Vivimos en la era del like, de la exposición continua y de la sensación de que todo debe compartirse para existir. Las redes sociales se han convertido en una extensión de la vida cotidiana: mostramos lo que comemos, lo que compramos, a dónde viajamos, cómo nos sentimos o incluso cómo creemos que deberíamos vernos ante los demás. En ese gesto aparentemente inofensivo, muchas veces se diluye algo esencial: la intimidad.

Cuando todo es visible, todo se vuelve opinable. Comentarios, comparaciones y juicios ajenos pasan a formar parte de la experiencia personal. La consecuencia no siempre es inmediata, pero sí profunda. La ansiedad difusa, el mal descanso o la irritabilidad creciente no aparecen de la nada: surgen de vivir permanentemente expuestos.

El móvil ya no es una herramienta, es una presencia constante. Acompaña despertares, comidas, silencios e incluso el descanso. Para muchas personas, dejarlo a un lado genera incomodidad. Aparece el miedo a perderse algo, a quedar fuera de la conversación colectiva, a desconectarse de esa urgencia continua que funciona como un estímulo adictivo. La pregunta entonces es inevitable: ¿qué estamos perdiendo cuando nunca nos desconectamos? Probablemente el presente.

Incluso el ocio ha cambiado. Planeamos escapadas para descansar, esperamos un viaje durante meses, pero al llegar la atención se desplaza hacia la imagen perfecta. Tomamos la foto, subimos la historia, esperamos la reacción. Lo que podría haber sido una experiencia vivida se transforma en contenido. El recuerdo deja de ser interno para depender de la validación externa.

No se trata de rechazar la tecnología. Las redes pueden ser espacios de comunidad, inspiración y aprendizaje. El problema aparece cuando la aprobación exterior sustituye a la percepción propia. Cuando la valoración de otros pesa más que la experiencia personal, la voz interna pierde fuerza. Entonces llega el cansancio emocional: una sensación de saturación difícil de explicar.

Algo, sin embargo, parece estar cambiando. Empieza a valorarse lo imperfecto, lo espontáneo, lo no editado. Creadores y usuarios muestran pausas, procesos y contradicciones. El silencio comienza a recuperar sentido. No todo necesita ser documentado.

Cuidar la salud mental no implica desaparecer de internet, sino habitarlo con conciencia. Recuperar momentos privados, espacios sin cámara, emociones sin espectadores. Elegir cuándo compartir y cuándo simplemente vivir.

Quizá el verdadero lujo contemporáneo no sea mostrarlo todo, sino volver a habitar la propia vida con presencia. Porque la experiencia sigue teniendo valor incluso cuando nadie la está mirando.