Social

21 días en la acampada de Sol

Sobre la limpieza, el Día de la Hispanidad y ¿el fin de la acampada?

21 días en la acampada de Sol

He estado en la acampada de Sol poco, pero lo poco que he estado, gracias a mi trabajo, he podido hablar con mucha gente y escuchar diferentes tipos de opiniones sobre un tema común que nos atañe a todos, que es el descontento general que hay con un Gobierno que no hizo lo que prometió y unos gobernantes que van en pro de las élites en vez del pueblo. En ese tiempo que ha transcurrido, lo que empezó como una protesta improvisada se ha convertido en una pequeña ciudad donde “hay comisiones prácticamente de todo tipo”, me explica Juan Luis Sánchez, portavoz y enlace entre los grupos de trabajo. Está Pulmón, que se encarga de la comida y el agua, y también limpieza, legal, cuidados y comunicación. Todo para que “esta micro sociedad que estamos creando sea funcional y sea diversa”. Uno de los enfermeros me cuenta que lo que más atienden son golpes y agresiones de la policía, y que su prioridad es proteger a cualquiera, “sea de izquierdas o sea de derechas”. Conflictos hay, y nadie lo esconde: “En una sociedad de 4.000 o 5.000 personas, lógicamente tiene que haberlos.

Cuando el Sindicato de Inquilinas se fue, la acampada intentó seguir de forma autónoma, pero con los días “se ha ido degenerando”: se ha colado gente que viene a liarla. Él y otros querían plantear en asamblea una desacampada propia. “Es mejor irnos con la mayor dignidad posible”, dice, antes de que la acampada se use en contra de para lo que fue creada y que, al final, se le de la razón a los partidos de derechas que desde el principio la están denigrando.

Lo mismo defiende un activista en redes que acampa desde la primera noche diciendo que toda acampada es una cuenta atrás y, si se estira, acaba formando parte del paisaje y que propone llevar esa energía a los comités de barrio para preparar la huelga general, porque el éxito de una acampada no se mide por cuánto dura, sino por cuánta organización deja detrás, en este caso, lo conseguido es haber convocado una huelga general para el 11 de noviembre, apoyada por los sindicatos mayoritarios y que no se hacía desde hace quince años, en el 2012.

El 12 de octubre, día de la Hispanidad, puso a prueba a la acampada y a sus acampados de una manera vertiginosa, ya que grupos de extrema derecha, y muchos de ellos personas muy jóvenes, se plantaron frente a las tiendas con saludos fascistas y cánticos del Cara al Sol. Los acampados formaron una cadena humana pacífica y la Policía montó un cordón sin represión ni consecuencia contra aquellos que alzaban el brazo derecho recordando el saludo por excelencia de la época franquista. Nadie de la acampada fue a interrumpir el acto de la Fiesta Nacional y, sin embargo, “nos escupieron, fue superagresivo”, recuerda una de las personas acampadas, que aun así se queda con el intento de acercarse a los que llegaban y reflexiona admitiendo que “no quiero que me odien, no quiero odiarles”. Al día siguiente, la periodista Silvia Intxaurrondo pidió no culpar a los jóvenes de una tarea que no han hecho los adultos.

Por mi mente pasa todo el rato lo que está sucediendo en Francia y, espero que no, que aquí parece que si no se consigue algo, puede llegar al mismo término. Allí, las protestas estudiantiles contra los recortes empezaron en septiembre y no han dejado de crecer. El sábado 17 de octubre salieron a la calle 550.000 personas según el Gobierno y más de 800.000 según los convocantes. Sí que hubo saqueos, se quemaron edificios públicos como el ayuntamiento de Limoges y hubo cerca de 2.400 detenidos y, al día siguiente, Macron culpó a extremistas de la extrema izquierda, y Marine Le Pen también apuntó a la extrema izquierda y a Mélenchon. Vi a una chica joven francesa que lo resumía en redes con mucha ironía, reflexionando acerca de que la inmensa mayoría de personas se manifestó en paz, pero que ahora solo se habla de los casseurs, una minoría que ha confundido la revolución con el Black Friday y que le ha hecho el trabajo gratis a la extrema derecha, y nos recuerda que si vamos a condenar la violencia, también hay que condenar la violencia de la policía sobre los manifestantes. 

Me pregunto, de manera casi desesperada porque no estoy acostumbrado a vivir un ambiente político como el que nos rodea, cómo quienes mandan son capaces de apretar tanto a su población, sin darle lo que necesita, hasta que se queman las ciudades y luego les culpan por quemarlas. No digo que aquí estemos quemando nada; la acampada ha demostrado lo contrario, pero sí digo que podría acabar así si nuestros gobernantes no hacen nada. Los dos decretos de vivienda nacidos del caso Maricarmen cayeron en el Congreso con los votos en contra de PP, Vox, Junts y UPN y, otra vez, la culpa es del pueblo o así me hace ver y sentir la querida presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que no quiere ver el descontento de una parte de su población y, no solo no quiere verlo, sino que lo ve y lo desprecia. Llama “mamarrachos” a los acampados y dijo que no trabajan ni pagan impuestos, cuando entre ellos hay trabajadores que duermen en Sol antes de ir a su empleo; llama ‘coro rociero’ y ‘violentos’ a los profesores de la pública en huelga y, cuando la prensa le pregunta por los 6,3 millones de dinero público gastados en un ático, responde con un “chao, pescao”. ¡Es de sketch de Muchachada Nui! O sea, que una figura pública y política recurra a estas denigraciones para referirse a su pueblo lo dice todo, porque solo le interesa la parte de la población que piensa como ella; la otra le sobra. Vamos, que no quiere gobernar para la Comunidad de Madrid, sino para una parte de ella y, personalmente, me da suma vergüenza tener una representante así. Sobre todo cuando veo una izquierda que argumenta con datos reales y luego a una derecha ejerciendo bullying con discursos populistas que se caen porque sus propias palabras se contradicen con discursos anteriores.

Antes de irme, alguien que ya no es joven, pero que se pone del lado de los jóvenes, resume el fondo de todo esto. Habla de mayores que viven en cuartos pisos sin ascensor y no pueden bajar a la calle, de gente que, tras separarse, vuelve a casa de sus padres y de pisos de 300.000, 400.000 o 500.000 euros. “Si no tienes vivienda, no tienes nada. No puedes crecer como persona”. Y detrás vienen las pensiones, la sanidad y la educación, obvio, porque la vivienda ha sido la gota que colma el vaso. Termina con una frase que repite desde hace años: “El día que la juventud se levante, arde Troya”. No como una amenaza, sino como una advertencia. Ese fuego puede ser una huelga general que pare el país el 11 de noviembre, organizada barrio a barrio, o puede ser el de Francia, si quienes tienen que escuchar siguen sin hacerlo.

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