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La FIFA quiso poner orden en el calendario internacional y ha terminado abriendo un nuevo frente con las propias federaciones. El estreno del superparón de selecciones, que concentra cuatro partidos en una única ventana entre septiembre y octubre, ha dejado un balance que empieza a incomodar a quienes deben convivir con sus consecuencias. Lesiones, problemas de planificación, dificultades económicas y un desgaste físico que preocupa especialmente a las selecciones con menos recursos han llevado a distintas asociaciones europeas a reclamar una revisión del formato. El organismo que preside Gianni Infantino pretendía simplificar el calendario. Apenas estrenado el experimento, ya hay quienes quieren recuperar el sistema anterior.
El malestar ha trascendido las conversaciones informales y ha llegado a los despachos de la UEFA. Según publicó The Guardian, varias federaciones europeas han expresado su preocupación por el impacto del nuevo modelo y quieren que el organismo continental presione a la FIFA para recuperar las dos ventanas internacionales separadas de septiembre y octubre. La cuestión se abordó durante una reunión celebrada en Berlín, donde quedaron de manifiesto las reservas sobre una reforma que, pese a introducirse este año, fue aprobada en 2023 y tiene continuidad prevista dentro del calendario internacional hasta 2030.
No se trata de una ruptura formal entre ambas organizaciones ni existe por ahora una decisión que revierta el cambio. La discusión, sin embargo, cuestiona uno de los argumentos sobre los que se construyó la reforma: reducir las interrupciones del fútbol de clubes sin aumentar el número de partidos internacionales. La FIFA ha conseguido concentrar las fechas, pero las federaciones empiezan a preguntarse si el precio de esa concentración compensa las ventajas.
Cuatro partidos en 16 días: así funciona el nuevo calendario
El cambio tiene su origen en el Consejo de la FIFA celebrado el 14 de marzo de 2023, cuando se aprobó el calendario internacional masculino para el periodo 2025-2030. Hasta el año pasado, las selecciones disponían de dos ventanas de nueve días, una en septiembre y otra en octubre, con un máximo de dos encuentros en cada una. La reforma sustituyó ambas interrupciones por un único periodo de 16 días con capacidad para disputar cuatro partidos.
En 2026, esa ventana se extendió del 21 de septiembre al 6 de octubre, según el calendario oficial de la FIFA. El cambio no implica necesariamente más encuentros, sino una distribución diferente de los mismos. Las federaciones pueden concentrar cuatro compromisos de la Nations League y los clubes evitan una segunda interrupción pocas semanas después de la primera. Sobre el papel, una fórmula que reduce las idas y venidas de los internacionales y concede más continuidad a las competiciones domésticas.
La ventaja organizativa, sin embargo, no resuelve todas las dificultades. Para disputar cuatro partidos en ese espacio de tiempo, las selecciones deben encadenar encuentros, entrenamientos, desplazamientos y recuperación durante más de dos semanas. Los futbolistas permanecen concentrados durante un periodo prolongado y los seleccionadores tienen que administrar sus plantillas en circunstancias distintas a las habituales.
El calendario no concede el mismo margen a todos. Las selecciones con mayor profundidad de plantilla pueden distribuir minutos entre futbolistas de primer nivel, mientras que otras dependen de un grupo mucho más reducido. La acumulación de esfuerzos afecta a todos, pero no todos disponen de los mismos recursos para gestionarla. Esa desigualdad se ha convertido en uno de los argumentos centrales de las federaciones críticas con el experimento.
Las lesiones reavivan una discusión que viene de lejos
El estado físico de los internacionales aparece entre las principales preocupaciones trasladadas a la UEFA. La información de The Guardian recoge inquietud por las lesiones sufridas durante este primer superparón, entre ellas las de futbolistas como Kylian Mbappé, Alex Scott, Cody Gakpo y un larguísimo etcétera. Sus situaciones han dado visibilidad a un debate que precede a la reforma y que afecta a la relación entre las selecciones y los clubes que ceden a sus jugadores.
El problema tampoco empieza cuando un jugador se incorpora a su selección. Los internacionales llegan después de competir con sus clubes y regresan a campeonatos que apenas conceden margen para recuperar el ritmo. En el caso de los grandes equipos europeos, esa sucesión de esfuerzos incluye partidos de liga, compromisos continentales y convocatorias internacionales. El descanso depende tanto de la planificación de cada entidad como de un calendario establecido por organismos diferentes.
Ahí aparece una de las contradicciones del fútbol actual. Los clubes necesitan a sus estrellas disponibles durante toda la temporada, las federaciones quieren disponer de sus mejores jugadores y las organizaciones deportivas buscan sostener competiciones cada vez más exigentes comercialmente. Cada parte defiende su calendario, pero todas recurren a los mismos futbolistas.
