El Papa León XIV aterrizó en España con quince minutos de antelación para iniciar la protocolaria bienvenida a un jefe de Estado. Sus primeras horas en Madrid dejaron algo más que una imagen institucional en el Palacio Real. La recepción oficial fue el termómetro del tono político y moral de una visita con tintes históricos que por el momento a nadie ha defraudado. Sorprendió el rey Felipe VI dando voz – por primera vez – a las heridas más sensibles para la Iglesia Católica – los abusos sexuales -, mientras que el Sumo Pontífice recogió el testigo del monarca entonando un salmo contra la polarización, los muros y las simplificaciones narrativas que convierten al adversario en enemigo.

El Salón de Columnas, escenario reservado para las grandes ocasiones, acogió el primer intercambio discursivo de la visita tras el protocolario besamanos. Ante miembros del Gobierno, representantes de los poderes del Estado, el cuerpo diplomático, un sinfín de cargos políticos de diversos signos y ante el propio Prevost, Felipe VI abrió una intervención de tono solemne y cuidadosamente medida, en la que combinó el reconocimiento a la labor social de la Iglesia con referencias directas – y explícitas – al “dolor causado” por los casos de abusos sexuales en su seno. No fue una alusión lateral, sino que ubicó la cuestión en el centro ético del arranque de la visita papal.

Lo hizo tras percutir en la “enorme labor social” de la institución, canalizada a través de religiosos, sacerdotes, diáconos, feligreses implicados en la rutina parroquial, voluntarios en residencias, albergues y otros centros de acogida, además de sus misioneros. Pero inmediatamente después marcó la pauta, pues entiende que “no puede haber mayor contraste” que el “dolor causado” por la extensa lista de causas de pederastia. El monarca subrayó, eso sí, que éstos “ni son ni pueden ser representativos” de la totalidad de la comunidad eclesial, pero no eludió la gravedad de una herida abierta y durante décadas sepultada por el peso del tabú y la censura.

Escucha y reparación

La referencia cobraba especial peso en una visita que contará a su vez con un encuentro del Papa con víctimas de abusos. De ahí se desprende el agradecimiento directo del jefe del Estado español a León XIV por su “claridad y firmeza” para acabar con la gran mácula de la Iglesia Católica. Cualidades – proseguía Felipe VI – que son “esenciales” para el proceso de reparación del daño infligido. “Lo son para las víctimas, para los fieles, para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto”, abrochó el monarca, englobando esa tarea reparadora al conjunto del catolicismo.

Si bien León XIV tuvo unas palabras sobre los casos de pederastia durante su vuelo a Madrid, obvió abordar tal cuestión en su primer discurso como Pontífice en España. Su intervención, sin embargo, sí se movió en un terreno compatible con la idea que lanzó Felipe VI de reparación; aunque orientada hacia la reconciliación, la verdad, la escucha y especialmente el abandono de toda narrativa identitaria. Relatos, en resumen, que ponen en peligro la convivencia al convertir al adversario ideológico en un enemigo. Sin nombres propios, pero con una carga política evidente, advirtió contra la tentación de ganar popularidad “avivando la llama de las polarizaciones”.

Así, el primer bloque fue para un Felipe VI que desató los nudos del encorsetado discurso protocolario, en busca del complejo equilibrio entre el reconocimiento del papel histórico de la Iglesia sin eludir sus sombras históricas. Su mención explícita a los casos de pederastia se convirtió en uno de los momentos más significativos del primer acto institucional del Papa en Madrid, profundizando en el dolor y en la firmeza en esa labor de reparación, insertándolo en un razonamiento más amplio sobre la necesidad de preservar la dignidad humana, los derechos, la legalidad internacional y los valores democráticos en una época en la que se da por buena la postura del “todo vale”.

