Pensar el franquismo solo como un régimen represivo es quedarse corto. Fue, ante todo, una operación masiva de falsificación de la realidad. No un conjunto de bulos dispersos, sino un bulo total, coherente y autosuficiente, que definía qué era España, quién era culpable, quién merecía ser escuchado y qué debía ser recordado u olvidado. Por eso sus efectos no terminaron con la dictadura: cuando una mentira se convierte en país, su eco dura generaciones.
El franquismo no se limitó a ocultar hechos incómodos o a manipular episodios concretos. Fue más lejos. Sustituyó la realidad por un relato cerrado que no admitía contraste. La Guerra Civil dejó de ser un golpe de Estado contra un gobierno legítimo para transformarse en una “Cruzada”. La dictadura pasó a llamarse “democracia orgánica”. La represión se convirtió en “justicia” y el exterminio político, en “pacificación”. No era solo una cuestión de propaganda: era una reingeniería completa del sentido común.
Ese es el rasgo distintivo del franquismo como metabulo. No operaba como las mentiras convencionales, que necesitan ser reiteradas para imponerse y pueden ser desmentidas con datos. El régimen construyó un marco total en el que la verdad resultaba innecesaria. No hacía falta demostrar nada, porque el relato oficial funcionaba como única fuente legítima de significado. Lo verdadero no competía con lo falso: quedaba directamente expulsado del espacio público.
La clave de ese éxito fue la combinación perfecta de censura, propaganda y educación. La censura eliminaba cualquier versión alternativa; la propaganda llenaba el vacío con un discurso emocional, moral y patriótico; y la educación fijaba ese discurso como conocimiento incuestionable. Desde la escuela hasta el NO-DO, desde los púlpitos hasta los manuales de historia, todo reforzaba la misma idea: España había sido salvada y cualquier discrepancia era traición, ignorancia o pecado.
En ese sistema, el bulo no era una excepción ni una desviación, sino la norma. La prensa del régimen no informaba: confirmaba el relato. Las huelgas no existían; eran “incidentes aislados”. La pobreza no era estructural; era consecuencia de enemigos internos o sacrificios necesarios. El exilio republicano no era una diáspora forzada, sino una huida de criminales. Cada hecho encajaba, a la fuerza, en el marco previo del metabulo franquista.
El papel de Francisco Franco fue central en esa construcción. Más que un gobernante, fue un personaje cuidadosamente diseñado: austero, providencial, desinteresado, árbitro por encima de las facciones. La distancia entre esa figura y la realidad histórica es abismal, pero irrelevante desde el punto de vista del bulo. El personaje funcionaba narrativamente. No necesitaba ser creído en sentido racional; bastaba con que organizara el imaginario colectivo.
Uno de los efectos más duraderos del metabulo franquista fue la inversión moral. Las víctimas aparecían como culpables y los verdugos como garantes del orden. Maestros, sindicalistas, mujeres emancipadas o cargos republicanos fueron retratados durante décadas como peligros sociales. Esa violencia simbólica no terminó con las ejecuciones o las cárceles: continuó en el descrédito, el silencio y la distorsión de sus biografías. El bulo no solo mató cuerpos; también borró memorias.
A diferencia de otros regímenes autoritarios, el franquismo no fue derrotado informativamente. No hubo un momento de colapso del relato oficial ni una ruptura clara con la mentira fundacional. La Transición desmanteló las estructuras políticas de la dictadura, pero dejó en gran medida intacto su marco narrativo. Muchos de los mitos construidos durante el régimen —la inevitabilidad de la guerra, la neutralidad del dictador, la supuesta paz social— sobrevivieron adaptados a la democracia.
Esa continuidad explica por qué el franquismo sigue siendo un campo de batalla discursivo. No se trata solo de una disputa historiográfica, sino de una herencia cognitiva. El metabulo no desapareció: se fragmentó, se suavizó y se volvió más ambiguo, pero sigue operando en expresiones cotidianas, en nostalgias aparentemente inocuas y en discursos políticos que relativizan la dictadura o equiparan víctimas y verdugos.
Entender el franquismo como el primer gran bulo no es un ejercicio retórico, sino una herramienta de análisis. Permite comprender que la dictadura no se sostuvo solo por la fuerza, sino por su capacidad para imponer una realidad alternativa. Y ayuda a explicar por qué combatir hoy la desinformación no es solo una cuestión tecnológica, sino también histórica y cultural. Porque antes de las fake news digitales, hubo un país entero construido sobre una mentira. Y sus ruinas, todavía, no han sido del todo desmontadas.

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