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El Regate

El Rayo que resiste a Presa: años de abandono y un club maltratado por su propio presidente

El regreso a Vallecas y las protestas ante el Athletic reabren las heridas de una gestión marcada por el deterioro del estadio y la ruptura con la afición

Grafitti frente al Estadio de Vallecas. EP.

Grafitti frente al Estadio de Vallecas. EP.

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Hay un partido que el Rayo Vallecano lleva años jugando mucho más allá de los noventa minutos. No se disputa sobre el césped, no reparte puntos y tampoco aparece en la clasificación de Primera División. Enfrenta a buena parte de la afición con Raúl Martín Presa, el presidente que ha convertido los despachos del club en un escenario de conflicto permanente. Este sábado, después de 147 días sin fútbol oficial en Vallecas, esa disputa terminó por invadir el terreno de juego. El encuentro frente al Athletic Club tuvo que suspenderse por las protestas de unos seguidores que aprovecharon el regreso a casa para recordar que, por mucho que vuelva a rodar el balón, las cuentas pendientes con su presidente siguen abiertas.

La protesta comenzó prácticamente con el pitido inicial. Los cánticos contra Presa fueron acompañados de pancartas y del lanzamiento de aviones de papel y pequeñas bolas al césped, hasta que el árbitro se vio obligado a interrumpir el encuentro en el minuto 13. Tras dos intentos de reanudación, la aparición de nuevos objetos provocó otra interrupción y la retirada de los futbolistas a los vestuarios. Vallecas había recuperado el fútbol, pero su afición había decidido que el protagonista del regreso no iba a ser el balón, sino el presidente.

La escena no surge de la nada. Es el resultado de una relación deteriorada durante años, alimentada por las denuncias sobre el abandono de las instalaciones, las decisiones de la propiedad y la creciente distancia entre el club y quienes llenan sus gradas. El Rayo se ha acostumbrado a competir en Primera División mientras buena parte de su masa social reclama una gestión a la altura de la categoría. El regreso a Vallecas debía poner fin a varios meses de incertidumbre. Sin embargo, ha servido para dejar al descubierto que los problemas de la entidad no desaparecieron cuando la Comunidad de Madrid permitió reabrir el estadio.

Una casa en ruinas para un equipo de Primera

La crisis del estadio constituye el capítulo más reciente y uno de los más graves de la presidencia de Martín Presa. El pasado 28 de julio, la Comunidad de Madrid anunció la suspensión cautelar de la concesión del recinto al Rayo Vallecano después de que una auditoría detectara graves deficiencias de seguridad, salubridad y mantenimiento. El informe describía un estado de obsolescencia generalizada y advertía de incumplimientos normativos que, según el Gobierno regional, comprometían la seguridad y el funcionamiento del recinto. Entre los problemas señalados figuraban cuestiones relacionadas con las instalaciones eléctricas, los sistemas contra incendios y la documentación técnica.

La consecuencia fue tan insólita como perjudicial para un club estrechamente vinculado a su barrio: el Rayo tuvo que abandonar temporalmente Vallecas y disputar sus primeros partidos como local en Butarque, el estadio del Leganés. Mientras el equipo trataba de competir con normalidad, sus aficionados se veían obligados a desplazarse fuera de su entorno habitual para seguirlo. El problema ya no era únicamente el deterioro de unas instalaciones antiguas, sino la incapacidad de garantizar que un equipo de la máxima categoría pudiera desarrollar su actividad en su propio estadio.

La responsabilidad del estado del recinto abrió una batalla entre el club y la Comunidad de Madrid, propietaria de las instalaciones. La administración autonómica atribuyó al concesionario incumplimientos en sus obligaciones de mantenimiento, mientras que el Rayo cuestionó la auditoría y acusó al Gobierno regional de haber ocultado durante meses información relevante. La entidad defendió que había aportado documentación suficiente para acreditar la seguridad del estadio y sostuvo que la suspensión carecía de justificación.

El 14 de septiembre, una segunda auditoría constató una mejora significativa en las condiciones materiales y documentales del recinto, lo que permitió levantar la suspensión cautelar. Sin embargo, la Comunidad anunció que mantendría el procedimiento para extinguir la concesión. El regreso del Rayo no cerró, por tanto, la controversia administrativa sobre el futuro del estadio.

