Esta foto la hizo mi hermana Esther en 1984. Nanda sentada con mis padres en un jardín. Trabajaba ya de enfermera y en su coche nuevo se los llevó a hacer turismo  a Portugal, para romperles la rutina que la enfermedad de mi padre había establecido en sus vidas y  lo pasaron muy bien.

Nuestros recuerdos suelen ser siempre corales como si estuvieran apretados en nuestro cerebro con miedo a perderlos, solo cuando ocurre algo que rompe la normalidad como la muerte de un ser querido, nos obliga a separar los recuerdos para ubicar al que falta como protagonista, pues antes entonces no habíamos sido conscientes de que el ausente siempre estaba, aunque no nos dábamos cuenta. En la mayoría de las fotos que guardo, Nanda estaba como todos, en el grupo, sin embargo en esta foto ella es la protagonista y por eso la destaco.  

El dolor que sentimos por su ausencia repentina no tiene ningún sentido trascendente para mí, es solo algo que deseo que pase cuanto antes a ser solo un recuerdo de forma que pueda ubicarlo en la memoria donde menos estorbe. Yo solo quiero recordarla viva y viviendo con nosotros, no quiero que su muerte sea el recuerdo que guarde de ella.

Cuando murió mi hermano José María, todos lo sufrimos y aún hoy somos incapaces de hablar de él sin emocionarnos, pero lo de mi madre fue muy especial, pues entró en un desconsuelo absoluto impropio de quién siempre había llevado con mesura los golpes de la vida. No se podía estar con ella pues casi me parecía que hubiera preferido que el muerto hubiera sido otro, no "su" José María y la cosa tenía su lógica, pues sin duda en la larga enfermedad de mi padre él fue un apoyo imprescindible, aparte de que sin duda siempre había sido su niño favorito, lugar que cuando faltó ocupó mi hermano pequeño Javier. Un día, no pudiendo soportar más que no disfrutara ni de sus nietos, ni siquiera de mi hija Lucía con la que había convivido muchas horas en sus primeros años, me enfadé  y le dije muy serio que no era justo que faltando solo uno de nosotros, los demás no pudiéramos tener su cariño. No sé si fue por mis palabras, pero la cosa fue cambiando a mejor.

Los muertos no pueden impedirnos vivir nuestra vida, no es justo con ellos hacerlos responsables de nuestra amargura; desde luego Nanda no lo querría asi y mucho menos para sus compañeros, pacientes, amigos y familiares. Guardemos de ella el bonito recuerdo de su vida con nosotros, no el de su muerte repentina y recuperemos pronto la normalidad que será, como ahora es todo, una nueva normalidad conservando la emoción de su recuerdo para siempre.

Tenemos mucha vida para compartir, no la desaprovechemos.

(*) Profesor jubilado de Educación mediática de la Universidad de Córdoba.