Hay historias deportivas que dejan de pertenecer al deporte para entrar en otro territorio. La de Mauro Prosperi es una de ellas. Lo que empezó como la participación de un atleta italiano en una de las carreras más duras del mundo acabó convirtiéndose en una odisea extrema de supervivencia en pleno Sáhara, con nueve días perdido, kilómetros fuera de ruta y un cuerpo llevado al límite absoluto. Más de tres décadas después, su nombre sigue asociado a una de las historias más impactantes jamás surgidas de una competición.
Prosperi tomó la salida en la Marathon des Sables de 1994, una prueba por etapas en el desierto marroquí considerada entre las más exigentes del mundo. Durante la carrera, una tormenta de arena lo desvió del recorrido y lo dejó completamente solo, sin referencias fiables y en un entorno donde perder el rumbo equivale, casi siempre, a una sentencia. La propia historia oficial de la prueba resume que el italiano vagó durante nueve días y terminó siendo encontrado a más de 200 kilómetros de la ruta oficial.
Cuando correr dejó de importar
Lo más estremecedor del caso es que, a partir de ese momento, la carrera dejó de existir para él. Ya no corría para competir, sino para seguir vivo. En varios relatos posteriores, Prosperi explicó que trató de resistir recurriendo a cualquier recurso disponible: bebió su propia orina, chupó paños húmedos, buscó rocío, extrajo líquido de raíces y llegó a alimentarse de murciélagos y pequeños animales para no desplomarse. Son detalles que con el paso de los años han convertido su experiencia en una narración casi irreal, pero que la organización de la Marathon des Sables sigue citando como parte de uno de los episodios más recordados de su historia.
En medio de aquella deriva encontró refugio en una marabout, una pequeña construcción religiosa en el desierto. Allí pasó parte de su odisea y llegó al punto más oscuro de todo el episodio. Prosperi contó después que, convencido de que iba a morir, intentó quitarse la vida para evitar una agonía más larga. En una entrevista citada en reconstrucciones posteriores, recordó: “Estaba muy depremido, convencido de que iba a morir”. No lo consiguió porque la deshidratación había espesado tanto su sangre que apenas pudo sangrar al intentar cortarse la venas.
El desierto que casi lo mata y terminó marcándole para siempre
La historia no terminó en aquella construcción. Prosperi retomó la marcha, avanzó de noche y a primera hora de la mañana para evitar el calor, y siguió orientándose como pudo hasta encontrar rastros de vida. Finalmente apareció cerca de la frontera argelina, donde fue localizado y trasladado a un hospital. Había perdido mucho peso y su cuerpo quedó seriamente dañado por la deshidratación y el esfuerzo extremo. Distintas reconstrucciones de su caso señalan que necesitó una recuperación larga y que algunas secuelas fueron permanentes.
Sin embargo, lo más llamativo de su perfil no es solo que sobreviviera, sino la relación casi paradójica que mantuvo después con el desierto. Lejos de romper definitivamente con aquel escenario, Prosperi regresó a la Marathon des Sables en varias ocasiones. En testimonios posteriores llegó a explicar que seguía sintiendo una conexión especial con el Sáhara y dejó una frase que resume como pocas la dimensión íntima de su historia: “El Sahara salvó mi vida”.