Para los aficionados críticos con Presa, las explicaciones del presidente no han conseguido borrar la imagen de un equipo de Primera División obligado a marcharse de su casa. La controversia sobre las responsabilidades concretas sigue abierta, pero el daño institucional es difícil de ignorar: el Rayo ha pasado más de cuatro meses sin disputar un encuentro oficial en Vallecas mientras su futuro inmediato dependía de auditorías, comunicados y decisiones administrativas.

La grada no olvida lo que el palco prefiere olvidar

El estadio es la expresión más visible de un conflicto que lleva años atravesando al rayismo. La gestión de Presa acumula reproches que van mucho más allá de la conservación de Vallecas. Colectivos de aficionados han denunciado el incremento del precio de los abonos, la situación de la cantera y del fútbol femenino, así como una política institucional que consideran distante de los socios. A ello se suma una cuestión especialmente sensible: el futuro del estadio y la posibilidad de que el primer equipo termine abandonando el barrio que ha construido buena parte de su identidad.

Vallecas no es un escenario cualquiera para el Rayo. La relación entre el equipo y el barrio constituye una parte fundamental de su historia, de su identidad popular y de una cultura futbolística que ha terminado por trascender los resultados deportivos. Esa vinculación explica por qué el debate sobre el estadio resulta mucho más profundo que una discusión sobre infraestructuras. Para numerosos seguidores, la posibilidad de trasladar el club fuera de Vallecas supone cuestionar aquello que lo distingue de otras entidades. Y las deficiencias del recinto, lejos de reforzar los argumentos a favor de una mudanza, han aumentado la desconfianza hacia quienes deberían garantizar su conservación.

La paradoja resulta especialmente llamativa por la trayectoria deportiva reciente del conjunto franjirrojo. Mientras el equipo ha conseguido competir en la élite y alcanzar importantes objetivos sobre el césped, sus problemas institucionales han continuado acumulándose. Los éxitos deportivos han convivido con una creciente sensación de abandono entre sectores de la afición, que cuestionan que la estabilidad competitiva se haya traducido en una mejora de las instalaciones y de los servicios que recibe el rayismo.

La fractura volvió a manifestarse hace apenas una semana. El 3 de octubre, durante el amistoso frente al Cagliari, las gradas ya exigieron la marcha de Presa en una jornada marcada por la tensión. Horas antes, el palco del estadio había amanecido vandalizado, con desperfectos en los asientos y pintadas contra el presidente. El Rayo denunció los hechos y aseguró que formaban parte de una campaña de acoso e intimidación contra su máximo responsable. También acusó a responsables públicos de alentar la hostilidad contra él, unas afirmaciones que fueron rechazadas por la Comunidad de Madrid.

Los actos vandálicos y el lanzamiento de objetos al terreno de juego tienen sus propias responsabilidades y no pueden confundirse con el derecho de los aficionados a protestar. Sin embargo, tampoco permiten despachar como un problema exclusivamente de orden público un enfrentamiento que arrastra años de antecedentes. La contestación a Presa no nació con los incidentes del último mes, ni puede explicarse únicamente por ellos. El malestar se ha ido extendiendo alrededor de decisiones concretas de la directiva y de una forma de entender la propiedad que sus críticos consideran incompatible con la identidad del club.

Noventa minutos no borran años de desprecio

La protesta contra el Athletic ha terminado por ofrecer una imagen incómoda de la situación institucional del Rayo Vallecano. Después de meses obligado a jugar lejos de su estadio, el club ha recuperado su casa sin resolver el conflicto con quienes la llenan cada fin de semana. El presidente sigue enfrentado a una parte de su masa social, la concesión del recinto continúa bajo discusión y las reivindicaciones sobre el futuro del equipo permanecen intactas.

Durante los últimos meses, Presa ha concentrado buena parte de su discurso en denunciar la actuación de la Comunidad de Madrid y defender la gestión del club frente a las críticas recibidas. Pero el debate sobre las decisiones del Ejecutivo autonómico no agota las preguntas que plantea su presidencia. ¿Cómo ha llegado un equipo asentado en Primera División a quedarse temporalmente sin estadio? ¿Por qué sus éxitos deportivos no han conseguido reducir la distancia con la afición? ¿Y qué proyecto de futuro existe para mantener al Rayo vinculado a Vallecas?

Etiquetas Fútbol España

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