Pero no es así. Al menos así lo clarificó el monarca en la segunda parte de su discurso, donde alertó contra la idea de que cualquier cosa puede ser admisible, negociable o justificable cuando la actualidad impone su ritmo. Una tesis que aderezó con metáforas matemáticas como guiño al pasado universitario del Sumo Pontífice y que le dio pie a introducir más alegorías enfocadas a la “aritmética de la libertad, la igualdad y la justicia; la que suma y multiplica, no la que resta y divide”. Un hilo del que tiró después el aludido, aunque desde otra perspectiva. La intervención de Prevost construyó el escenario de la reconciliación como eje troncal de su visita, expresando su deseo de que permee entre las “distintas fuerzas de esta nación”.

A partir de ahí, aludió al mantra de la cultura del esfuerzo frente a la del enfrentamiento, sosteniendo que la historia de España demuestra que la estabilidad y la prosperidad no tienen a la división como padre, sino al diálogo. Por ello exhibió una postura más vehemente cuando alentó a salir de trincheras “polarizantes”, rompiendo una lanza en favor de la “apreciación fecunda de la complejidad” frente a relatos que simplifican. En su diagnóstico, el miedo a lo desconocido puede oscurecer la razón y desatar la violencia de las emociones. Así pues, reclamó cultura, interioridad, educación libre y de calidad, y una vida pública capaz de intuir “la luz” en momentos de “oscuridad”.

De nuevo, la Inteligencia Artificial

Su Magnífica Humanitas – primera encíclica de su Papado – sorprendió al mundo con nutritivas reflexiones sobre la Inteligencia Artificial, una de las grandes incógnitas de nuestro tiempo. Felipe VI no desaprovechó la oportunidad de abordar tales pensamientos en su discurso, convergiendo no sólo en el marco narrativo sino también con las palabras posteriores del Sumo Pontífice. El rey elogió su primera carta, presentándola como un texto “humanista” que se aleja de una visión catastrofista. Resaltó su cariz de esperanza sobre el ser humano, percutiendo en que la inteligencia artificial no puede convertirse en monopolio de unos pocos ni tampoco ser un elemento de exclusión en la toma de decisiones.

A su modo de ver, las palabras del Papa invitan a sustituir el miedo por un conocimiento compartido de los riesgos y potencialidades de esta nueva realidad. En un mundo sobresaturado de mensajes y datos, asume la empatía, la comprensión y la escucha como elementos imprescindibles. Recordó también al antecesor de Prevost, Francisco I, por su insistencia en saber escucha, como aperitivo de una reflexión con mayor carga interna. La paradoja, dijo, es que en plena era de la interconexión se esté perdiendo esa capacidad o, al menos, esa paciencia para entender.

León XIV advirtió entonces de que las nuevas tecnologías se han convertido en un “entorno artificial” donde se ponen a prueba las opciones fundamentales; un espacio donde los prejuicios se sobredimensionan, el pensamiento crítico se debilita y determinados intereses siembran “pulsiones de muerte”. Primeros pasos para escenificar una llamada a orientar sus usos hacia el bien común, con recordatorio para los responsables políticos, económicos e institucionales, que son quienes – a su entender – han de virar el volante en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad, la investigación, las comunidades locales y la sociedad civil.

La paz, al igual que en su encíclica, fue otro de los lugares comunes que compartieron en el Salón de Columnas. Felipe VI cerró su discurso apelando a la unidad como “vehículo e instrumento para la paz”. León XIV fue más concreto y dejó una de las frases más contundentes de su intervención: la seguridad no procede de “las armas y los muros”, sino de aprender a avanzar junto al otro, “codo con codo”. La frase resonó en un contexto internacional marcado por conflictos y tentaciones de repliegue.

El Papa recurrió además a la historia de la Península Ibérica para recordar que la presencia del islam no solo produjo confrontación, sino también espacios de diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos. La referencia le sirvió para defender que la convivencia no se construye negando la complejidad, sino aceptándola. Y cerró ese tramo agradeciendo a España su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, así como su compromiso con la paz y la solidaridad entre los pueblos.

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