El Millwall-West Ham volvió a disputarse este sábado después de 14 años y el fútbol inglés tuvo que prepararse para algo más que un partido. La Policía Metropolitana recibió poderes especiales ante el riesgo de incidentes y el encuentro fue considerado de alto riesgo por la rivalidad histórica entre dos clubes separados por apenas unos kilómetros. En el césped terminó 2-2, en un partido intenso que devolvió a primer plano una enemistad que durante décadas estuvo estrechamente relacionada con el hooliganismo.

La estampa, sin embargo, fue muy diferente de la que convirtió a estos dos clubes en símbolos del fútbol violento de los años ochenta. No hubo una repetición del caos de aquella época, y la rivalidad quedó fundamentalmente dentro del campo. Pero el despliegue policial alrededor del partido recuerda que el problema nunca desapareció completamente. Simplemente cambió de dimensión y, sobre todo, de forma.

Los datos del Home Office ayudan a entender esa transformación. En la temporada 2025-26 se registraron 1.963 arrestos y otras actuaciones policiales relacionadas con partidos regulados, un 2% menos que el curso anterior. Al mismo tiempo, había 2.460 Football Banning Orders vigentes, la cifra más alta desde 2011-12. El fútbol inglés está hoy mucho más controlado que hace cuatro décadas, pero sigue necesitando mecanismos específicos para apartar a quienes generan violencia o desórdenes.

La historia, por tanto, no es la de un país que acabó con el hooliganismo gracias a una única ley o a Margaret Thatcher. Es la historia de cómo Inglaterra transformó un problema que llegó a definir su fútbol mediante legislación, vigilancia, inteligencia policial, estadios reformados y órdenes de prohibición. El resultado se nota cada fin de semana, pero el último derbi entre Millwall y West Ham demuestra que aquella cultura no ha desaparecido por completo: simplemente ya no domina el fútbol inglés.

Thatcher no acabó sola con los hooligans

En 1990, durante el debate parlamentario sobre el Taylor Report, el Gobierno reconocía expresamente que Lord Justice Taylor había concluido que “ninguna medida individual” podía derrotar al hooliganismo y que incluso un paquete de medidas necesitaría tiempo para funcionar. El Reino Unido ya había actuado contra el alcohol en los desplazamientos mediante la ley de 1985, había introducido nuevas infracciones de orden público, extendido el uso del CCTV (tecnología de videovigilancia que utiliza cámaras para capturar y transmitir imágenes a un grupo limitado y privado de pantallas o monitores)  y mejorado la recopilación de inteligencia policial.

También hubo errores. El Gobierno de Thatcher había impulsado un sistema nacional de tarjetas de identidad para aficionados, pero Taylor recomendó no seguir adelante con él. En 1990, el Ejecutivo aceptó esa recomendación y dejó el proyecto en suspenso. Es una distinción importante. La reducción del hooliganismo no fue consecuencia de una política milagrosa, sino de años de cambios acumulativos.

El estadio también derrotó al hooliganismo

El Taylor Report, publicado después de la tragedia de Hillsborough de 1989, recomendó la progresiva transformación de los estadios hacia instalaciones con localidades de asiento. Aunque aquella recomendación nació fundamentalmente de una investigación sobre seguridad y gestión de masas, coincidió con una transformación mucho mayor del fútbol inglés. El Parlamento británico ha señalado que el paso a estadios con asientos se produjo junto a nuevas políticas de gestión de aficionados y a la modernización comercial de los clubes.

El estudio gubernamental Standing at Football encontró posteriormente que el 89% de los aficionados encuestados percibía una disminución de la violencia respecto a los años ochenta. Entre los factores que los propios aficionados asociaban a esa mejora aparecían una mejor labor policial, la modernización de los estadios y el efecto disuasorio del CCTV.

La arquitectura se convirtió así en una herramienta de seguridad.  Un asiento identificado facilita saber dónde está cada persona. Los tornos informatizados registran accesos. Las cámaras permiten reconstruir lo ocurrido. Los centros de control conectan a stewards, policía y sistemas de vigilancia. El propio informe gubernamental concluye que los estadios actuales son significativamente más seguros que en la época del Taylor Report. No solo se vigiló mejor el comportamiento. También se rediseñó el espacio en el que ese comportamiento ocurría.

De perseguir a una grada a perseguir a individuos

La Football Spectators Act 1989 introdujo poderes para excluir de determinados partidos a personas condenadas por infracciones relacionadas con el fútbol. Después, la Football (Disorder) Act 2000 amplió el sistema de banning orders y permitió medidas destinadas también a impedir que determinados aficionados viajaran a partidos internacionales.

El sistema actual es todavía más preciso. Una Football Banning Order puede durar entre tres y diez años, impide acudir a partidos regulados en Reino Unido y, en determinados encuentros internacionales, puede obligar al afectado a entregar su pasaporte a la policía.

Esto cambia completamente el enfoque. En los ochenta se hablaba del problema de las masas y de las firms. El modelo contemporáneo intenta identificar, vigilar y excluir a individuos concretos. En 2025-26, West Ham tenía 121 órdenes vigentes asociadas a sus aficionados, Chelsea 86 y Manchester United 84. Pero el Home Office advierte expresamente que esas cifras no permiten calcular qué afición es proporcionalmente más problemática, porque no existe una base comparable sobre el tamaño de cada grupo de seguidores.

El problema sigue ahí, pero ya no es el mismo

En 2025-26, el 38% de las actuaciones policiales estuvo relacionado con desorden público y el 19% con conductas violentas. Pero el 17% correspondió a posesión de drogas de clase A. Además, entre los incidentes registrados en partidos aparecieron crímenes de odio, lanzamiento de objetos y pirotecnia como las categorías más frecuentes.

También ha aparecido una nueva dimensión: el fútbol fuera del estadio. El Home Office registró 405 incidentes de odio y abuso online relacionados con el fútbol durante 2025-26, frente a 234 en la temporada anterior. Las cifras incluyen conductas relacionadas con raza, nacionalidad, orientación sexual, religión o identidad de género y ya forman parte de las estadísticas oficiales. El hooliganismo clásico no ha desaparecido, pero comparte espacio con problemas que hace cuarenta años ni siquiera podían medirse de esta manera.

Hay otro dato especialmente revelador. Durante 2025-26 se registraron incidentes en 1.644 partidos de Inglaterra y Gales. En aproximadamente la mitad de los encuentros masculinos regulados se registró algún incidente, aunque el propio Home Office advierte que estos incidentes no tienen por qué constituir delitos y que la forma de registrarlos ha cambiado. De los partidos con incidentes, el 65% fueron clasificados como de baja gravedad, pero los de gravedad alta aumentaron un 50% hasta 159.

Por eso tampoco sería correcto presentar el fútbol inglés como un espacio permanentemente violento. En una temporada con alrededor de 48 millones de asistentes a partidos masculinos regulados, la tasa de arrestos y otras actuaciones fue de 4 por cada 100.000 espectadores.

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