Durante décadas, la economía se ha explicado a través de un puñado de indicadores oficiales: el Producto Interior Bruto, la tasa de paro, la inflación o el crecimiento trimestral. Sin embargo, la digitalización masiva de la vida cotidiana está poniendo en cuestión ese modelo.

El mundo de los datos no refleja la realidad tal como es, sino tal como somos

Así lo sostiene Kenneth Cukier, subdirector ejecutivo de The Economist, en un artículo que acaba de publicar en la revista Finance & Development del Fondo Monetario Internacional (FMI), en el que plantea una idea tan sencilla como inquietante: no solo está cambiando cómo medimos la economía, sino qué decidimos medir.

“El mundo de los datos no refleja la realidad tal como es, sino tal como somos”, advierte el autor, que denuncia una especie de deformación profesional entre los economistas, atrapados aún en una mentalidad de “small data” (datos pequeños) en un universo dominado por el big data (datos grandes). La consecuencia es clara: seguimos interpretando la economía con herramientas diseñadas para un mundo que ya no existe.

Cuando medir mejor genera rechazo

Para ilustrar esta resistencia al cambio, Cukier recurre a un ejemplo revelador procedente del ámbito sanitario. A comienzos de los años 90, General Electric mejoró la precisión de las resonancias magnéticas, al corregir un error que distorsionaba la visualización de los tejidos grasos. Lejos de celebrarlo, muchos radiólogos se rebelaron. Preferían las imágenes antiguas, menos precisas, porque estaban acostumbrados a trabajar con ellas.

“La resonancia no es la realidad, es información sobre la realidad”, recuerda el autor. Y lanza una pregunta incómoda: ¿corren hoy los economistas el mismo riesgo que aquellos radiólogos, aferrándose a indicadores imperfectos por pura costumbre?"

La explosión del big data y el fin de la escasez informativa

Hace apenas 25 años, la mayor parte de las actividades humanas no dejaban rastro digital. Hoy ocurre justo lo contrario. Los teléfonos móviles, los satélites, las plataformas laborales, las redes sociales o los sistemas de pago generan una cantidad ingente de información en tiempo casi real. Esta transformación permite medir la economía con una precisión, velocidad y nivel de detalle impensables hasta ahora.

Según Cukier, “la digitalización de la sociedad hace que actividades que nunca pudieron convertirse en datos ahora sí lo sean”. Esto abre la puerta a indicadores alternativos capaces de detectar cambios económicos antes de que aparezcan en las estadísticas oficiales

Ejemplos no faltan. Las imágenes por satélite permiten estimar cosechas agrícolas. Las plataformas de empleo anticipan qué regiones crecen y cuáles se estancan. Las webs inmobiliarias reflejan en tiempo real la salud de barrios y ciudades. Y empresas privadas como ADP, que gestiona las nóminas de uno de cada seis trabajadores en Estados Unidos, ofrecen informes mensuales de empleo que complementan —y a veces cuestionan— los datos oficiales.

Indicadores alternativos frente a estadísticas oficiales

Este tipo de información, conocida como alt-data (datos alternativos), no siempre cumple los estándares metodológicos de los organismos estadísticos públicos. Pero su valor es indiscutible, especialmente en contextos de crisis. Durante la pandemia de la COVID-19, los datos de movilidad de Apple y Android mostraron en tiempo real la caída del consumo y el grado de cumplimiento de los confinamientos. Y durante el cierre del gobierno estadounidense en 2025, fueron las empresas privadas las que sustituyeron a las agencias oficiales paralizadas.

“Los datos alternativos pueden servir como herramienta independiente de transparencia”, sostiene Cukier, que recuerda cómo The Economist recurrió a fuentes privadas para medir la inflación argentina cuando las cifras oficiales dejaron de ser creíbles

Anecdata, intuición y errores de cálculo

La historia económica reciente demuestra que los indicadores tradicionales también fallan. El autor recuerda cómo Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, prestaba atención a lo que él llamaba “anecdata” (anecdatos): señales informales como la venta de ropa interior masculina, que tiende a caer cuando la economía se resiente.

Durante la crisis financiera de 2008, mientras algunos banqueros centrales intuían el colapso por detalles aparentemente triviales —“los cirujanos plásticos observan que los pacientes aplazan operaciones”, llegó a decir Janet Yellen, economista y ex ministra de Economía de Estados Unidos—, el PIB estadounidense fue revisado años después y pasó de una caída inicial del 3,8% a un desplome real del 8,9%. “Quizá los indicadores alternativos habrían ayudado”, reflexiona Cukier

Una oportunidad para los países en desarrollo

La revolución de los datos tiene un potencial aún mayor en los países en desarrollo, en los que la falta de recursos, infraestructuras o voluntad política limita la producción de estadísticas fiables. El autor cita un ejemplo tan ingenioso como revelador: el uso de torres de telefonía móvil para medir la lluvia, ya que la señal se debilita cuando llueve.

La creatividad en el uso de datos privados puede ser transformadora”, subraya el texto, que defiende una mayor colaboración entre el sector público y el privado para cerrar las brechas estadísticas

Privacidad, poder y una frontera peligrosa

No todo es optimismo. Cukier advierte de los sesgos inherentes a los datos corporativos y del riesgo de depender de fuentes privadas que pueden desaparecer o cambiar sus metodologías. Pero la cuestión más delicada es otra: la privacidad.

El artículo imagina indicadores futuros capaces de medir el “malestar económico” a partir de hábitos de consumo, estrés, sueño, comportamiento al volante o incluso biomarcadores. “Esto se acerca al máximo posible a la verdad”, explica el autor, para acto seguido alertar: “Las implicaciones para la privacidad son aterradoras

La pregunta final es tan política como moral: ¿qué debe hacer el Estado si dispone de ese nivel de conocimiento sobre sus ciudadanos?

Medir mejor para gobernar mejor

Lejos de proponer una sustitución total de las estadísticas oficiales, el texto del FMI apuesta por un modelo híbrido. El futuro, concluye Cukier, “no se basará solo en datos alternativos, sino en la complementariedad entre fuentes oficiales y no oficiales”.

La economía del siglo XXI exige nuevos mapas para un territorio radicalmente distinto. Y como ocurrió con las resonancias magnéticas, quizá el mayor obstáculo no sea tecnológico, sino cultural: atreverse a mirar la realidad con más nitidez, aunque resulte incómodo.

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