Hace apenas unos meses, España cerraba la primavera con los pantanos más llenos que se recordaban para esa fecha. En marzo, la reserva hídrica llegó a rozar el 83% de su capacidad, un nivel que no se veía en un mes de marzo desde hacía 39 años. Y ahora, a mediados de septiembre, esa misma reserva se ha desplomado hasta el 62,6%. En cuestión de meses, España ha pasado de la sensación de abundancia a un recordatorio de que el agua, en este país, nunca está garantizada del todo.
Julio de 2026 fue, empatado con 2022, el mes más cálido de toda la serie histórica desde 1961
Así lo reflejan los datos de las series que publica de forma periódica el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), a través de sus boletines de la reserva hídrica. Y, si se leen en orden cronológico, queda bastante claro que la caída no ha sido un bache puntual, sino una pendiente sostenida, boletín tras boletín, semana tras semana, desde el pico de la primavera.
El mes que lo explica casi todo
Para entender qué ha pasado hay que mirar a julio. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), dependiente del propio MITECO, publicó su avance climático de ese mes con dos datos que rara vez coinciden con esa intensidad. En primer lugar, fue -junto con julio de 2022- el mes más cálido de toda la serie histórica desde 1961, que es desde que existen registros; no solo entre los julios, sino comparado con cualquier mes del año. La temperatura media fue de 25,7°C, 2,6°C por encima de lo normal. Y, en segundo lugar, con solo 4,6 litros por metro cuadrado de lluvia, fue el julio más seco jamás registrado. De hecho, las cifras son casi una cuarta parte (26%) de lo habitual,
Calor extremo y sequía extrema son dos fenómenos que se retroalimentan. Un suelo seco se calienta más rápido porque no hay humedad que amortigüe la temperatura; y una atmósfera más caliente evapora más agua de los propios embalses y de los cultivos, lo que agrava a su vez la falta de recursos hídricos. El portavoz de AEMET, Rubén del Campo, describía las temperaturas de esas semanas de calor extremo como "extraordinariamente altas".
El agua no desaparece igual en todas partes
Los boletines del MITECO muestran que esta sequía relámpago no golpea por igual a todo el país. A 8 de septiembre, la vertiente mediterránea —con una capacidad total de 13.639 hectómetros cúbicos— se mantenía relativamente mejor que su media de la última década, gracias a la inercia de las lluvias de meses anteriores. En cambio, la falta de precipitaciones se ha concentrado en el área mediterránea y en la zona atlántica, mientras que cuencas como el Guadalete-Barbate o las catalanas conservaban aún cierto margen, cerca del 77% de su capacidad.
Por su parte, una región que no suele asociarse con la sequía, Galicia, ha activado restricciones de agua en buena parte de sus concellos este verano. Y el sistema del trasvase Tajo-Segura, que depende de los embalses de cabecera de Entrepeñas-Buendía, ha mantenido durante el verano el nivel más bajo de su regla de explotación, con un trasvase reducido a 27 hectómetros cúbicos para el mes de septiembre, según la resolución de la Comisión Central de Explotación del Acueducto Tajo-Segura.
El patrón que se repite cada ciclo húmedo
Hay algo más de fondo y no es meteorológico, sino de comportamiento colectivo. Cuando los embalses se llenan tras un invierno o una primavera generosos en lluvia, la sensación de emergencia desaparece casi de inmediato; como consecuencia, baja la preocupación social, se relajan las restricciones y sube el consumo, tanto agrícola como urbano. Es un patrón que España ha repetido en cada ciclo húmedo de las últimas décadas y que los propios técnicos del sector del agua llevan años señalando como el mecanismo que, paradójicamente, prepara la siguiente crisis. La experiencia demuestra que, cuando los embalses superan el umbral del 70-80% de su capacidad, la demanda tiende a dispararse de forma proporcional, porque anticipa una abundancia que no siempre se confirma en los meses siguientes.
Este año, esos datos se han repetido en muy poco tiempo. De un marzo histórico al 83% hemos pasado, en menos de seis meses, a un septiembre en el 62,6%, sin que medie siquiera un año completo de sequía declarada. Esta clase de oscilación brusca, según las proyecciones incluidas en el propio Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático del MITECO, se espera que sea cada vez más habitual en la península, con niveles medios de lluvia más o menos similares, pero con las precipitaciones más concentradas en episodios cortos e intensos, alternados con periodos secos más largos y calurosos.
Lo que viene: el otoño decide
El propio balance del MITECO, correspondiente a la primera semana de septiembre, reconoce que la reserva hídrica se sitúa "a las puertas del otoño meteorológico", el periodo del año que determinará si España entra en el invierno con margen suficiente o si la actual tendencia a la baja se convierte en un problema estructural para la campaña de riego de 2027. Los Planes Especiales de Sequía de las demarcaciones hidrográficas intercomunitarias, en vigor desde el pasado 15 de junio, establecen precisamente los umbrales e indicadores que activarían medidas de restricción más severas si las próximas semanas no traen lluvias suficientes.
No hay ningún indicio, de momento, de que España vaya a repetir el escenario más duro de la sequía de 2021 a 2023, cuando cuencas como el Guadalquivir o el Guadiana llegaron a bajar del 44% de su capacidad en plena campaña de riego. Pero el patrón de este verano —un pico histórico de calor y sequía atmosférica capaz de erosionar 800 hectómetros cúbicos de reserva en cuestión de días— es exactamente el tipo de episodio que los propios servicios meteorológicos oficiales llevan años anticipando como la nueva normalidad climática de la Península, mucho antes de que nadie tenga que declarar oficialmente una sequía.
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