La muerte de Kurt Cobain siempre ha sido más que un hecho policial. Fue, sobre todo, un terremoto emocional y simbólico. Cuando el cantante de Nirvana apareció sin vida el 5 de abril de 1994 en su casa de Seattle, el mundo del rock perdió a una de sus voces más frágiles y feroces al mismo tiempo. Tenía 27 años, la edad maldita que une a mitos como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison en una genealogía romántica del exceso y la autodestrucción. Durante décadas, el relato pareció sellado: suicidio con una escopeta Remington de calibre 20, confirmado por la autopsia y respaldado por la investigación policial. Caso cerrado. O eso creíamos.

Treinta años después, la historia vuelve a agrietarse.

Un equipo privado de científicos forenses ha revisado materiales de la autopsia y de la escena del crimen con una mirada nueva -o, al menos, distinta- y sus conclusiones, recogidas en una información publicada por el Daily Mail, son tan explosivas como previsiblemente polémicas: sostienen que la muerte de Cobain podría no haber sido un suicidio, sino un homicidio precedido por una sobredosis forzada de heroína. La afirmación, difundida por el tabloide británico y atribuida a investigadores independientes y a un especialista forense con experiencia en casos controvertidos, introduce diez puntos que, según sus autores, cuestionan la rapidez de la muerte por disparo y señalan daños orgánicos compatibles con asfixia y sobredosis.

Según ese mismo reportaje del Daily Mail, los autores del análisis sostienen que ciertos hallazgos de la autopsia no encajarían con una muerte instantánea por arma de fuego, y apuntan a signos de privación de oxígeno asociados a una posible sobredosis previa. También interpretan como sospechosa la presencia de recibos relacionados con el arma y la munición en los bolsillos del músico, así como la disposición de los elementos en la escena. Para los investigadores citados por el medio británico, todo ello sugeriría una posible escenificación.

No es la primera vez que ocurre. La figura de Cobain lleva tres décadas atrapada en una especie de bucle conspirativo donde la devoción, el morbo y la industria cultural se mezclan sin pudor. Cada cierto tiempo surge una nueva teoría que promete reescribir el final del icono grunge. Y, sin embargo, ninguna ha logrado mover la aguja institucional: ni la oficina forense del condado de King ni la policía de Seattle consideran que exista evidencia suficiente para reabrir el caso. De hecho, en declaraciones, ambas instituciones reiteran que la conclusión oficial sigue siendo el suicidio y que no existen nuevos elementos que justifiquen revisar la investigación.

La pregunta relevante, quizá, no sea si la teoría es verosímil, sino por qué seguimos necesitándola.

El rock, como cualquier religión laica, tiene problemas con los finales demasiado humanos. El suicidio de Cobain fue devastador precisamente porque resultaba íntimo, silencioso, casi doméstico. Nada de hoteles destrozados ni sobredosis espectaculares en camerinos: un invernadero, una nota, un disparo. Aceptar esa escena implica asumir que el dolor mental puede vencer incluso al artista que convirtió la angustia generacional en himnos coreables. Implica reconocer que el mito no protege a nadie.

Las teorías alternativas ofrecen otra cosa: una narrativa épica. Un crimen, una conspiración, villanos en la sombra. Es un relato que transforma la tragedia privada en thriller cultural, más fácil de digerir que la depresión crónica, la adicción y el agotamiento emocional. En ese sentido, cada nueva “revelación” dice menos sobre la ciencia forense que sobre nuestra incapacidad colectiva para dejar marchar a ciertos ídolos.

¿Cambiaría algo demostrar que no fue un suicidio? A nivel histórico, sí. A nivel emocional, probablemente no. El vacío que dejó Nirvana en 1994 no depende de un informe forense ni de una exclusiva periodística. Depende de canciones que todavía suenan como si acabaran de escribirse, de una voz que parecía romperse incluso cuando gritaba, de una generación que encontró en tres acordes distorsionados una forma de nombrar su desconcierto.

Treinta años después, seguimos escuchando Smells Like Teen Spirit como quien abre una cápsula del tiempo que no termina de cerrarse. Y quizá esa sea la verdadera razón por la que la muerte de Cobain continúa bajo escrutinio mediático: porque su música nunca terminó de morir del todo.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio