“Esto con Franco no pasaba”. La frase aparece en conversaciones cotidianas, en redes sociales o en discusiones políticas, casi siempre como una forma rápida de desacreditar el presente. Pero, tomada en serio, contiene una verdad que merece ser revisada con calma. Porque sí, es cierto: muchas cosas no pasaban. La cuestión es que no pasaban porque no se podían hacer.
Se pronuncia como si fuera un argumento, cuando en realidad es más bien un síntoma: el de una memoria incompleta o selectiva. Porque si algo caracteriza a una dictadura no es la ausencia de problemas, sino la ausencia de libertad para visibilizarlos, denunciarlos o simplemente nombrarlos.
Durante el franquismo, España vivió bajo un régimen autoritario en el que el control político, social y cultural era estructural. No se trataba solo de prohibiciones explícitas, sino de un marco en el que muchas decisiones individuales estaban condicionadas por la ley, la moral oficial y la vigilancia constante.
Por eso, cuando alguien afirma que “esto con Franco no pasaba”, conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿qué es exactamente lo que no pasaba? La respuesta, lejos de idealizar el pasado, lo sitúa con bastante claridad.
"Esto con Franco no pasaba"... y tanto que no
No pasaba que una mujer pudiera decidir libremente sobre su vida personal. El divorcio no existía y el matrimonio era, por ley, indisoluble. Tampoco era posible abrir una cuenta bancaria, firmar un contrato de trabajo o viajar sin el consentimiento del marido o del padre. La igualdad legal entre hombres y mujeres no formaba parte del sistema.
No pasaba que los trabajadores pudieran organizarse para defender sus derechos. El derecho a huelga estaba prohibido y la actividad sindical independiente era ilegal. Cualquier intento de movilización podía ser reprimido con sanciones, despidos o incluso cárcel.
No pasaba que la ciudadanía eligiera libremente a sus representantes. No había elecciones democráticas ni pluralidad política. Los partidos estaban prohibidos, salvo el oficial del régimen, y el poder no se sometía al escrutinio público.
No pasaba que la prensa informara con libertad. La censura formaba parte del día a día: periódicos, libros, obras de teatro o películas debían pasar filtros previos. Las noticias se construían dentro de los límites que marcaba el régimen, y lo que quedaba fuera simplemente no existía.
No pasaba que alguien pudiera criticar abiertamente al gobierno sin consecuencias. La disidencia se vigilaba y se castigaba. El miedo no siempre era visible, pero estaba presente en la forma de hablar, de escribir y, sobre todo, de callar.
No pasaba que la gente se manifestara en la calle. Las concentraciones estaban prohibidas, y cualquier intento de protesta podía ser disuelto de inmediato. El espacio público no era un lugar de expresión, sino de control.
No pasaba que la diversidad -política, cultural o sexual- tuviera cabida. La homosexualidad, por ejemplo, estaba perseguida por la ley. Las identidades no normativas no solo eran invisibles, sino castigadas.
No pasaba que las lenguas cooficiales se utilizaran con normalidad en la vida pública. El catalán, el euskera o el gallego fueron relegados al ámbito privado durante años, en un intento de homogeneizar culturalmente el país.
No pasaba que la educación fuera plural. El sistema educativo estaba profundamente ideologizado, con una fuerte presencia de la religión y una narrativa única sobre la historia, la sociedad y los valores.
No pasaba que la justicia fuera independiente en el sentido contemporáneo. El poder judicial formaba parte de un engranaje institucional que no estaba diseñado para cuestionar al régimen, sino para sostenerlo.
La lista podría continuar, pero el patrón es evidente. Lo que “no pasaba” no era el conflicto, la desigualdad o la injusticia. Lo que no pasaba era la posibilidad de enfrentarse a ello en libertad.
Porque sí: es verdad que hay cosas que con Franco no pasaban.
Pero lo importante no es repetir la frase, sino comprender lo que realmente significa.
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