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El científico al que atravesó un rayo de protones

Mar, 2 Mayo 2017

Lo hemos visto mil veces en las pelis del espacio, En Star Wars estamos hartos de ver cómo los soldados imperiales son atravesados por rayos que les dejan fuera de combate. Es cierto que en menos ocasiones vemos que eso les suceda a los malos. Pero es otra cuestión. Aquí vamos a hablar de qué pasa de verdad cuando te atraviesa un rayo de protones.

Un rayo a la velocidad de la luz

Porque sí. Hay un ser humano al que un rayo de protones le atravesó. Y nada menos que la cabeza. Anatoli Bugorski realizaba su tesis doctoral en el acelerador de partículas soviético conocido como Sincrotón U-70. Un buen día de julio de 1978 andaba haciendo labores de mantenimiento. Metió la cabeza en el tubo y resultó que alguien no había apagado bien la maquinita. Como resultado, un haz de protones le atravesó la cabeza a la velocidad de la luz.

Bugorski parece que se lo tomó con deportividad. No es para menos, dado que los científicos que le rodeaban no daban un rublo por su vida. “Vi un flash más brillante que mil soles”, declaró. El flash contenía nada menos que 228.100 roetgen o 2000 gray. Eso cuando entró por su nariz. Cuando salió, había aumentado hasta los 3000 gray o 342.000 roetgen.

Bugorski el afortunado

Para que os hagáis una idea, 6 gray, o 600 roetgen, matan a una persona en cuestión de minutos. Pero Bugorski sobrevivió. La razón probable es que la radiación que recibió fue extraordinariamente concentrada, no dispersa como la que se extendió en Chernobil, por ejemplo.

Tampoco es que Bugorski saliera de la experiencia con un leve dolor de cabeza. Inmediatamente su lado izquierdo se hinchó y en la parte posterior de la cabeza sufrió graves quemaduras. Además, todo su lado izquierdo quedó paralizado a causa de los daños cerebrales. Comenzó a sufrir crisis de epilepsia y también sufrió daños en el oído interno.

Pero sus capacidades intelectuales quedaron intactas. Pudo acabar su doctorado, comenzar a trabajar como investigador en física. Se casó y tuvo un hijo. Aún vive, aunque ya no habla del accidente. Sin duda herencia del secretismo con el que la Unión Soviética trató aquel suceso.