
23.55. Mensaje de mi nuevo amigo:
«Lo he pensado mejor. Antes de montar nada tenemos que aclarar lo de Sánchez». Lo bloqueo. Fin de la investigación.
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