El pop vive de la imagen, pero también de sus tensiones. La cantante M.I.A. ha desatado una inesperada polémica al cuestionar públicamente la reciente estética espiritual de Rosalía, abriendo un debate que va mucho más allá de un editorial de moda y que toca un tema recurrente en la industria: dónde termina la influencia y dónde empieza la apropiación.


Todo comenzó tras la aparición de la artista catalana en un editorial de primavera para Vogue, donde su imaginería visual se acercaba a códigos religiosos y simbólicos. Poco después, M.I.A. compartió en redes imágenes propias de años anteriores con vestimentas similares y afirmó que la industria musical tiende a construir “nuevos referentes” mientras deja fuera a quienes, según ella, iniciaron esas narrativas.


La autora de ‘Paper Planes’ vinculó la cuestión a su conversión religiosa, defendiendo que su iconografía no responde a una estética pasajera sino a una vivencia personal que condicionó su carrera. En varios mensajes, aseguró haber sufrido rechazo mediático tras hacer pública su fe y sostuvo que podría demostrarlo. Desde su punto de vista, la crítica no se centra en Rosalía como artista individual, sino en el aparato creativo que rodea a las grandes estrellas del pop.

La catalana, por su parte, ha optado por el silencio. Y el silencio, en el contexto digital actual, también comunica. Rosalía nunca ha ocultado su admiración por M.I.A.; de hecho, la menciona en ‘Bulerías’ y ambas coincidieron en directo durante el Motomami Tour en Los Ángeles en 2022. Aquella imagen fue interpretada como un gesto de respeto generacional. Hoy, la lectura es distinta.


Parte del público defiende que la simbología religiosa pertenece a un imaginario cultural colectivo, especialmente en el contexto español, donde procesiones, iconografía barroca y tradición conviven con la cultura popular. Otros consideran que el debate revela algo más profundo: la ansiedad del pop contemporáneo por encontrar autenticidad en una industria que recicla constantemente códigos visuales.

No es la primera vez que M.I.A. denuncia sentirse desplazada. En ocasiones anteriores ya ha criticado la falta de reconocimiento hacia su influencia en el mainstream. Esta vez, sin embargo, la conversación abandona el terreno musical para entrar en lo simbólico, donde las fronteras son más difusas.

Al final, la pregunta permanece abierta. Los símbolos religiosos existen desde hace siglos y han sido reinterpretados por artistas de todas las disciplinas. ¿Puede alguien reclamar su propiedad dentro del pop global? ¿O la cultura visual actual funciona precisamente porque todo se mezcla, se adapta y se reinterpreta?

Mientras la discusión crece en redes, una conclusión parece clara: en la era digital, las polémicas no solo generan opiniones. También construyen narrativa. Y en el pop, la narrativa casi siempre termina siendo parte del espectáculo.