No va más. Es el momento. España vuelve a un Mundial con la ilusión renovada, después de tres torneos consecutivos para el olvido tras ser los reyes del planeta fútbol. Es el momento de una nueva generación que quiere ganarse el adjetivo de irrepetible. Una camada que, pese a su juventud, ya sabe lo que es conquistar un continente y hacerlo con identidad y sello propio. Este lunes, a las 18:00 horas, la Selección de Luis de la Fuente debuta ante Cabo Verde en el primer paso de un camino que tiene una meta tan difícil como sugerente: la segunda estrella.

El partido ante el combinado africano abre la fase de grupos del Mundial 2026 para el equipo de Luis de la Fuente, que aterriza en la cita mundialista con el aval de la Eurocopa 2024 y sin rehuir la vitola de gran favorita para alzar el entorchado mundialista al cielo de Nueva Jersey el próximo 19 de julio. Una oportunidad para demostrar que el título conquistado hace dos veranos en Alemania no fue un fogonazo fruto de la casualidad, sino el primer gran paso de una generación que quiere igualar a la de los Xavi, Iniesta, Casillas y Villa.

España vuelve a tener firma, a reconocerse en el campo y a convivir con la obligación de ganar. La salida de Luis Enrique tras la debacle de Qatar 2022 abrió la puerta a un desconocido al que su falta de experiencia le auguraba una carrera breve. De la Fuente asumió el peso del cargo y, junto a su equipo, fue modelando y engrasando los engranajes de una máquina de ganar y competir. Esa fue la herencia que dejó la Eurocopa de Alemania y el camino previo hacia ella. Es la fotografía de una Selección reconocible, con automatismos interiorizados, solidaria y con jugadores que ya han afrontado noches donde las piernas tiemblan.

Fue el triunfo de una convicción que, ahora, deberá exportarse al otro lado del Atlántico. En los días previos al debut, los protagonistas han dejado claro que no les pesa el cartel de favorito. No desde la soberbia del que se sabe superior a los demás, sino con el reconocimiento del que infunde respeto a sus rivales desde el dominio, la velocidad y la gestión de los momentos delicados. En definitiva, abandonando esa caricatura de equipo condenado a tocar sin profundidad ni creatividad por una versión más completa y polivalente.

¿Caramelo envenenado?

Si bien es cierto que Cabo Verde no provoca temor entre los aficionados, en un torneo corto cualquier tropiezo inicial condiciona no sólo el ambiente interno, sino también el horizonte tras la fase de grupos, pese a que en esta cita mundialista el billete a la fase final cotiza a la baja. Por ello, es importante que el combinado de De la Fuente temple nervios, anule los excesos de confianza y afronte el choque con la concentración que exige un equipo que se estrena en un Mundial y que querrá demostrar que su clasificación no es fruto de la casualidad.

Ni mucho menos. En su rango y con sus limitaciones, los Tiburones Azules destacan por su seriedad y solidaridad. Son un bloque compacto que se siente cómodo cediendo el protagonismo y la iniciativa al rival, con las líneas juntas y lo más cerca posible del área propia para explotar la velocidad al contraataque. Es un equipo acostumbrado a sobrevivir sin balón y a convertir partidos largos en trampas para el favorito. Un conjunto alejado del glamour del deporte y construido a golpe de rastreo en LinkedIn - no es una licencia literaria - para pelear contra el ‘expolio’ portugués. No destaca por su puntería, pero sí dispone de algunas piezas interesantes atrás que pueden complicar la digestión del sistema ofensivo español.

Fruto de su concepción de bloque bajo, España deberá hallar la manera de hacer fluir el fútbol por todo el frente de ataque para desbaratar la maraña defensiva caboverdiana, no sin extremar la precaución ante pérdidas innecesarias que puedan activar la salida rápida de los africanos y aprovechar cualquier desorden atrás. Los estrenos mundialistas rara vez son trámites y, en el fútbol moderno, la camiseta - o la estrella - no gana por sí sola.

El objetivo inmediato de la Selección es ganar y, a ser posible, dejar una primera sensación de autoridad. Un recordatorio de que hay motivos para justificar el papel de favorito, aunque la historia de los mundiales también ha enseñado que un tropiezo inicial, lejos de ser un trauma, puede servir como conjura para construir un equipo campeón. Ahí está el ejemplo de 2010, aunque aquel primer rival - Suiza - tenía más cartel.

Una generación que ya no es promesa

El estatus del combinado nacional, sin embargo, puede ser un arma de doble filo. Los Lamine Yamal, Pedri, Zubimendi o Nico Williams ya no son las promesas desconocidas de 2024. El mundo ya sabe de lo que son capaces y el factor sorpresa desaparece. Al mismo tiempo, esos dos años entre Alemania y Estados Unidos han permitido a este núcleo de jugadores asumir mayores responsabilidades en sus clubes y cargar con el peso de una camiseta que exige competir por todo.

Ese salto colectivo explica el optimismo y la confianza del país en la Selección. Son el presente y su juventud mantiene intacta su ambición. La campeona de Europa no parece haber tocado techo y ellos lo saben. La mezcla de juventud y oficio es una de las claves para que España pueda manejar el tempo de los partidos, pero también saber sufrir cuando hay que hacerlo. Así se forja un equipo ganador. Hay piernas para acelerar partidos, imaginación para romper defensas y la experiencia justa para entender que un Mundial no se gana en la primera noche tras una gran goleada. He ahí Qatar 2022.

El debut contra Cabo Verde será el primer capítulo de una historia a la que España entera espera estar enganchada hasta su desenlace. Hay memoria, hay talento y una generación que ha devuelto a la Selección la competitividad olvidada tras el empacho del ciclo 2008-2012. Época dorada que se antojaba irrepetible, pero ¿quién sabe? Este lunes empieza el camino. Sudáfrica es pasado. Lo que España busca ahora pertenece al futuro.

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