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El Israel-Irlanda se disputó el domingo en Debrecen (Hungría) y terminó con victoria visitante por 0-3. Formalmente fue un partido más de la Nations League. Lo ocurrido en la previa y alrededor del césped mostró, sin embargo, unas circunstancias muy alejadas de las habituales en un encuentro internacional. Israel ejerció como local. Irlanda llegó al partido después de que sus jugadores debatieran durante unas cuatro horas si debían disputarlo. Gavin Bazunu abandonó la convocatoria porque consideraba que participar sería incorrecto ante las “atrocidades en la región”. Finalmente, una mayoría del vestuario decidió jugar.
La tensión no desapareció cuando empezó el fútbol. Los internacionales irlandeses llevaron brazaletes negros, inclinaron la cabeza mientras sonaba el himno israelí y rechazaron estrechar la mano de sus adversarios. Las gradas del Nagyerdei Stadion presentaron además una imagen prácticamente vacía. RTÉ calculó que acudieron unas 225 personas, entre ellas alrededor de 150 seguidores israelíes.
Irlanda cumplió así con el calendario de UEFA, pero el partido dejó a la vista el conflicto que la Federación Irlandesa de Fútbol lleva meses tratando de gestionar. La FAI ha defendido dos posiciones que responden a planos diferentes: reclama que UEFA suspenda a la Federación Israelí y, mientras eso no ocurra, considera que negarse unilateralmente a jugar podría tener graves consecuencias para el fútbol del país.
La presencia de Israel en la competición
El origen de esa posición está en noviembre de 2025. Una Asamblea General extraordinaria de la FAI aprobó solicitar al Comité Ejecutivo de UEFA la suspensión inmediata de la Federación Israelí de las competiciones europeas, como ocurriera con los equipos rusos tras la invasión de Ucrania. Según RTÉ, la propuesta recibió entonces un respaldo del 89% de los delegados. La petición se fundamentaba en supuestas vulneraciones de las normas de FIFA y UEFA que la federación irlandesa quería que el organismo europeo examinase.
UEFA no suspendió a Israel y el sorteo de la Nations League terminó emparejando a ambas selecciones. Cuando se acercaron los encuentros, la discusión cambió. Ya no se trataba únicamente de reclamar una actuación de UEFA, sino de decidir qué debía hacer Irlanda mientras Israel continuase admitido en la competición.
La FAI defendió que un boicot unilateral tendría consecuencias deportivas y económicas importantes. En la documentación presentada a sus miembros antes de una Asamblea extraordinaria celebrada en julio, la federación advirtió de que no disputar los partidos implicaría dos derrotas por 3-0 y podía conducir al descenso a la Liga C. También calculó una pérdida directa de ingresos de 5,5 millones de euros y estimó en 10,3 millones el posible impacto total teniendo en cuenta otros efectos sobre ingresos de UEFA, taquilla y patrocinio. Son cálculos de la propia FAI, no sanciones económicas fijadas previamente por UEFA. Los miembros de la federación terminaron respaldando la decisión de jugar. La votación de julio se saldó con 75 votos a favor, 32 en contra y tres abstenciones: un 68% apoyó cumplir los compromisos de la Nations League. La diferencia entre ambas votaciones resulta fundamental. En noviembre, la FAI pidió a UEFA que suspendiera a la Federación Israelí. En julio decidió qué hacer mientras esa suspensión no existiese.
El director ejecutivo de la federación, David Courell, expresó públicamente esa incomodidad pocos días antes del encuentro. Aseguró que la falta de una decisión de UEFA había dejado a la FAI en una posición “realmente difícil”, sometida a la presión de quienes reclamaban no jugar y a las consecuencias que la propia organización calculaba que tendría incumplir los compromisos oficiales.
