Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Abanderado de lo que defendía como "urbanismo humanizado", Alfredo Sánchez Monteseirín, fallecido ayer a causa de un ictus sufrido en 2023, gobernó durante doce años una ciudad acostumbrada a mirar con recelo todo aquello que amenazara con alterar su paisaje, pero que encontró en el exregidor socialista una vía hacia la modernización de la capital andaluza.
Su apuesta no consistía en renunciar a la esencia de la ciudad, sino en demostrar que Sevilla podía conservarla y, al mismo tiempo, cambiar hacia la mejora de la comunicación en la capital. Una idea que exigió algo más que proyectos y presupuestos. Los proyectos necesitaron una buena dosis de convicción política y esa “cabezonería” que quienes le conocieron atribuían a su carácter. Monteseirín quería hacer ciudad, aunque algunas de sus decisiones despertaran críticas y se convirtieran en munición para sus adversarios.
Hoy nos parecería impensable volver a recordar una Avenida de la Constitución llena de vehículos, pero en aquel entonces su peatonalización un gran pulso político, generó una gran controversia. Monteseirín seguía en su camino y advertía, muy bien encaminado, que “los que hoy nos critican, mañana nos darán la razón”. El mismo razonamiento defendió cuando llegaron las críticas por la peatonalización de San Jacinto, en Triana.
El alcalde recordó precisamente la experiencia de la avenida de la Constitución y sostuvo que sus detractores acabaron reconociendo que “mereció la pena”. Su propósito, explicó, era “humanizar el barrio, trianizar Triana, para que deje de ser una mera carretera de paso y se convierta en un lugar donde se pueda pasear a pie o en bici”. En 2026, la peatonalización de San Jacinto forma parte de la normalidad urbana de Triana. La discusión de entonces permite entender una de las constantes de su etapa. Parecía que Monteseirí sabía bien que en el futuro, los sevillanos terminarían asumiendo estos cambios como un gran triunfo para la rutina y la movilidad de la ciudad.
El famoso carril bici fue otro frente de aquella transformación, de aquella idea de ciudad a la que el exregidor quería llegar. La expansión de los carriles bici y la implantación de Sevici se toparon con burlas y críticas de quienes reducían la movilidad ciclista a una moda minoritaria, incluso asociada despectivamente a los “perroflautas”. Monteseirín defendió una alternativa al protagonismo del automóvil y Sevilla desarrolló una red ciclista que se convirtió en referencia para otras ciudades. Lo que algunos presentaban como una excentricidad pasó a formar parte de la movilidad cotidiana que incluso hoy día sigue suponiendo un gran avance ecologista y urbanístico para la conexión en el área metropolitana.
Topó igualmente Monteseirín con numerosas oposiciones para la creación de las Setas de la Encarnación, hoy uno de los espacios más reconocibles y transitados de la capital y que vuelve a poner de manifiesto esa tensión entre la sevilla más tradicional y la que abre paso a una nueva forma de entender la ciudad. El proyecto de Metropol Parasol, diseñado por el arquitecto Jürgen Mayer, recibió críticas por su escala, su coste y su encaje en el centro histórico. Las excavaciones, además, sacaron a la luz restos arqueológicos que terminaron integrándose en el Antiquarium. La obra fue polémica, pero el tiempo convirtió aquella estructura discutida en parte del perfil contemporáneo de Sevilla. Y el tiempo volvió a dar la razón al exregidor sevillano.
La Torre Pelli fue otro de sus proyectos que también simbolizó el deseo de proyectar una imagen distinta de la ciudad. Su altura y su arquitectura provocaron oposición y reavivaron el debate sobre los límites de la modernización en una capital identificada internacionalmente con su patrimonio histórico. A ello se sumaron la renovación de la Alameda de Hércules, la transformación de espacios públicos y las actuaciones en los barrios, dentro de una concepción que aspiraba a situar a las personas —y no únicamente a los vehículos— en el centro del diseño urbano.
Monteseirín tuvo que gobernar frente a una idea de la ciudad que, en ocasiones, confundía la defensa de sus tradiciones con la obligación de mantener intacto su paisaje. Su apuesta pasaba por respetar la historia sin convertirla en una barrera para el futuro. Su legado obliga a preguntarse cuánto de lo que hoy se considera inseparable de la ciudad fue, en su momento, una idea discutida que necesitó de alguien dispuesto a defenderla. Monteseirín solía resumir esa experiencia con una frase que el tiempo ha convertido en una suerte de explicación de su manera de entender la política: “Un conservador es alguien que te da la razón diez años después”.
Y cuando recordaba las críticas, los obstáculos y los proyectos que logró sacar adelante, volvía a la misma conclusión. No porque todas sus decisiones fueran indiscutibles, sino porque estaba convencido de que una ciudad no puede avanzar si el miedo a cambiar pesa más que la voluntad de mejorarla. La frase con la que resumió aquella etapa fue también su balance personal, su marca de identidad y con la que nos quedaremos de su paso por la ciudad de Sevilla: “Mereció la pena”.




Comentarios
Solo los socios pueden comentar.
Únete a la comunidad de El Plural para participar en la conversación.