El anime pierde a uno de sus nombres imprescindibles. Tsutomu Shibayama, director histórico de Doraemon y figura clave de la animación japonesa, ha muerto a los 84 años a causa de un cáncer de pulmón. Su fallecimiento deja huérfana a una parte esencial de la cultura popular japonesa y reabre el valor de una trayectoria que no solo marcó a la célebre franquicia del gato cósmico, sino también a series tan recordadas como Ranma 1/2, Chibi Maruko-chan o Nintama Rantaro.

Shibayama no fue simplemente “el director de Doraemon”. Fue, en realidad, uno de los grandes organizadores del asombro en la animación japonesa de las últimas décadas. Nacido en Asakusa, Tokio, en 1941, inició su camino como dibujante de manga bajo el seudónimo de Hajime Sanjo antes de abrirse paso en la industria animada. En 1963 entró en Toei Doga -la actual Toei Animation- y más tarde pasó a A Production, futura Shin-Ei, donde fue afinando un estilo que acabaría mezclando precisión artesanal, ritmo narrativo y una sensibilidad especial para contar historias familiares sin caer en la simpleza. En 1978 dio otro paso clave al cofundar Ajia-do Animation Works, estudio desde el que consolidó buena parte de su legado.

Su nombre quedó unido para siempre al universo de Doraemon, y no por casualidad. Shibayama dirigió la serie televisiva del personaje en distintas etapas y fue el responsable de 22 películas de la franquicia, desde Nobita no Kaitei Kiganjō (Nobita y el castillo submarino, 1983) hasta Nobita Wan Nyan Jikūden (Nobita y la leyenda del rey Sol / era perruna, 2004, según mercados), una continuidad excepcional que ayudó a convertir al gato cósmico creado por Fujiko Fujio en algo más que un fenómeno japonés: en un lenguaje emocional compartido entre generaciones.

Doraemon siempre ha vivido en una frontera delicada: la de entretener a la infancia sin expulsar del relato a los adultos. En sus manos, la franquicia encontró una fórmula casi perfecta entre aventura, humor, ciencia ficción doméstica y una melancolía leve, de baja intensidad, que hacía que cada invento imposible hablara también de deseos muy reales: crecer, encajar, no sentirse solo, reparar errores, volver a casa. Esa aparente ligereza es, en realidad, una de las formas más difíciles del arte popular. Y Shibayama la dominó como pocos.

Hay también algo especialmente revelador en su trayectoria: la combinación entre perfil popular y prestigio profesional. En 2012 recibió el Premio de la Agencia de Asuntos Culturales de Japón en la categoría de contribución cinematográfica, un reconocimiento que subrayaba su papel como uno de los nombres que sostuvieron durante décadas la evolución del cine y la televisión animada japonesa. A ello se sumó en 2018 su inclusión entre los homenajeados por el Tokyo Anime Award Festival en su apartado de mérito, una distinción reservada a figuras fundamentales del medio. Es decir, Shibayama no solo fue querido por el público; también fue respetado por una industria que sabía perfectamente lo que le debía.

Quienes crecieron con sus películas no solo recuerdan personajes o tramas, sino una atmósfera. La sensación de que el mundo podía ser raro y acogedor al mismo tiempo. De que la fantasía servía para pensar mejor la vida real. De que incluso el miedo, en una buena historia, venía acompañado por la promesa del regreso. Ese tipo de huella no se mide en algoritmos ni en tendencias pasajeras, sino en memoria afectiva.

El anime pierde hoy a uno de sus grandes constructores silenciosos. Y millones de espectadores, dentro y fuera de Japón, despiden sin saberlo del todo a un hombre que estuvo ahí, detrás del encuadre, ordenando el caos maravilloso de la infancia. Tsutomu Shibayama se ha ido, pero deja intacta una certeza que sus obras siguen repitiendo: hay creadores que no solo cuentan historias; también enseñan a mirar el mundo con un poco más de imaginación.

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