Cuando pensamos en el futuro, solemos mirar hacia las ciudades. Hablamos de inteligencia artificial, edificios inteligentes o nuevos sistemas de transporte, mientras el campo aparece a menudo como un lugar ligado al pasado. Sin embargo, buena parte de los grandes desafíos de nuestro tiempo se juegan en las comunidades que producen alimentos y gestionan recursos naturales.

Casi el 80 por ciento de la población mundial por debajo del umbral de la pobreza vive en zonas rurales

El 6 de julio se celebra el día mundial del Desarrollo Rural, una jornada impulsada por Naciones Unidas para poner en primer plano las necesidades de estos territorios. Según la ONU, casi el 80 por ciento de la población mundial vive en zonas rurales, pero es allí donde se concentran de manera desproporcionada la pobreza, el hambre y la mala alimentación.

La organización recuerda que el desarrollo rural está estrechamente relacionado con la Agenda 2030. No se trata únicamente de mejorar la agricultura. Según explica Naciones Unidas, implica garantizar acceso a la educación, la sanidad, el agua, la energía, la financiación y las tecnologías digitales.

Quienes alimentan al mundo también necesitan oportunidades

"Las comunidades rurales constituyen el primer kilómetro de los sistemas alimentarios: es donde se cultivan los alimentos, se sostienen los medios de subsistencia y nace la resiliencia", explica la ONU. Y nos recuerda que "también poseen un inmenso potencial para reforzar la seguridad alimentaria, crear oportunidades económicas y favorecer la estabilidad a largo plazo".

Por eso, "invertir en la población rural significa invertir en los cimientos de sociedades más resilientes". Según la institución, "cuando las zonas rurales cuentan con los recursos que necesitan, las comunidades están mejor preparadas para resistir las crisis, los jóvenes tienen más motivos para labrarse un futuro en su lugar de origen y los productores pueden contribuir de forma más plena a los mercados locales, nacionales y mundiales".

Según los dato que manejan sus expertos, "un aumento de la inversión en las zonas rurales equivalente al 1 por ciento del producto interior bruto de un país puede reducir la emigración internacional en casi un punto porcentual (FIDA, 2026)".

Para sacar partido a este potencial se requieren medidas prácticas y sostenidas: cadenas de valor más sólidas, un acceso más amplio a la financiación, un mayor apoyo a las cooperativas y a las pequeñas y medianas empresas rurales, y mejores conexiones entre los productores y los mercados. Estas inversiones pueden ayudar a convertir la vulnerabilidad en oportunidad y garantizar que las comunidades rurales sean reconocidas no solo por los retos a los que se enfrentan, sino también por el papel esencial que desempeñan a la hora de forjar un futuro más seguro y sostenible.

Desigualdades  

En esta fecha, la ONU llama nuestra atención sobre las desigualdades actuales: "La mitad de la población rural carece de cobertura sanitaria (frente al 22 por ciento en las zonas urbanas)".

Y no solo eso, en un mundo en el que tecnología lo es todo, "en 2024, el 83 por ciento de los residentes urbanos utilizaba Internet, frente a menos del 50 por ciento en las zonas rurales (UIT 2024)".

La institución señala que estas comunidades se enfrentan además a dificultades provocadas por el cambio climático Una mala cosecha, una sequía o una inundación pueden acabar con los ingresos de una familia y comprometer la alimentación de toda una comunidad.

Futuro incierto

"A menos de cinco años para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el camino que queda por recorrer sigue siendo incierto y frágil, lo que convierte al Día Mundial del Desarrollo Rural en algo más que una fecha en el calendario", dice la ONU. "Debe ser un momento de reflexión global, un alto en el camino para pensar y cambiar de rumbo. Es un llamamiento a la comunidad internacional para que se asegure de que las comunidades rurales, a menudo ignoradas y sin acceso a los servicios que necesitan, se conviertan en el corazón del progreso sostenible". 

El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, conocido como FIDA, trabaja precisamente para reducir esa vulnerabilidad. La institución se define como “el fondo mundial para transformar la agricultura, las economías rurales y los sistemas alimentarios”. Su planteamiento parte de una idea sencilla: “el FIDA invierte en la población rural”.

Mucho más que producir más

Según el FIDA, el desarrollo rural no consiste solo en aumentar las cosechas. También supone conseguir que los pequeños productores puedan vender a un precio justo, acceder a financiación, organizarse en cooperativas y participar en las decisiones que afectan a sus comunidades.

La entidad sostiene que las pequeñas explotaciones y las empresas rurales ocupan un lugar fundamental en los sistemas alimentarios. Sin embargo, suelen encontrar más obstáculos para obtener crédito, incorporar tecnología o acceder a mercados estables.

En primera línea del cambio climático

El FIDA advierte de que “las vidas de los pequeños agricultores están siendo trastornadas por el cambio climático”. El organismo defiende que necesitan apoyo para adaptarse y proteger los recursos naturales de los que dependen.

La respuesta puede incluir cultivos más resistentes, una gestión eficiente del agua, sistemas de alerta o financiación para recuperarse después de una catástrofe. Según Naciones Unidas, estas medidas deben incorporar también los conocimientos tradicionales y la experiencia de quienes llevan generaciones cuidando un territorio.

Mujeres y jóvenes, protagonistas imprescindibles

La transformación del campo tampoco será posible sin abordar las desigualdades que existen dentro de él. La ONU destaca el papel de las mujeres rurales en la agricultura, la seguridad alimentaria y la conservación de los ecosistemas. Sin embargo, advierte de que siguen encontrando mayores barreras para acceder a la tierra, el crédito, la tecnología y la toma de decisiones.

El FIDA es rotundo: “La desigualdad de género es uno de los mayores obstáculos para el desarrollo sostenible”. La institución añade que, sin actuar sobre sus causas, no será posible acabar con el hambre y la pobreza.

También los jóvenes necesitan oportunidades para poder elegir si quieren quedarse. La falta de formación, conectividad y empleo convierte muchas veces la marcha a las ciudades en la única alternativa. Frenar la despoblación no pasa por pedirles que permanezcan por obligación, sino por crear condiciones que les permitan desarrollar un proyecto de vida.

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