Stranger Things se estrenó en 2016 sin demasiado presupuesto, por lo que nadie imaginaba que pasaría a ser uno de los mayores fenómenos culturales de los últimos años. Una serie sobre niños aplicando sus conocimientos en partidas de rol contra criaturas de otra dimensión... Lo que parecía una carta de amor al cine de aventuras y terror de los ochenta terminó redefiniendo cómo una nueva generación se relaciona con esa década.
Los hermanos Duffer tenían claro qué elementos de la época debían aparecer: walkie-talkies, sintetizadores, salas recreativas, bicicletas, suburbios... No obstante, el encanto de la serie no está en la nostalgia ni en una estética concreta, sino en cómo utiliza ese imaginario para hablar de algo universal: el dejar de ser niños. Una comparación muy acertada es la que define Stranger Things como The Goonies en el universo de Stephen King. Un coming of age que emplea los monstruos como metáfora de la adultez.
La última temporada, aunque irregular y muy discutida, funciona desde lo puramente emocional. No solo se cierran tramas, también las relaciones entre los personajes, incluida la que el espectador ha construido con estos. Eleven, Mike, Dustin, Lucas, Max o Steve no son meras figuras televisivas, se han convertido en compañeros de viaje. Y despedirse de ellos implica aceptar que una etapa también se acaba para nosotros. Por eso las conversaciones sobre un futuro incierto, las promesas de mantener el contacto y el miedo de dar el paso a la adultez, son lo que más nos remueve como espectadores.
Para poder afrontar la morriña que nos ha dejado el final de Stranger Things, hay otras historias que nos dan esa combinación de terror, aventuras y camaradería que tan bien sabía plasmar. Al final no inventó nada nuevo, su secreto consistía en aplicar esos elementos de modo en que conecten con el espectador.
Buen ejemplo es It de Stephen King. Al fin y al cabo, no es un secreto que los hermanos Duffer querían hacer una nueva adaptación en formato serie de ocho episodios, pero Warner Bros los rechazó por su falta de experiencia: así nació Stranger Things y fue gracias a su éxito que se rodó la adaptación de 2017. Un grupo de niños unidos por el trauma y la amistad enfrentándose a una entidad que encarna sus miedos más profundos. Hawkins y Derry parecen dos caras del mismo imaginario, donde crecer significa enfrentarse a horrores que no siempre tienen forma.
Por otro lado, Super 8 traslada ese esquema al terreno de la ciencia ficción. Un grupo de jóvenes, una criatura desconocida y un misterio que involucra al ejército y al gobierno. Aquí el asombro y el terror se mezclan con la mirada inocente de quienes aún no han perdido la capacidad de creer en lo imposible.
Verano del 84 ofrece una versión más oscura y realista del mismo concepto. Los suburbios tranquilos esconden un mal que nadie quiere ver, y los protagonistas descubren que a veces el verdadero horror vive puerta con puerta. Aquí no hay monstruos de otra dimensión, pero sí un inquietante retrato de la paranoia y la pérdida de la inocencia.
The Gate, terror fantástico ochentero con criaturas, portales y niños enfrentándose a fuerzas que no comprenden del todo.
Por último, Attack the Block traslada esa dinámica a otro contexto: un barrio urbano donde un grupo de adolescentes debe sobrevivir a una invasión alienígena. Juventud, miedo, caos y la necesidad de mantenerse unidos para sobrevivir.
Stranger Things ha terminado, pero ha pasado a ser parte de la cultura pop. Y es que más allá de sus criaturas o de sus guiños a los ochenta, nos recordó algo esencial: crecer da miedo, pero hacerlo acompañado lo hace un poco más llevadero