¡Vaya leñazo que has dirigido a los aficionados a los toros, amigo Antonio, en tu artículo del pasado día 2, titulado ‘El Cordobés y Ferlosio', en la misma tanda’! Lo leo y no lo creo; me cuesta aceptar que un periodista culto y sensato como tú se atreva a juntar las letras de tantos improperios contra quienes disfrutamos con la tauromaquia. Te confieso que nunca me había sentido tan desagradablemente sorprendido; claro que nunca me habían llamado ‘maltratador, primitivo, hipócrita redomado, niño malcriado, egoísta, mentiroso, sanguinario y mostrenco’. Y todo al mismo tiempo. ¡Ojú…! La verdad es que me has dejado hecho polvo. No imaginaba yo que por disfrutar con la lidia de un toro bravo, -cuya razón de ser es justamente morir en una plaza-, por un héroe vestido de luces pudiera ser considerado una persona tan ruin como la que tú describes. No me tengo por un maltratador, Antonio, qué quieres que te diga. Ni disfruto con la tortura, ni con la sangre… Un poco mostrenco, quizá, porque reconozco que, a veces, no alcanzo a comprender el insondable misterio que encierra este juego de vida y muerte que ha encandilado a lo largo de la historia a personajes inteligentes y sensibles a los que tú desprecias de un plumazo. Comprendo que no te gusten los toros, y muchas tardes te alabo el gusto, pero lo que no puedo entender es que te conviertas en un fundamentalista que se considera en posesión de la única verdad, rezuma una visceralidad rayana en el odio y reparte derechos y vetos. Lo que no puedo entender, amigo Antonio, es que escribas desde esa atalaya de la superioridad moral que se arrogan hoy los que creen que ser antitaurino es sinónimo de calidad ciudadana. En fin, Antonio, creo que tienes derecho a tratar como persona a todo bicho viviente y, por supuesto, a ser antitaurino; y yo, no te olvides, a que no me insultes porque me gusten los toros. ‘Insultar no es libertad de expresión, sino expresión de cafres’, escribió un compañero nuestro -sin acritud, por supuesto- con motivo de una andanada animalista. Ni que decir tiene que lo de cafre no va por ti, en quien reconozco persona madura y sensible y periodista culto y sensato que, en esta ocasión, no ha estado acertado. Lo dicho, Antonio: mostrenco, te lo acepto, pero hasta ahí. En fin, que está muy bien que aborrezcas la fiesta taurina, pero nunca es tarde para respetar a quienes no piensan como tú. Ahí tienes el ejemplo de Francia: los toros están prohibidos en ese país, pero la propia ley permite que se celebren festejos donde están probadas la afición y tradición de sus habitantes. Eso es espíritu democrático; lo demás, una moda. Y mientras pasa o se instala definitivamente, preferiría no ser insultado por pertenecer a una cultura en la que el toro de lidia es protagonista de un modo de entender la belleza. (Ah, y de El Cordobés, Ferlosio y las medallas podemos hablar otro día; habría que preguntarle al complejo escritor si le molestó estar acompañado por el famoso torero. Quién sabe si en sus años mozos también dejó la máquina de escribir para ver por televisión al fenómeno de Palma de Río. Sorpresas te da la vida, Antonio, aunque es verdad que, hoy, para ser considerado hombre íntegro, respetable y de izquierdas hay que presumir de antitaurino. Como si no hubiera causas más preocupantes en este mundo, y los aficionados a los toros fuéramos -por el hecho de serlo- de derechas y malvados). (*) Antonio Lorca es periodista y ejerce desde hace años la crítica taurina en el diario El País.