La reforma pretendía reducir uno de los puntos de fricción entre clubes y selecciones: las constantes interrupciones de la competición doméstica. Al concentrar las convocatorias, la FIFA ha dado respuesta a esa reclamación, aunque sin resolver el problema más amplio de la carga competitiva. La discusión ya no consiste únicamente en cuántas veces se detiene una liga, sino en cómo se reparten los esfuerzos de los jugadores durante una temporada entera.
El dinero también entra en la discusión
Las objeciones de las federaciones no se limitan al terreno deportivo. El nuevo modelo también ha provocado quejas por sus consecuencias económicas, especialmente entre las asociaciones nacionales que dependen en mayor medida de los ingresos generados por sus partidos como locales. Según la información publicada por The Guardian, algunas federaciones han encontrado dificultades para comercializar sus encuentros y vender entradas al tener que organizar dos partidos en casa con apenas unos días de separación.
El problema afecta de manera desigual a los participantes. Para las grandes selecciones, con acuerdos comerciales consolidados y un público numeroso, la concentración de partidos puede resultar más fácil de gestionar. Para federaciones con presupuestos modestos, organizar varios encuentros en un periodo tan reducido complica la promoción de cada cita y puede limitar su capacidad de generar ingresos.
Además, el nuevo formato introduce un elemento competitivo que preocupa a los países más pequeños. La Nations League no es una sucesión de amistosos sin consecuencias: sus resultados también intervienen en la configuración de las posiciones de partida para la Eurocopa de 2028. Disputar buena parte de la competición en una misma concentración puede favorecer a las selecciones con más alternativas en el banquillo, una circunstancia que las federaciones críticas consideran especialmente relevante.
No existe, en cualquier caso, unanimidad absoluta sobre las desventajas del sistema. Durante las conversaciones entre federaciones también se señalaron algunos beneficios, como la posibilidad de que los seleccionadores trabajen durante más tiempo con sus futbolistas. Esa circunstancia resulta especialmente importante para equipos nacionales que apenas disponen de sesiones de entrenamiento entre una convocatoria y otra. El problema es determinar si esa ventaja compensa el desgaste acumulado y las dificultades organizativas.
La UEFA se suma a una batalla que trasciende el calendario
La controversia aparece, además, en un momento especialmente delicado de las relaciones entre la FIFA y la UEFA. El organismo que preside Aleksander Ceferin ha endurecido sus exigencias sobre la gobernanza del fútbol internacional y pretende reforzar la participación de las federaciones en las decisiones que afectan al calendario.
En la reunión celebrada en Berlín, 54 de las 55 federaciones nacionales integradas en la UEFA, con Azerbaiyán como excepción, respaldaron una propuesta de reforma institucional de la FIFA. Entre sus planteamientos figura impedir que las modificaciones del calendario internacional y de las competiciones puedan adoptarse unilateralmente, mediante un sistema que exigiría acuerdos dentro de una estructura de gobierno reforzada.
Las reivindicaciones forman parte de un conflicto institucional más amplio sobre el reparto del poder en el fútbol mundial. Las federaciones europeas reclaman mayor transparencia, mecanismos de supervisión y una distribución diferente de responsabilidades dentro de la organización que encabeza Infantino. El calendario se ha convertido en uno de los terrenos donde esas diferencias resultan más visibles.
La revisión del superparón, sin embargo, no parece sencilla. El calendario internacional está aprobado hasta 2030, y modificarlo requeriría una nueva decisión de la FIFA. La intención de las federaciones críticas es que la UEFA traslade sus reclamaciones al organismo mundial, aunque por ahora no existe un compromiso oficial de recuperar las antiguas ventanas de septiembre y octubre.
Para el fútbol español, la discusión tiene implicaciones que van más allá de la selección nacional. LaLiga, los clubes que disputan competiciones europeas y los futbolistas convocados por sus países dependen de una planificación que afecta directamente a los descansos, los entrenamientos y la preparación de los encuentros. España, además, forma parte de una estructura federativa europea que busca ganar influencia sobre esas decisiones.
El primer superparón deja así una situación difícil de resolver. Volver al sistema anterior supondría recuperar dos interrupciones de las ligas; mantener el actual implica aceptar una concentración de partidos que numerosas federaciones consideran excesiva. La FIFA ha reducido las ventanas de septiembre y octubre a una sola, pero no ha conseguido que desaparezcan las tensiones entre clubes, selecciones y organismos internacionales. Y el cambio, diseñado para mantenerse durante varias temporadas, ya afronta peticiones de revisión después de su primera aplicación.






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