Es bastante gratificante comprobar que, en pleno 2026, uno de los grupos de tu adolescencia sea capaz de llenar un recinto como el Movistar Arena. El nu metal arrasó durante los dosmil y convirtió a muchas bandas nacidas al calor de MTV en auténticos fenómenos de masas. Korn, Linkin Park y Limp Bizkit son el mejor ejemplo de la dimensión que alcanzó aquel sonido a lo largo y ancho del planeta. Pocos proyectos consiguieron fusionar rap y metal con semejante éxito comercial.
Limp Bizkit regresaba a Madrid catorce años después de su última visita a España para un concierto organizado tras agotarse las entradas del Resurrection Fest de Viveiro, donde serán cabezas de cartel este 3 de julio. Su anterior actuación prevista en nuestro país, en 2020, terminó cancelándose a causa de la pandemia. Desde las alturas del recinto apenas consigo distinguir una silueta con gorra que intuyo que es Fred Durst y otra figura, casi como un soldado salido de Odisea de Nolan, que debe de ser Wes Borland. Me habría gustado ver algo mejor, pero desconocía que para asistir a determinados conciertos hubiera que llevar prismáticos. A las pobres vistas se sumó un sonido muy lejos de lo esperado para una banda de estas características. No era esa pegada que uno espera para dejarse el cuello.
El repertorio fue, eso sí, un recorrido bastante ordenado por toda su discografía. El concierto arrancó con Stuck, uno de los grandes temas de Three Dollar Bill, Y'all$, para después enlazar con Just Like This y 9 Teen 90 Nine, según el orden del setlist—, ambas pertenecientes a Significant Other. También sonó Faith, gran versión del tema de George Michael. La primera gran explosión llegó con Break Stuff, probablemente una de las canciones más importantes de toda su carrera. Aquel himno canalizó la rabia de toda una generación y convirtió a Limp Bizkit en la banda sonora de una juventud que encontraba en su música una válvula de escape. Imposible no pensar en cómo tuvo que sonar esta canción en aquel Woodstock 99' que acabó en un absoluo caos por culpa de una organización egoista que maltrató a los asistentes.
Sin embargo, el concierto nunca terminó de coger el ritmo que exigía un repertorio de este calibre. Entre canción y canción hubo demasiados parones, bromas y vídeos proyectados que rompían constantemente la inercia. Cuesta entrar en el espíritu del grupo con tantas interrupciones, pero la edad de Fred Dust no perdona. Más allá del descanso merecido, las interrupciones estaban marcadas por vídeos bastante dispares. Uno del bailaor Miguel Fernández 'Yiyo' bailando con cachavas, además de fragmentos de canciones como Aserejé, Tainted Love Don't Wanna Lose You Tonight. No sé. Un poco raro la verdad.
Con Hot Dog regresó parte de esa electricidad. Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water fue uno de esos discos que marcaron nuestra adolescencia; todavía recuerdo encontrarlo debajo del Árbol de Navidad un Día de Reyes. Siempre me gustó esta canción por el número de fucks que incluye. He ido a comprobarlo y son 46. Después llegaron My Generation y Livin' It Up, dos de los grandes himnos de aquel álbum. El recorrido continuó con Eat You Alive, de Results May Vary, antes de enlazar con My Way, una de esas canciones que forman parte de la banda sonora de toda una vida, seguida de Rollin', Nookie, Full Nelson y Boiler. Quizá fue precisamente en Full Nelson donde más eché en falta ese punto de locura que esperaba encontrar: los pogos nunca terminaron de alcanzar la intensidad que uno imagina en un concierto de Limp Bizkit.
Uno de los momentos más emotivos llegó con Behind Blue Eyes, dedicada a Sam Rivers (cofundador del grupo y bajista fallecido en 2025) mientras que Take a Look Around, inmortalizada por Mission: Impossible II, consiguió que el Movistar Arena temblara por fin. Su estribillo sigue sonando igual de vigente que hace más de veinte años: "You wanna hate me / I know why you wanna hate me / 'Cause hate is all the world has even seen lately". (Quieres odiarme / Sé por qué quieres odiarme / Porque el odio es lo único que el mundo ha conocido últimamente").
Hay algo engañoso en la nostalgia. Creemos que echamos de menos a Limp Bizkit, cuando en realidad lo que añoramos es a la persona que éramos al escucharlos. Aquella rabia adolescente, la sensación de que todo estaba por empezar, una ira inexplicable y una fe casi ingenua.
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