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El invierno dispara el consumo eléctrico de los hogares, pero la mayor parte del sobrecoste no viene de consumir más, sino de tener contratada una tarifa que no encaja con cómo se usa la casa.
Cada otoño se repite la misma escena: llega la primera factura con la calefacción en marcha, el importe se dispara y el usuario asume que no hay nada que hacer. En realidad, buena parte de ese salto no depende del consumo, sino de tres decisiones que se tomaron el día que se firmó el contrato y que casi nadie ha revisado desde entonces.
La potencia contratada: se paga esté o no esté usándose
El término de potencia se abona todos los días del año, haya luz encendida o no. Es habitual encontrar viviendas con una potencia heredada del anterior inquilino o del propietario, muy por encima de lo que el hogar necesita. Ajustarla a la baja no requiere obra, solo un trámite con la distribuidora, y el ahorro es automático y permanente. El riesgo de quedarse corto es que salten los plomos, así que conviene hacer el cálculo con los electrodomésticos que de verdad coinciden a la vez.
Fija o indexada: no es cuestión de suerte, es de perfil
La tarifa indexada sigue el precio mayorista hora a hora. Sale bien cuando el mercado está tranquilo y se puede desplazar el consumo a las horas valle, y castiga cuando hay picos, que es precisamente lo que suele pasar en los meses fríos. La tarifa fija cierra un precio durante un periodo y ofrece algo que en invierno vale dinero: saber de antemano lo que se va a pagar. Para un hogar que no puede mover su consumo —niños, teletrabajo, calefacción eléctrica por la tarde—, la previsibilidad de la fija suele compensar.
La discriminación horaria solo sirve si se usa
Contratar una tarifa con tramos horarios y seguir poniendo la lavadora a las siete de la tarde es pagar por una ventaja que no se aprovecha. Antes de elegirla conviene mirar honestamente si el hogar puede desplazar lavadora, lavavajillas, termo o carga del coche eléctrico a la franja barata.
Por qué cuesta tanto comparar
El problema no es la falta de ofertas, sino el exceso. Hay decenas de comercializadoras en el mercado español y cada una publica sus precios con una estructura distinta, con descuentos de bienvenida que caducan, permanencias y servicios añadidos que inflan el recibo. Comparar de verdad exige poner todas las ofertas en la misma unidad de medida y aplicarlas al consumo real de la vivienda, no al consumo medio de un hogar tipo.
Es el trabajo que hacen las asesorías energéticas independientes. Alianza Energética, con sede en A Coruña y servicio en toda España, trabaja con dieciséis comercializadoras —entre ellas Endesa, Iberdrola, Naturgy, Plenitude, Axpo Iberia, Gana Energía, Imagina Energía, Eleia, Visalia, Ignis, ODF Energía, Unieléctrica, Max Energía, ADX Energía, Nordy y Enérgya VM— y parte siempre de la factura del cliente: con el consumo real sobre la mesa se cruzan las ofertas disponibles y se ve cuál sale mejor en ese caso concreto. Su criterio es claro: si el cambio no supone al menos 50 euros de ahorro al año, recomiendan quedarse donde se está. Quien quiera hacerlo por su cuenta puede empezar revisando las mejores tarifas de luz del momento.
El paso siguiente: dejar de depender del precio
Optimizar la tarifa tiene un techo. Para quien vive en vivienda unifamiliar y tiene cubierta disponible, el autoconsumo fotovoltaico cambia la ecuación: en lugar de buscar el kilovatio más barato, se produce una parte del que se consume. Las subvenciones autonómicas y la bonificación del IBI que aplican muchos ayuntamientos acortan el plazo de amortización, aunque la decisión depende de la orientación del tejado, del consumo diurno y del presupuesto. Antes de pedir presupuestos conviene tener una idea realista de cuánto cuesta instalar placas solares según el tamaño de la instalación.
Revisar la potencia, elegir el tipo de tarifa con criterio y comparar con la factura real en la mano no requiere conocimientos técnicos. Requiere una tarde. Y el ahorro se nota todos los meses del año, no solo en invierno.
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