A sus 67 años, Madonna vuelve a situarse en el centro del debate cultural con una campaña que incomoda, provoca y rompe una de las reglas más rígidas de la industria del perfume: la obsesión por la eterna juventud. La artista es la protagonista absoluta de la nueva campaña de The One de Dolce & Gabbana, una propuesta cargada de sexualidad explícita, poder simbólico y narrativa adulta que cuestiona frontalmente cómo se representa el deseo femenino en el lujo contemporáneo.
No es habitual que una fragancia icónica apueste por una mujer que ha atravesado décadas de exposición pública, transformación y controversia. Mucho menos que lo haga desde una puesta en escena donde el erotismo, el control y el juego de poder no se esconden, sino que se exhiben con intención. Acompañada por el actor Alberto Guerra, Madonna protagoniza una historia visual dirigida por Mert Alas que se mueve entre el fetichismo elegante, la teatralidad y una tensión sexual consciente, donde ella conserva siempre la batuta narrativa.

La elección no es casual. Dolce&Gabbana mantiene con Madonna una relación creativa y personal que se remonta a finales de los años ochenta, cuando la cantante ya era un icono global y la firma daba sus primeros pasos. Desde entonces, la conexión entre ambas partes ha estado marcada por una visión compartida: romper normas, incomodar al sistema y defender una estética donde el sexo, la identidad y el carácter son inseparables. Esta campaña no es una colaboración puntual, sino la culminación lógica de una alianza basada en la pasión creativa y la ausencia de miedo al juicio externo.
En un contexto donde el sexo ha desaparecido progresivamente del mainstream cultural, sustituido por discursos asépticos o por una hipersexualización vacía en otros formatos, la campaña de The One actúa como una anomalía poderosa. Aquí no hay juventud impostada ni deseo domesticado. Hay una mujer adulta, consciente de su cuerpo, de su imagen y de su historia, utilizando la sensualidad como lenguaje de autoridad y no como objeto de consumo pasivo.
El movimiento resulta aún más significativo si se observa el mercado real. La mujer madura es hoy el principal motor de crecimiento en perfumería y cosmética, pero sigue estando prácticamente ausente de las narrativas publicitarias. Mientras los datos económicos apuntan a su peso decisivo en el consumo global, la comunicación del sector insiste en rostros cada vez más jóvenes. Frente a ese desajuste, Madonna aparece como un recordatorio incómodo: el deseo no caduca y la belleza no es una cuestión de edad, sino de energía, presencia e inteligencia emocional.
Además, la campaña se inscribe en una tradición histórica donde el perfume y el erotismo siempre han ido de la mano. Desde los orígenes rituales de las fragancias hasta los grandes escándalos publicitarios del siglo XX, el aroma ha funcionado como vehículo de atracción, transgresión y fantasía. Lo que cambia ahora es el punto de vista: por primera vez en mucho tiempo, el deseo no se articula desde una mirada masculina dominante, sino desde una figura femenina que controla el relato y se presenta como sujeto activo.
Con The One, Dolce&Gabbana no solo reactiva una de sus fragancias más emblemáticas. Lanza un mensaje claro al sector del lujo: la sensualidad adulta, lejos de ser un riesgo, es una oportunidad cultural y comercial aún por explorar. Y Madonna, una vez más, demuestra que su verdadero poder no está en provocar por provocar, sino en obligar a la industria —y al público— a replantearse sus propias limitaciones.