El debate llegó hasta el vestuario
La decisión federativa tampoco terminó con la discusión. El sábado, apenas un día antes del encuentro, Bazunu comunicó que abandonaba la convocatoria. “Siento que estaría mal participar”, explicó el guardameta, que dijo haber tomado la decisión ante las “atrocidades en la región”. Su salida desencadenó una reunión de unas cuatro horas entre los internacionales.
Al término de esa conversación, los jugadores votaron sobre la disputa del partido. La FAI no hizo público el reparto exacto y se limitó a informar de que existían “diferentes puntos de vista” y que una mayoría quería jugar. Por eso, cualquier cifra concreta sobre aquella votación interna debe tomarse con cautela.
El resultado fue distinto al de Bazunu: el resto de la plantilla viajó al estadio y el encuentro siguió adelante. Esa decisión no eliminó las muestras de rechazo. Irlanda jugó con brazaletes negros en reconocimiento de las personas fallecidas en el conflicto. Sus jugadores inclinaron la cabeza durante el himno israelí y no participaron en el habitual intercambio de apretones de manos.
El seleccionador Heimir Hallgrímsson resumió antes de comenzar hasta qué punto el contexto había alterado la preparación. Reconoció que había sido una de sus semanas más difíciles como entrenador, habló de las “emociones encontradas” de algunos jugadores y admitió que la preparación había sido especialmente complicada.
Un partido en Hungría ante unas gradas casi vacías
La sede era otra señal de excepcionalidad. Israel disputó el encuentro como local en el Nagyerdei Stadion de Debrecen, un recinto con capacidad para alrededor de 20.000 espectadores. La FAI había anunciado en agosto que no facilitaría entradas a sus seguidores para ninguno de los dos partidos contra Israel por razones operativas, de seguridad y protección. La federación israelí sí dispuso de una pequeña asignación para sus aficionados.
Finalmente, RTÉ situó la asistencia total alrededor de las 225 personas, incluidas unas 150 israelíes. El contraste entre la capacidad del estadio y el público presente dejó una imagen poco habitual para un encuentro oficial de selecciones.
También fue excepcional la cobertura televisiva en Irlanda. RTÉ decidió cumplir sus obligaciones contractuales, pero redujo deliberadamente el despliegue. No hubo presentación desde estudio ni tertulia posterior, los comentarios procedieron de la señal internacional y la cadena no contrató publicidad ni patrocinio alrededor de ninguno de los dos encuentros. La televisión pública explicó que mantendría únicamente el dispositivo técnico necesario para garantizar la emisión.
Sobre el césped, Irlanda ganó 0-3 gracias a los goles de Troy Parrott, Adam Idah y Jack Moylan. El calendario oficial de UEFA registra el partido dentro del grupo B3 de una Nations League cuya fase de grupos se prolongará hasta noviembre.
La vuelta tampoco será en Irlanda
La situación volverá a repetirse, aunque con otras condiciones, el próximo domingo 4 de octubre. Una problemática que ocurre en otras competiciones deportivas como en la Euroliga. Irlanda figura como selección local contra Israel, pero el encuentro no se disputará en el Aviva Stadium ni en ningún otro estadio del país. La FAI pidió trasladarlo al extranjero porque consideraba que existían “desafíos operativos” para organizarlo en territorio irlandés. UEFA aceptó la solicitud.
El escenario elegido es el TSC Arena de Bačka Topola, en Serbia. El partido se celebrará además a puerta cerrada. La decisión estaba tomada desde junio, varios meses antes de la crisis protagonizada por Bazunu y la votación del vestuario de este fin de semana.
La FAI confirmó posteriormente que tampoco facilitaría entradas a aficionados irlandeses para el encuentro de Debrecen y ofreció a los abonados afectados por el traslado de la vuelta un reembolso o crédito correspondiente al valor de ese partido. Los dos enfrentamientos entre Irlanda e Israel habrán quedado así fuera de las condiciones inicialmente asociadas a una eliminatoria de ida y vuelta entre selecciones: Israel ejerció como local en Hungría e Irlanda lo hará en Serbia, en este último caso sin espectadores.



